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Gregorio Morán

Sabatinas intempestivas

La alarma

La verdad es que no hacen nada que dé un mínimo de tranquilidad a una población aterrorizada después de haber concedido el poder a unos incompetentes

Pablo Iglesias en la entrevista con La Sexta
Pablo Iglesias en la entrevista con La Sexta

Nadie se atreve a decir que el estado de alarma en Madrid significaría la quiebra del país. Seguimos sin saber por qué España afronta la pandemia de la peor manera de Europa. Nadie tiene nuestra proporción de contagios y tampoco nadie afronta lo que va llegando con la misma tranquilidad de jugadores de golf. Miran el hoyo y le dan al stick con la convicción de que hacen lo que pueden.

La verdad es que no hacen nada que dé un mínimo de tranquilidad a una población aterrorizada después de haber concedido el poder a unos incompetentes. Que no estaban preparados, cierto. Que tuvieron tiempo para aprender, también. Cuando escucho que debemos confiar en las ayudas de la Comunidad Europea sé que me engañan. Nadie está dispuesto a dar un duro a unos irresponsables que lo único que se les ocurre es decretar medidas que no hay condiciones para cumplir. Ellos nos mienten haciéndonos creer que la cosa no va tan mal como parece y nosotros nos engañamos creyendo que en el siglo XXI no nos hundiremos sin que nos echen algún salvavidas.

La buena gente que nunca se hizo preguntas se queja. Los que saben, dicen, no nos informan. En primer lugar, los que aseguran saber sí informan, pero no es de lo que la gente quiere oír. Estamos hartos del coronavirus, aseguran, como si fuera un achaque que se cura con pastillas. Metidos en una guerra quieren que se hable de todo menos de los frentes de batalla. Ocurrió con los sanitarios. Todo eran loas, y ahora que se ha descubierto que estaban abandonados y sin medios, se han inventado todas las triquiñuelas para endosarle la responsabilidad al primero que se salga del rebaño.

La tarea fundamental es hacer avanzar la República

La “tarea fundamental” del momento es hacer avanzar la República. Y eso lo dice un presunto radical desde su puesto de mando. En los duros años 30 los latifundistas gritaban a los jornaleros que no contrataban: ¡comed República!  La nueva casta de la lengua y la cucaña no sabe lo que está evocando. Pablo Iglesias ha pasado de Rosa Luxemburgo a Alejandro Lerroux, es como las tertulias, que antes eran en los cafés con derecho al vaso de agua y azucarillos y ahora son bajo contrato, sin más camareros que los oyentes. Antiguamente a la gente así, tan radical y tan inane, se les denominaba “rabanitos”: rojos por fuera y blancos por dentro… Ahora que se ha perdido el lenguaje, son youtubers.

Proclamar en pleno proceso de destrucción de las clases populares y medias en España que la tarea fundamental es avanzar hacia la República es digno de aquel FRAP paterno que apelaba a “la guerra campesina firme y prolongada”. No es que estén jugando con nuestros sentimientos -es difícil encontrar monárquicos en España desde hace un siglo- pero sustituir una institución anquilosada por una banda de cantamañanas no es buen arreglo. Puede esperar. Los que no pueden esperar son ellos; tienen que inventarse una trampa cada semana y para eso no se basta Iván Redondo y su pool de monederos falsos.

Observen el laberinto presupuestario. Se está tramitando sin la más mínima filtración a los ciudadanos, que es para quien debería proyectarse. ¿Qué tienen en común la programación de gastos entre Bildu, Esquerra Republicana, el fallero valenciano ignífugo, Ciudadanos y los flecos de todos los zurcidos? Lo que en mordaz lenguaje adolescente se dice pillar cacho. Difícil, aunque haya para todos: el PSOE y Podemos, organizadores de la timba, se repartirán el bocado más grande. ¿Y la emergencia? Puede esperar; ¿no han aguantado hasta aquí? ¿Qué les incita a cabrearse ahora? Y si se enfadan saldrá Iglesias cual profeta del sexto cielo con las palabras benditas: “estos Presupuestos no gustarán a la derecha”. Es decir que, si usted les dice que son unos estafadores de esperanzas, amén de los presupuestos, prepárese porque ya está usted definido en el pestífero vagón del enemigo. 

Los promotores no logran pensar nada que sirva para algo, pero se cuidan muy mucho de las conclusiones que tú puedas sacar. No se te ocurra retratarles: son alérgicos al espejo salvo para dárselas de gente cool, el presidente arrogante, el vicepresidente con posado rupturista acicalado: un pendiente a lo Shakespeare, según se hacía en su época, porque retratos suyos no existe ninguno que no se deba a la imaginación, y moño de Pasionaria, ama de casa no ejerciente. ¡Espectacular, muchacho! Tiene gancho posturero.

Si supieran algo de literatura se trataría de una parodia del mundo de Becket y su “Esperando a Godot”. Qué mejor homenaje que el de Carmen Calvo para definir que el Rey no vaya a Cataluña: “Es una decisión muy bien tomada”, dice. Quién la tomó, le preguntan. “Quien corresponde”, respondió. Así hasta tres veces. Lo volvió a repetir el ministro de Justicia, con menos tablas. Misión: nunca mencionar al responsable. Es un dios por encima de los mortales y les da de comer.

¡Ay, estadísticas, os creísteis precisas y neutrales!

A la portavoz de la voz de cascajo que pusieron con la intención, me temo, de que pronto nos cansaríamos de escucharla por irritación reiterada y de paso animar a los niños a gritar durante el confinamiento, le preguntan por las negociaciones del Rufián, últimamente tan aseadito como el Pijoaparte de Marsé. “Lo que nos une, dice ella refiriéndose al portavoz independentista, es el amor a España”. ¡Toma ya!  

Es como una kermesse nada heroica. Una derecha que hace esfuerzos para que la despreciemos un poco más cada día; hasta hay descerebrados que añoran a Rajoy, lo que es tan grave como la conversión tardía al Concilio de Trento del gran pecador, Jorge Fernández Díaz, el aventado que pasó de la querencia hacia las damas no beatificadas a meter a las vírgenes con peana dentro de las comisarías. Si yo fuera creyente hubiera deseado que siguiera en el paganismo.

En frente, una izquierda de relumbrón que instrumentaliza a quien se ponga a tiro sin necesidad de enseñar el carnet de periodista. Nos embaucan cada día como un tanatorio hablando del finado. ¡Ay, estadísticas, os creísteis precisas y neutrales! El objetivo es cansarnos, agotarnos, aburrirnos de nuestras propias miserias. Ahora la culpa es de los jóvenes, antes era de los ancianos, pero como se nos mueren tantos, hay que cambiar el dispositivo. Ser joven es la última novedad en las poblaciones de riesgo. Pero ellos, como ni leen periódicos, ni conocen la jerga tertuliana y Sánchez, Iglesias, Casado y Arrimadas se la suda, dicho sea en su lenguaje, el clan de los ideólogos puede estar tranquilo. Pero confesémoslo: nos tratan como si fuéramos negacionistas.

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