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José Alejandro Vara

Opinión

Ábalos, trolero, tienes que irte

El directo a la mandíbula del 'Delcygate' no sólo ha conmocionado a Ábalos sino que, por ende, tiene de los nervios a los estrategas de La Moncloa

El ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos, en una rueda de prensa.
El ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos, en una rueda de prensa. EP

Cuarenta maletas rebosantes de lingotes de oro persiguen obsesivamente a José Luis Ábalos. Igual que aquel ejército de escobas cargadas con cubos de agua perseguía a Mickey en el aprendiz de brujo de Disney, las maletas chavistas crecen, se multiplican, caminan desafiantes tras los pasos del ministro de Fomento. Una espantosa pesadilla, esa rendija por donde asoma el infierno. Ábalos no es el mismo desde su extravagante encuentro con miss Delcy en el aeropuerto de Barajas, desvelado hace un mes por Vozpópuli. Está políticamente muy tocado, con esa cara de bobo afligido que se le pone a quien ha tenido que comerse un enorme marrón. Su tradicional fanfarronería se ha evaporado. No se fía de nadie, según comentan los próximos, no conversa sobre el tenebroso episodio, apenas escucha la palabra 'maleta' o 'lingote' se le muda la faz y huye despavorido. 

Prohibido hablar de las maletas de Venezuela. Ni de Delcy. Ni de la cruel dictadura de Maduro. Ni de los miles de jóvenes asesinados en las calles por la policía chavista. Ni de los cinco millones de exiliados. Esas cuestiones carecen de interés, según sentencia el último decreto de Moncloa. "Venezuela no interesa", proclamó Carmen Calvo a modo de grotesca excusa. "Sobre Guaidó ya he dicho todo lo que tenía que decir", explicó en Nueva York la ministra de Exteriores, Arancha González, mientras escapaba de los medios a la carrera.  "Con la de cosas que ocurren en nuestra tierra", le argumentó, envuelto en el sayal del victimismo, el propio Ábalos a Belén Hoyo, cuando la diputada del PP valenciano le preguntó en el Congreso por su affaire con la número dos de Maduro.

La mayoría de los medios, orgánicos o acomodaticios, se abonan al pin parental, a la ley antifranquista, a la crispación y evitan sumergirse en la ciénaga del 'caso Ábalos' y sus maletas de oro

Venezuela es, por tanto, tan sólo una cortina de humo de la ultraderecha para no abordar cuestiones candentes como el paro, las pensiones o la sanidad. Asuntos todos ellos en estado de abandono, a los que Sánchez apenas ha dedicado medio minuto desde que llegó a la presidencia, que ya va para dos años. Moncloa dicta el temario y envía el argumentario. La mayoría de los medios, orgánicos o meramente acomodaticios, actúanen consecuencia  e inundan sus espacios con el pin parental, el odioso franquismo, la imperiosa reforma del código penal y ahora, de nuevo en la pantalla, el caso Bárcenas y las 'caja B' del PP, un clásico que vuelve con la primavera.

"¿Verdad José Luis?", inquirió Sánchez a su atribulado ministro en el jamboree de los socialistas del sábado. Y José Luis, el aludido, dio un respingo en su silla y se le puso cara de carnero predegollado. Sus compañeros de Ejecutiva le miraban con hipócrita sonrisa, como dándole ánimos, cuando en verdad le estaban dando el pésame. ¿Verdad José Luis?. Esa pregunta de Sánchez sonó a alea jacta est.

'Informaciones alucinantes'

La suerte está echada. Ábalos seguirá formando parte del frondoso Gobierno socialcomunista porque es pronto para que salte el fusible. Sin su papel de escudo humano, Sánchez quedaría a la intemperie. Pero Ábalos está políticamente extinto. "Se inventan informaciones alucinantes sobre maletas llenas de oro", recitaba este lunes como un zombi a preguntas de los periodistas. Las maletas le persiguen. Estos días están saliendo a miles los lingotes de oro chavistas en vuelos clandestinos rumbo a Turquía, al golfo Pérsico, a Suráfrica. La dictadura pone a salvo su rapiña. 

Y Ábalos sigue sudando. "Además, ese asunto está judicializado", explicaba, como el náufrago que ha encontrado su tabla de salvación. Judicializado está, en efecto, pero tarde y mal, como aquí explicaba Álvaro Nieto. La oposición, en lugar de presentar una querella por prevaricación contra el ministro, optó por acudir a la Fiscalía, que, en estos tiempos que corren, es como llevar a reparar un Fórmula 1 a Talleres Manolo. "Déjelo usted ahí que en un rato me ocupo". Y hasta hoy. 

El gran criminal hace bromas

"Es un asunto secreto", dijo el criminal Maduro este fin de semana al referirse al affaire de Ábalos con Delcy. "La derecha española me hace mucha gracia", añadió la aludida. A Ábalos, ni maldita. Súbitamente, ha perdido su aura de intocable y poderoso en su condición de tercer hombre del aparato sanchista. Hasta el diario gubernamental le ha señalado en dos ocasiones, signo evidente de que está sentenciado. 

Cierto es que gozaba de cierta simpatía social y hasta periodística habida cuenta de sus enfrentamientos permanentes con Podemos y su escasa simpatía para con Iglesias y su pareja, Irene. Ábalos, nieto de guardia civil, hijo del 'torero rojo', perfil rotundo, ademanes bruscos y aspecto de jugar a los chinos en las tascas, gintonic en ristre, llegaba incluso a parecer simpático y accesible. Cultivaba esa imagen de ser el único representante legítimo del antiguo PSOE, el de los 140 años, el de la Transición, la democracia, el respeto a la Monarquía. En definitiva, caía bien porque era la antítesis de Carmen Calvo, el virus nefando de La Moncloa, "la pieza más pérfida e insidiosa" de la maquinaria sanchista, según definición de un veterano con galones.

Sánchez le encomendó solventar el trámite envenenado de la visita de Delcy Rodríguez, señalada y sancionada como 'persona non grata' en la UE, donde no puede poner un pie bajo acusación de perseguidora de los derechos humanos. Marlaska y González Laya, sus compañeros de Interior y Exteriores, respectivamente, quedaron eximidos de implicarse en este asunto. Todo salió mal. Desde entonces, vive abrazado al embuste y amarrado a la mentira. De momento su cabeza política está a salvo. Pero su papel preferente en el PSOE y el Gobierno se ha desmoronado. Ha perdido relevancia y poder. En sus alteradas noches, sueña que le persiguen maletas erizadas de lingotes de oro, tal y como deslizó la diputada Oramas, que gritan su nombre por las cintas del aeropuerto: "Ábalos, trolero, tienes que irte".

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