Les supongo al corriente del episodio protagonizado el pasado domingo por el ministro de Consumo del Gobierno de España y coordinador federal de Izquierda Unida, Alberto Garzón, pero, por si no fuera el caso, se lo recuerdo. Este día Garzón se dirigía a los suyos por vía telemática y en apenas veinticinco segundos fue capaz de decir –se refería al encarcelamiento de Pablo Hasel, aunque eso aquí es lo de menos– “se está poniendo de manifestación (…) con esa sentencia” y “estas leyes que ya hemos proponido cambiar varias veces”. Confieso que cuando lo escuché en Twitter pensé que no era posible. Que aquello tenía truco, seguro. No sería la primera vez que un vídeo manipulado circulaba por la red. Pero no, no lo tenía. Al poco pude comprobar, Europa Press mediante, su autenticidad. El ministro era el autor y único responsable de semejante atropello a la gramática y, como reza el tango, a la razón.

Enseguida pensé: Izquierda Unida, claro. O sea, Partido Comunista, clase obrera, extracción social baja, analfabetismo estructural de generaciones anteriores. A saber qué educación habría recibido el crío en casa. Como desconocía la genealogía de la familia Garzón Espinosa acudí raudo a Wikipedia para corroborar mis sospechas. Seguro que la falta de estudios del padre o la madre, cuando no de ambos, iba a confirmarlas. No les cuento cuál fue mi sorpresa al comprobar que el padre del ministro es profesor de Geografía e Historia en un instituto y la madre, ya fallecida, era farmacéutica. ¿Entonces?

Recuérdese que Garzón tiene 35 años. Pertenece, pues, a la generación LOGSE, esa cuya etiqueta nuestra izquierda sigue enarbolando como uno de sus “logros indudables”

Todos los que tenemos hijos conservamos sin duda el recuerdo –o, si todavía son pequeños, lo experimentamos a diario– de la cantidad de veces que había que corregirlos cuando pronunciaban mal una palabra o una expresión, la usaban de manera defectuosa o la construían de manera inapropiada. Esa práctica no desaparecía del todo con la escolarización de los retoños, pero se atenuaba, en tanto en cuanto la escuela, lógicamente, echaba también una mano. Es cierto que con los nuevos métodos de aprendizaje constructivista, en los que está prohibido corregir al alumno para no dañar su desarrollo creativo, cabe la posibilidad de que esa mano no se echara o se echara más bien poco. Recuérdese que Garzón tiene 35 años. Pertenece, pues, a la generación LOGSE, esa cuya etiqueta nuestra izquierda sigue enarbolando como uno de sus “logros indudables” –sin ir más lejos, en el preámbulo de la actual LOMLOE, más conocida como 'ley Celaá'–, por más que las estadísticas del escaparate europeo le desmientan año tras año con tozuda insistencia. Sea como fuere, lo que está claro es que ni en casa ni en el aula le corrigieron esa contaminación analógica con que aliñó el pasado domingo su discurso. Y si en alguna parte sí se esforzaron en corregirle, parece evidente que fue en vano.

Una pronta rectificación

Tan en vano que mucho me temo que ni el propio ministro es consciente de la gravedad del asunto. La misma tarde Garzón publicó un tuit en el que se excusaba por lo que calificaba de equivocación: “Esta mañana he dicho ‘proponido’ en vez de ‘propuesto’. Lo siento mucho. Me he equivocado, No volverá a ocurrir…”. Para, a renglón seguido, desdecirse: “… o quién sabe: porque una de las cosas que tiene hablar –y en general hacer cualquier cosa– es que te puedes equivocar”. Por supuesto. Todos podemos equivocarnos. Pero cuando a uno se le escapa un “proponido”, al acto añade “perdón: propuesto”. Si no lo hace, es porque ni siquiera sabe que ha cometido un error. Pero peor resulta la otra contaminación analógica, por la que ni siquiera se excusó. Me refiero al “se está poniendo de manifestación”. Como se había referido poco antes a las “manifestaciones inoportunas” de Hasél, es posible que el “manifiesto” preceptivo se le volviera “manifestación”. O incluso que de tanto salir a la calle a armar barullo, el “manifestación” sea ya metastásico en los de su cuerda. En cualquier caso, también aquí lo esperable en alguien que se equivoca es una pronta rectificación, un “perdón: de manifiesto”. Si no se da, es que esa persona ni siquiera es consciente de haber errado.

Hay quien considerará que este episodio, al cabo, no reviste mayor importancia. Que en nuestro país ocurren a diario cosas muchísimo más graves. Sin duda alguna. Pero lo de nuestro ministro analógico tiene una trascendencia simbólica incontestable. ¿Se imaginan por un momento algo parecido en boca de un ministro francés, italiano, inglés, alemán o portugués –por recurrir a lo más cercano–? ¿Verdad que no? Pues a través de bocas como la del ministro Garzón hablamos, para nuestra vergüenza, los españoles en el mundo.