Santiago Abascal se equivoca si cree que a Vox le va a dar votos, dentro de dos años o cuando sean las elecciones generales, su sobreactuación frente a una supuesta “invasión” de Ceuta protagonizada por 6.000 niños y adolescentes marroquíes, amable y pacíficamente empujados por el Ejército español, la Policía y Guardia Civil, a coger la puerta del muro fronterizo de vuelta a casa; rumbo a la ciudad de Castillejos, esa bulliciosa Ceuta marroquí a tan solo cuatro kilómetros de la española, que hasta el cierre de la frontera por Mohamed VI malvivía de las mulas, de su inhumano trasiego de mercancías entre África y el primer mundo.

No, señor Abascal, lo que hemos visto todos en esas terribles imágenes -el algodón de la multitud de horas de cobertura televisiva en directo no engaña- de los voluntarios de Cruz Roja y ONG arropando con mantas térmicas a las decenas que salían tiritando del Mediterráneo con lo puesto, dista mucho de aquel Ejército alemán perfectamente equipado que el uno de septiembre de 1939 levantó las barreras en diversos puntos de la frontera con Polonia; o, por no irnos tan atrás, de aquellas imágenes de los pozos petrolíferos kuwaities incendiados por las tropas del sátrapa iraquí Sadam Hussein en 1990.

Lo que percibe cualquier persona sensata, español o no, no son “invasores”, es la inhumanidad de un jefe de Estado que, tras cercenar a los nacionales del Norte marroquí su modus malvivendi cerrándoles la frontera hace un año porque sí, ahora les utiliza engañados cual carne de cañón en sus juegos de geoestrategia para ganar posición en el terremoto político que vive el antiguo Sáhara Occidental con réplicas en Rabat, Madrid, Argel, Washington, París y Bruselas.

Ninguno error que haya cometido el Gobierno español en el ‘caso Ghali’ justifica la brutalidad feudal de Mohamed VI ni, mucho menos, confundir el ejercicio de la oposición con favorecer los intereses del vecino marroquí chantajista

Vaya por delante que pienso que el Gobierno español debió buscar otro país donde tratar de Covid al incómodo secretario general del Frente Polisario, Brahim Ghali, y que Marruecos, a largo plazo, tiene las de ganar en esta pelea soterrada por la soberanía del Sáhara; primero, porque el amigo americano parece por la labor y, segundo, porque la ONU está dejando casi por imposible la reivindicación del referéndum de autodeterminación del Polisario.

Creo, al hilo de lo anterior, que a la política exterior española le falta brújula desde hace, al menos, una década, -por algo será que esa llamada de cortesía del nuevo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, a Pedro Sánchez nunca llega-... pero nada justifica la brutalidad feudal de Mohamed VI; y menos aún, confundir el ejercicio en España de una política de una oposición legítima con favorecer los intereses del vecino chantajista.

Porque esto último, señor Abascal, es lo único que ha conseguido este lunes desplazándose a manifestarse pese a la prohibición de la Delegación del Gobierno. Eso, y polarizar más una sociedad ceutí traumatizada por las escenas que le tocó vivir, gentes obligadas a cerrar tiendas, bares y colegios aquel funesto lunes 17 en que al Rey de al lado le dio por convocar su particular Marcha azul intentando emular a su padre, Hassan II, 45 años antes en el Sáhara; una sociedad ceutí con inmigrantes todavía deambulando por sus calles y causando incidentes de convivencia con la población local.

Ceuta no es hoy más española que antes de su protesta: es más inestable social y políticamente, y la ha situado usted más en el foco mediático internacional como problema... justo lo que quiere Marruecos

Ceuta, desengáñese, no es hoy más española que antes de su protesta; es más inestable social y políticamente y la ha situado usted más en el foco mediático internacional como problema... justo lo que quiere Marruecos en su histórica estrategia de reivindicación de soberanía sobre esa ciudad y sobre Melilla. Y usted es, como mucho, solo un poco más afortunado en votos de fuera de la ciudad, que es a lo que iba y veremos en qué queda cuando lleguen las elecciones.

Soy absolutamente contrario a eso que se ha dado en llamar el cordón sanitario contra Vox, el tercer partido español tras las elecciones generales de noviembre de 2019, no lo olvidemos. Defiendo su derecho a dar un mitin en Vallecas, o donde le diera la gana, durante la pasada campaña electoral madrileña sin sufrir acoso. Faltaría más en democracia. Porque son los ciudadanos los que dan y quitan razones en las urnas.

Pero eso no me impide ver que, convocando una manifestación en medio del incendio de la calle ceutí y en contra del más elemental sentido común -no sólo prohibida por razones de orden público por la Delegación del Gobierno, también por el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía-, ha traspasado la fina línea que separa al político del común del presidenciable; esa persona a la que los españoles miramos con otros ojos porque algún día, no muy lejano, le entregaremos las llaves del Palacio de La Moncloa y nunca se las hemos dado a quien incendia la calle. Yo no lo recuerdo.

Rabat se frota las manos

Pablo Casado lo sabe bien y por eso dio un paso atrás antes de llegar al abismo por el que usted se ha tirado con un arrojo digno de mejor causa. El presidente del PP apuntó y disparó dialécticamente duro, durísimo, contra éste presidente del Gobierno en el Congreso -para eso está el Parlamento-, pero supo enseguida o le hicieron ver que su papel no es el de activista; que no todo vale en política.

Por eso, verle a usted y a sus acompañantes, señor Abascal, atrincherados en el Parador de Ceuta guareciéndose de la ira de una multitud, musulmana y no musulmana, contraria a su presencia, producía sonrojo -...Qué necesidad-. A esa misma hora, seguro, alguien se estaba frotando las manos y no solo en la calle Génova o La Moncloa... sobre todo, en algún palacio de Rabat o alrededores.