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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (DÍA 7)

No tenemos derecho a quejarnos

Es imposible no pensar en los muertos y sus familias, en los enfermos que están solos en sus habitaciones de hospital, en las trabajadoras de los supermercados o en los pacientes aislados en sus propias casas

Las urgencias de los hospitales están colapsadas.
Las urgencias de los hospitales están colapsadas. EFE

En este séptimo día de confinamiento tenía pensado volver a describir alguna de las nuevas cotidianidades que nos está regalando esta situación insólita. Pero por alguna extraña razón que no soy capaz de explicar, me pasé todo el día pensando en los otros. Aunque mi realidad es otra, la de una familia enclaustrada en cuatro paredes, y esta sección consiste precisamente en contar esa circunstancia anómala con ciertas dosis de humor, este sábado sólo podía ponerme en el lugar de quienes están en una situación más difícil. Supongo que todo respondió a algún mecanismo mental que me empujó a relativizar el encierro hogareño. O quizás es que resulta imposible no pensar en ellos. 

Poco después de las 7.45, cuando el niño tocó dianas, no me podía quitar de la cabeza a los más de mil muertos y sus familias. No sé si ustedes lo habrán notado, pero son víctimas que no tienen rostros. O al menos no los hemos visto en los telediarios. Los fallecidos por coronavirus se han convertido en una gélida cifra que unos señores explican en ruedas de prensa, que los periodistas transmiten con la rapidez que requiere el momento y que los ciudadanos reciben con una sensación de irrealidad.

Es como si esos muertos no hubieran existido nunca y ahora fueran sólo una parte integrante de ese frío número que crece sin remedio. Sus familiares, que lógicamente lo viven de forma bien distinta al resto, no pueden darles un abrazo de despedida cuando expiran y tampoco pueden darles sepultura. No seguiré porque no hay palabras que puedan reflejar eso con todas y cada una de sus verdaderas aristas.  

Luego me vinieron a la mente los enfermos de coronavirus que están en los hospitales. Me asediaban las crudas informaciones que hablan de las UCIs colapsadas, las imágenes desgarradoras que muestran a personas en el suelo de las urgencias y los testimonios desesperados del personal sanitario que piden a la sociedad que se quede en casa. ¿Cómo será esa soledad que los pacientes están viviendo en las habitaciones de los hospitales? ¿Cómo se soporta semejante drama sin compañía? ¿Cómo se puede superar psicológicamente ese trance en caso de sobrevivir? 

Tocaba ir al supermercado. Elegí hacerlo a la hora de comer con la esperanza baldía de evitar colas. Y estando allí, ataviado con guantes y rociado con desinfectante, empecé a pensar en las cajeras. Salvo los sanitarios a los que aplaudimos cada noche porque son los grandes héroes de esta historia, no hay nadie en España más expuesto a contraer la enfermedad que las trabajadoras de los supermercados, las farmacias, las panaderías o las fruterías. Todas ellas son esas "leonas enjauladas" a las que homenajeó maravillosamente Karina Sainz Borgo en su diario de cuarentena. Hay que sumarse a ese homenaje. Y quedan muchas horas libres para tributarles alguna ovación. Lo digo por si alguien con capacidad de convocatoria quiere convocar esa cita. 

El drama está ahí fuera y no aquí dentro. Esa es la verdad. Porque tenemos salud, que siempre ha sido, y ahora se demuestra, lo más importante

Por la tarde seguía realizando mis tareas, incluidos los mil y un juegos con el mocoso, de manera robótica, preso de una de esas sensaciones alucinantes que tanto tenemos estos días, como si fuera otro quien estuviera en mi salón cantando, bailando, dibujando o saltando. En mitad de esos menesteres un amigo nos contó vía Whatsapp que estaba en aislamiento porque había tenido contacto con un infectado. Por ello pensé en quienes están aislados en una habitación de su propia casa, sin poder abrazar o ver a sus hijos aunque no paren de escucharlos. 

De todas estas cavilaciones sobre los otros sólo podía extraer una conclusión que seguro ya se barruntarán: no tenemos derecho a quejarnos. El drama está ahí fuera y no aquí dentro. Esa es la verdad. Porque tenemos salud, que siempre ha sido, y ahora se demuestra, lo más importante. Sin embargo, creo que sí tenemos derecho a compartir y reflejar cómo estamos viviendo esta situación extraordinaria de enclaustre en cuatro paredes.

Lo creo porque el confinamiento también ha cambiado nuestras vidas y nos proporciona calamidades físicas y psicológicas, aunque no sean tan graves como en otros casos. Porque contarlo es la mejor terapia para sobrellevarlo. Porque millones de personas, sin duda la mayoría del país, viven esta misma situación y pueden sentirse identificadas con lo que aquí se describe. Y, sobre todo, porque quizás estas experiencias sirvan para despertar las sonrisas de algunos de los otros

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