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Roger Senserrich

Opinión

El adiós del hombre aburrido

Rajoy no sólo ha pensado siempre que la política es aburrida, sino que cree sinceramente que aquel que ve alguna épica o poesía en ella es un ingenuo o un iluso. A su manera, ha sido un populista a la inversa

Mariano Rajoy.
Mariano Rajoy. Javier Martínez

El discurso de despedida de Mariano Rajoy en el congreso del Partido Popular fue a la vez un recordatorio de lo grande y pequeña que es la política a veces.

Rajoy es un político excepcional por su normalidad, algo que dejó bien claro en su intervención. Es un hombre de partido, que ha ocupado cargos en todos los niveles del PP, desde sus tiempos pegando carteles participando en juntas locales hasta llegar a la dirección del partido y la Presidencia del Gobierno. Los políticos de carrera tienen mala prensa estos días, pero hay algo decente, sobrio, en una persona que decide dedicar su vida a un trabajo tan arduo, desagradecido y antipático como es la política.

Rajoy ha sido un funcionario de la política, alguien dedicado a entender los engranajes, manivelas y cañerías del poder. En su discurso, ha reivindicado esta labor de ser útiles y trabajar para otros. Hay una cierta nobleza en ser un concejal de pueblo, diputado autonómico o un cargo de segunda línea en alguna consejería, sin gloria alguna ni el aplauso de nadie, trabajando sólo por querer mejorar el país donde vives. Como Rajoy recordó, estos mismos políticos anónimos en España a menudo han tenido que hacer enormes sacrificios, incluso perdiendo la vida por defender sus ideas.

Rajoy siempre se ha visto a sí mismo como uno de estos políticos; alguien que está ahí para hacer que las cosas funcionen, porque alguien tiene que hacerlo. Nunca ha sido un romántico, ni ha pretendido serlo. Siempre se ha visto como alguien responsable, serio, que estaba en un ministerio, consejería o gobierno por simple y llana responsabilidad. Es alguien que no sólo cree que la política es aburrida, sino que cree sinceramente que aquel que ve alguna épica o poesía en ella es un ingenuo o un iluso.  A su manera, Rajoy ha sido un populista a la inversa. En vez de apelar a su excepcionalidad, o hablar en voz estentórea sobre su casta, élites, y relatos semejantes, su imagen y discurso siempre ha sido el de insistir en que todo esto es un aburrimiento, y que lo mejor que podemos hacer es dejarnos de historias.

Rajoy entiende que no es mejor gobernante aquel que intenta hacer muchas cosas, sino aquel que evita romper demasiadas. Ha sido un funcionario de la política

Esta forma de ver la política se ha extendido a cómo ha gobernado, con todas sus virtudes y defectos. Rajoy es un señor que confía en las normas y convenciones sociales, en las cosas como son y en gobernar sin aspavientos. Es alguien que nunca intentará arreglar algo que no está obviamente roto, y que, si lo hace, comprará el recambio en la planta de bricolaje del Corte Inglés tras hablar educadamente con el dependiente sobre cómo las herramientas de carpintería se fabricaban mejor antes. El tipo, por supuesto, procederá a hacer el arreglo con la misma ceremonia y épica de alguien que está cambiando una rueda del coche tras un pinchazo, y lo hará esperando la misma reacción del público y crítica. Es la clase de persona que irá a ver obras cuando se jubile, y hablará de sus paseos con el mismo tono con el que dio el discurso de ayer.

Esto puede parecer una crítica, pero no lo es. En política, a menudo, lo más difícil es evitar caer en la tentación de hacer demasiado. Aunque un presidente del Gobierno (especialmente uno con mayoría absoluta, como Rajoy en su primera legislatura) tiene un poder descomunal para movilizar recursos, erigir grandes obras y mover montañas, ese mismo poder también hace que sus errores a veces sean inmensamente costosos, casi fatales. Rajoy, de forma instintiva, entiende que no es mejor gobernante aquel que intenta hacer muchas cosas, sino aquel que evita romper demasiadas. Durante sus años en el poder, su estrategia consciente ha sido salirse de en medio y sólo arreglar aquello que no tiene más remedio, y dejar que el país fuera tirando.

