"Cipayo el que no bote" era la canción del verano de mi pueblo. Todos los julios, los chavales la berreábamos levantando apenas un par de palmos del suelo justo antes del chupinazo que daba comienzo a las fiestas cuando nosotros –todavía unos putos críos- ni siquiera sabíamos que "cipayo" era la palabra que los abertzales usaban para estigmatizar a los ertzainas.

Esa misma plaza, ayuntamiento e iglesia arrinconados, estaba presidido por un enorme cartel con las jetas de los asesinos de la banda y sus cómplices. Los aprendices de gudaris, cachorros rábidos, pasaban por encima de nuestras cabezas una pancarta gigante con la última consigna que vomitar como una bola de pelo indigesta y bajo los arcos del consistorio, una decena de guardias municipales contemplaba la escena con los pies atados a una institución moribunda en sus valores, miedosa al extremo.

Las criaturas caminan de la mano de sus padres y sobre sus calles, en un púlpito reservado a los peores, una pancarta atada a los balcones enseña el careto serigrafiado de una Idoia López "La Tigresa" o un Kepa Etxebarria cualquiera. De los veintitrés asesinados por la primera y del funcionario de prisiones que sobrevivió a un tiro en el cuello del segundo, ni rastro. Unos bafles vacíos rebotan las canciones de un verso tipo cuanto plomo malgastao/ en cuerpos innecesarios o algún otro del estilo puso veinte kilos de goma tres/ mando a tomar por culo/ todo un cuartel.

Y ahora, agosto de 2019, contados más de 300 asesinatos sin resolver, los partidos que jamás encontraron en todo esto una excusa para alzar la voz, censuran la de C. Tangana en la Semana Grande de Bilbao

Ojo, que nadie confunda su ánimo censor con el mío, inexistente. Desconozco si debería ser una cuestión legal lo que seguro es una cuestión moral. La gente, desperdigada entre las “txoznas”, acaba sus kalimotxos de litro en esa reconstrucción de la paz a costa de una humillación constante a las víctimas y a la memoria de cualquier pueblo medianamente sano en el triángulo perfecto de todo conflicto: negación-complicidad-olvido. En esa concepción de la convivencia en la que ellos pueden homenajear a sus etarras y a la minoritaria oposición no se le permite ni un mitin en campaña electoral bajo alerta antifascista.

El pregón de este año habrá corrido a cuenta de algún etarra de medio pelo, uno que jamás tuvo los cojones de apretar el gatillo pero sí de delatar la rutina de un vecino concejal y calderero de Astilleros Luzuriaga, por poner un ejemplo. Hace unas semanas, otro camarada fue recibido como se debería honrar a los héroes que él asesinó. Ninguno de los vecinos que ahora rellenan sus copas tuvo la valentía de correr a huevazos a todos esos miserables que bajo sus impolutos portales honran -¡qué coño honran!- la vida en prisión de un miserable mayor.

Y ahora, agosto de 2019, contados más de 300 asesinatos sin resolver, los partidos que jamás encontraron en todo esto una excusa para alzar la voz, censuran la de C. Tangana en la Semana Grande de Bilbao por un Mientras empujo to' ese booty pa'tras o un hago que se calle y se agache. Y es que ahora sí, pobres insensibles, es vital erradicar de nuestras fiestas populares todo este tipo de conductas que perpetúan una cultura y una estructura de la violencia intolerable en una sociedad como la nuestra.

Vamos, no me jodas.

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