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Mauricio Hernández Cervantes

Opinión

Adiós, Imperio, adiós

Nunca hay que subestimar la bravuconería populista. La consagración del Brexit nos lo demuestra

Vista general de la calle Mall, que lleva al Palacio de Buckingham.
Vista general de la calle Mall, que lleva al Palacio de Buckingham. EFE

Los gobernantes, los explotadores de la guerra y los insulsos idealistas que se figuraron transformar el mundo para bien de la Humanidad, aniquilando ésta y destrozando el universo, se han equivocado terriblemente”.

La cita es el arranque de ‘Por la paz de Europa’, una pieza publicada en la Tercera de ABC, el 1 de enero de 1920. ¿La firma? Nada menos que de la primera española que fue corresponsal permanente en el extranjero: Sofía Casanova. Sí, un texto que si se lee hoy, cien años después de haber sido escrito, resulta tan extrañamente vigente.

Esa pieza es una de las tantas crónicas con las que la periodista gallega contó a España (y al mundo) que los pueblos seducidos por las mieles bolcheviques, así como los néctares de las ideologías bélicas, terminarían –más temprano que tarde– en los desastres históricos por demás conocidos, es decir, con Europa reducida a cenizas. Su mirada sobre los días más indigeribles del periodo entre guerras –época en la que pueblos enteros seguían sumergidos en la desgracia, mientras que en las granes ciudades las élites vivían el desenfreno de los ‘divertidos años veinte’–, aparece hoy como una premonición y un castigo perpetuo. Sí, sus palabras me han causado una especie de vértigo. Como si de una condena se tratase.

“La Entente regida y dominada por Inglaterra, impone su código de imperialismo a sus aliados y a las cien mil repúblicas surgidas de la magna victoria. ¿Y hay alguna satisfecha, sosegada en su nuevo destino? No.

La pieza está fechada en 1920, pero no suena tan lejana. Por alguna razón, pienso en el Brexit. Y es que resulta difícil asimilar que se materialice la primera y mayor imprudencia diplomática del nuevo siglo; el ejemplo más claro de que nunca hay que subestimar a la bravuconería populista. “En Inglaterra, donde los políticos hábiles y previsores acudieron pronto con concesiones al proletariado, latente está sin embargo el revolucionario instinto de las masas, especialmente en las zonas carboníferas”, también palabras Casanova en líneas posteriores.

Y a propósito del Brexit, aún escucho en los ecos las palabras de los leavers que entrevisté hace unos meses en la Inglaterra más profunda y rural, de esos que decían “…en 2016 no sabía a lo que votaba… Yo sólo quiero que regresen los tiempos imperiales”. Parecían arrepentidos y yo les creí. Pero me equivoqué. El reciente triunfo de Boris Johnson confirma mi decepción. Por cierto, una de las primeras piezas periodísticas que leí el día 1 de este mes fue “El imperio británico no va a volver”, la mirada de un emigrante español en la Inglaterra brexitera, publicada en La Vanguardia, que resulta una dura crítica a los elementos que vertebran la identidad británica.

“Heredera nostálgica de aquellos años dorados de poderío militar y colonial”, “fragilidad”, “identidad”. Son palabras sobre Inglaterra publicadas en 2020. Tela.

Polonia, tierra de la discordia

El primer diario que abrí en los labores de este año fue La Vanguardia y di con el siguiente titular (antes de leer la pieza sobre el Brexit): “Putin provoca a Polonia al acusarla de haber pactado con Adolf Hitler”. Sí, la primera noticia internacional de la década que leí llevaba en su titular a “Polonia” y a “Hitler”, y estaba ilustrada con el famoso “Arbeit macht frei” (el trabajo te libera) a la entrada de Auschwitz. Sin ir más lejos, un texto que denuncia las incendiarias declaraciones del mandatario ruso (calificadas como “descaradas mentiras” por el expresidente del Consejo Europeo, Donald Tusk), y que –inútilmente– sólo generarán una fuerte tensión diplomática entre ambas naciones.

Si así amaneció la década, ¿cómo se despertaba el mundo cien años antes? Y la duda me llevó hasta el texto de Sofía Casanova. No pude resistirme a saber cómo veía el mundo la formidable corresponsal –además de voluntaria en la Cruz Roja– (que cubrió la revolución Rusa, y cuyas crónicas bélicas sobre los días más desgarradores en la arrasada Polonia de la primera gran guerra global fueron –y son– famosas).

“La Europa del armisticio que atravesé hace unos meses pocas esperanzas dejaba de un futuro mejor… es viva demostración de que la guerra no ha remediado ni las injusticias ni los males del mundo, sino que lo ha agravado con una profunda descomposición de todos los países…” .

Para ella, la guerra no era más que un “obsceno” crimen de los gobiernos que enterraba “juntos a los vivos y a los muertos”. “Me aterra que leáis que los alemanes toman Varsovia… Es Polonia la que queda devastada con esta guerra… Para conocer y maldecir la guerra hay que ver a los hombres despedazados”, publicaba seis años antes, en 1914, en una carta desde la capital polaca a pocos meses del comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, hoy en 2020, en la prensa europea, siguen estando Polonia, Rusia y la tensión diplomática por guerras del siglo (y milenio) pasado, en los titulares. Increíble. Hay que leerlo para creerlo. En fin, con los primeros pasos andados ya en estos ‘nuevos años veinte’, preparémonos entonces para el desenfreno, entreguémonos a esta divertida y descarriada nueva década para que cuando los nuevos desastres económicos sucedan, las nuevas guerras –que parecerán tan antiguas– nos arrasen, no podamos ya ni enterarnos. Total, en esta era ‘todo pantalla’ (como así la definió Gilles Lipovetsky) en la que las cosas suceden primero en las pantallas y después se materializan, todo parece ya tan diluido, tan fugaz.

Por mi parte seguiré leyendo a Sofía Casanova, a ver si así me entero de lo que va esta década, que por momentos luce ya algo rancia.

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