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Karina Sainz Borgo

Diario de la Cuarentena (25)

¿Te queda alcohol...? ¡Yo tengo vino en casa!

Hasta cuando se enfada, la fotógrafa Anya Bartels-Suermondt piensa en español. Para ser gitana sólo le falta la melena azabache, dijo de ella El Cigala. En estos días de encierro, justo en el número 25, la llamo buscando una transfusión de vida

Anya y su jengibre, de lo poco que sale a comprar.
Anya y su jengibre, de lo poco que sale a comprar. Foto tomada del Facebook deanya bartels-suermondt

Sólo le falta la melena azabache para ser gitana, dijo de ella El Cigala. Nacida en Düsseldorf, llegó España en 1995 y ya no pudo marcharse jamás. Es su tierra, dice con ese fraseo entre alemán y andaluz que tienen sus palabras. En Alemania viven su padre, su madre y su hermano, pero la vida de Anya está aquí.

Quién no la ha visto, altísima rubia de ojos verdes y dedos llenos de sortijas con los que oprime el disparador de su cámara. Anya Bartels-Suermondt es una fuerza de la naturaleza. En estos días encierro y mascarillas, echo de menos encontrármela cerca del café Central o en el callejón de Las Ventas. Con ella me he reído, en pleno barrio de Huertas, mientras me fotografía de rodillas ante la casa de Miguel Cervantes y un grupo de turistas asiáticos nos mira, pensando que formamos parte del programa del tour.

Algunos la conocen como la fotógrafa de José Tomás, pero ella es mucho más. Su forma de mirar se parece a su manera de vivir

Antes de todo esto, Anya andaba siempre a bordo de Pepa, su Vespa. Va, cámara en mano, fotografiando a José Tomás en el callejón de una plaza de toros, o a Morante y Cayetano en Ronda. También a Calamaro, a Pepe Habichuela y El Cigala, a quienes ha dedicado un trabajo fotográfico elegante, hondo, repleto de luz y belleza.

Algunos la conocen como la fotógrafa de José Tomás, pero ella es mucho más. Su forma de mirar se parece a su manera de vivir. Es rotunda y diferente. Estruendosa como una carcajada y dorada como un trago de cerveza. Sin dudarlo, cojo el teléfono y marco su número, por aquello de llevarle la contraria al encierro. 

La cuarentena por el coronavirus la ha pillado en su piso, en pleno corazón del Rastro. Desde entonces, cumple a rajatabla el confinamiento. Sólo la sacan de sus casa el jengibre, las medicinas y pocas cosas más. Hasta se ha descubierto fotografiando las paredes de su casa. "El balcón es la ventana que tenemos hacia el mundo y nuestra cámara es el balcón hacia ese otro mundo. Con las fotografías hacemos viajar a los demás", dice.

Al inicio del confinamiento, salió a comprar mascarillas. Como no podía ser de otra forma, llevaba la cámara. “Ver el Rastro sin Rastro, un domingo, es una cosa tremenda. Lo he fotografiado. Me sentía como una delincuente haciendo esas fotos”. Y aunque le puede la tentación de poner un pie en la calle, ahora perfecciona las vistas panorámicas de la fantasmagoría desde su balcón.

Cuando salió a aplaudir a los sanitarios, María Ángeles, su vecina de 93 años, le preguntó, de balcón a balcón, si le quedaba alcohol...

Anya reconoce que le cuesta sobrellevarlo. “Tengo una lista de 30 cosas que quiero hacer. Todavía no he completado ni tres. Hay carpetas que tengo que editar y no me sale. Soy muy poco alemana, me cuesta disciplinarme, lo único que lo consigue, desde la distancia, es el campeón de boxeo Pablo Navascués, que todos los días, a las seis, nos regala una hora de fitness, de técnica y de todo. También me busco otras cosas, pero lo de fotografiar, de momento, no”. Hasta que no consiga un permiso o un salvoconducto, no puede.

Acostumbrada al flamenco, Anya siente que la banda sonora de estos días la forma un silencio compacto y rocoso, hasta que pasan cosas como ésta. Esta semana, cuando salió a aplaudir a los sanitarios, María Ángeles, su vecina de 93 años, le preguntó, de balcón a balcón, si le quedaba alcohol. La fotógrafa le contestó que sí. Le dejaría el botecito junto a la puerta. Pero la señora no se refería al de desinfectar. "A mí me queda una botella de vino en casa, ¿quieres venir?”, le dijo. Anya estalla en risas al contarlo.

—¡Que no, María Ángeles! —insistió Anya—. ¡Te puedo contagiar algo!

—Si he sobrevivido a una guerra, ¿crees que me va a matar esto? —le contestó.

—¡Así es España!

Al otro lado de la línea un racimo de carcajadas desentumece estos días largos y severos, tiznados de ese polvo que agrieta los muebles y sepulta lo pequeño y luminoso. Quién si no Anya para volver a pisar el albero de las cosas vivas. Su risotada inaugura, durante media hora, un mundo distinto en el que ya no suenan las ambulancias.

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