La contemplación de la foto de los fundadores de Ciudadanos nos traslada a un cuarto de siglo atrás y es inevitable al fijarse en esos rostros que irradian inteligencia y coraje ante el futuro sentirse atravesado por una ráfaga de tristeza, impotencia y melancolía. Hoy siguen defendiendo con la pluma y el gesto público en ocasiones, sus ideas de entonces, siempre vigentes, unos pocos han trasladado su residencia a Madrid y se conoce un caso, especialmente lúcido, de la adquisición de una acogedora casita en un recóndito pueblecito de Portugal. La lectura del Manifiesto inaugural produce una sensación análoga de profunda amargura. De hecho, lo que se propuso en su día aquel grupo de periodistas, profesores y ensayistas -intelectuales, en suma- a la vez esclarecido y risueño, era una misión imposible y se advierte en alguna de las miradas a la cámara, entre irónicas y burlonas, que, por lo menos unos cuantos, lo sabían.

Abundan entre ellos los mediocres, los ignorantes, los corruptos, los mentirosos y los defensores de construcciones ideológicas y de modelos de sociedad que oscilan entre lo monstruoso y lo abominable

La política, está mezcla de arte, ciencia, vocación y estiércol, aunque practicada por seres en principio racionales, no forma parte del dominio de lo racional. La gran mayoría de los votantes se mueven y toman sus decisiones en función de instintos, emociones, prejuicios, filias y fobias elementales de las que muchas veces ni siquiera son conscientes, moldeadas básicamente por las grandes cadenas de televisión y las redes sociales. Los políticos, a los que eligen para que los representen, los gobiernen y hagan realidad sus aspiraciones, satisfagan sus necesidades, encarnen sus fantasías y doblen la cerviz de sus enemigos, son muy raramente hombres y mujeres con buena formación, un sólido bagaje cultural, una probada experiencia previa a la actividad pública, honradez en sus comportamientos y un alto sentido del Estado. Por el contrario, abundan entre ellos los mediocres, los ignorantes, los corruptos, los mentirosos, los dispuestos a alcanzar, conservar y disfrutar del poder a cualquier precio y los defensores de construcciones ideológicas y de modelos de sociedad que oscilan entre lo monstruoso y lo abominable, pero que prometen paraísos o proporcionan salida a las más bajas pasiones del ser humano disfrazándolas de causas sublimes.

Pluralismo cultural y lingüístico

Entre estas doctrinas letales sobresale por mérito propio el nacionalismo identitario, esa aberración moral cuya capacidad de sembrar la destrucción y la muerte ha sido ampliamente probada por la historia de los últimos dos siglos. Por razones que llevo exponiendo, junto con otros irreductibles, abundantemente durante treinta años, una parte significativa de la sociedad catalana está intoxicada por este veneno letal desde aproximadamente el Desastre de 1898 y no ha sabido, podido o querido beber los antídotos que la hubieran sanado. El grupo fundador de Ciudadanos, el de la foto que ya va derivando resignadamente al color sepia, expuso la necesidad de crear una fuerza política que en Cataluña impulsara los valores de la ilustración, la racionalidad, el buen gobierno, la catalanidad compatible con la pertenencia a un gran proyecto español de dimensión europea y proyección atlántica, el pluralismo cultural y lingüístico interno de Cataluña y los derechos y libertades individuales de sus ciudadanos frente al pujolismo pujante de la época, que propugnaba exactamente todo lo contrario, el sometimiento de los valores constitucionales y democráticos a una asfixiante abstracción supraindividual, su nacioncilla imaginaria, absorbente, monolingüe y totalitaria.

El partido nació, creció, saltó al ruedo español y llegó a tener cincuenta y siete escaños en el Congreso y a ser la lista más votada en una elecciones autonómicas catalanas. Por desgracia, la incompetencia manifiesta de sus líderes y su absoluta carencia de visión estratégica ha malogrado los éxitos previos y actualmente agoniza mientras la tripulación lanza a las aguas encrespadas de la presente política española sucesivos salvavidas de destino incierto. La espléndida iniciativa del grupo fundador, que no quiso bajar al fango y figurar en las listas, ha brillado como un meteoro durante unos años fugaces, para extinguirse entre deserciones, irrelevancia en las urnas y un zigzagueante tambaleo ideológico. Hay finales henchidos de belleza y rebosantes de heroísmo, otros, en cambio, ofrecen el patético espectáculo de un pataleo inútil antes del óbito. Era una obligación de su criatura haber honrado a sus padres fundadores con un ocaso digno de su categoría ética y mental. No ha sido así. Lástima.