En España, esto resultó no ser una mala aproximación. Nuestro país tiene la suerte de ser un lugar donde las cosas básicas funcionan más o menos bien; es un lugar seguro con una administración competente, donde los trenes circulan a la hora, los hospitales atienden a sus pacientes y los colegios abren cada día sin grandes aspavientos. Algunas cosas tienen resultados mediocres (educación), otras son excepcionalmente efectivas (seguridad, sanidad), pero todo en general va tirando, en parte porque nuestros funcionarios siempre han sido grises pero competentes, en parte porque políticos pasados hicieron las cosas bien. Si el gobierno deja a los españoles en paz, y permite que todo vaya tirando, el país acostumbra a responder agradecido con un crecimiento económico modesto y vida apacible y tranquila.

Los años de Rajoy en el gobierno fueron, en gran medida, una aplicación de este principio de dejar hacer. Durante su mandato sólo aprobó reformas de calado cuando no tuvo más remedio que hacerlo: el rescate bancario (porque fue un rescate en toda regla, por mucho que Rajoy lo niegue) cuando no hubo otra manera de salvar el sistema financiero; la reforma laboral porque era obvio que el mercado y la negociación colectiva estaban completamente rotos; o las pensiones, porque la aritmética era la que era y no había nada más que hacer. En todos los casos las reformas fueron sobrias, diseñadas e implementadas con la habitual competencia del funcionariado español, y aprobadas con pocos aspavientos. En ningún caso fueron remotamente innovadoras, creativas o poéticas, porque Dios libre a Rajoy de hacer nada remotamente lírico. Incluso en Cataluña, con la aplicación del artículo 155, Rajoy antepuso la prudencia y contención a los grandes aspavientos.

El ‘marianismo’ acabó por convertirse en un problema irreversible para el  partido; Rajoy no quiso renovarlo ni arreglar el PP porque para él nunca estuvo roto

Esta clase de liderazgo quizás fuera lo que España necesitaba tras los atolondrados años de Zapatero, pero también resultó ser el talón de Aquiles de Rajoy en el poder. Lo fue, en el lado de su gestión económica, por los innumerables problemas que dejó tras de sí con su ansia de no tocar nada: desde un sistema educativo mediocre a un sistema fiscal anticuado, pasando por un sistema de financiación autonómica opaco e ineficaz. Por mucho que España se haya recuperado de la crisis, seguimos siendo un lugar donde la tasa de paro está por encima del 16%, una cifra inconcebible en cualquier país desarrollado. Esto tiene arreglo, pero exige soluciones que van más allá de la gestión contemplativa de Rajoy.

Este liderazgo fue un problema especialmente en el lado del partido, donde la inacción de Rajoy acabó por haciendo inevitable su caída. Los escándalos de corrupción del PP no eran culpa de Rajoy, pero este nunca entendió que su existencia no se debía a unos cuantos políticos deshonestos, sino que eran fruto de unas estructuras de partido construidas sobre las aguas pantanosas de la corrupción. Rajoy no quiso arreglar el partido, porque para él nunca estuvo roto. En vez de tomar la decisión difícil de renovar de arriba abajo la organización cuando tuvo la oportunidad durante los largos años de travesía del desierto post-Aznar, Rajoy evitó el conflicto, y dejó que la podredumbre continuara. Años después, cuando la sentencia de Gurtel estalló debajo de Génova, era ya demasiado tarde.

Rajoy, en su despedida, deja un partido herido, precisamente por esa timidez. Los dos aspirantes para sucederle probablemente verán todo lo que no hizo, todas las oportunidades perdidas, y tengan la tentación de caer en la hiperactividad si algún día llegan a la Moncloa.  Del discurso de ayer de Rajoy, sin embargo, harían bien de tomar nota sobre su prudencia. Rajoy fue un político conservador no sólo en las medidas tomadas, sino en su temperamento; quizás no siempre tomó la decisión correcta, pero nunca tomó una decisión precipitada.

En España, y en política, eso es ya bastante mérito.



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