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Jesús Cacho

Opinión

Zapatero, Sebastián y el asalto al BBVA con Villarejo por testigo

El excomisario Villarejo
El excomisario Villarejo EFE

La bomba estalló un 29 de noviembre de 2004. Ese día, el grupo Sacyr-Vallehermoso remitió un comunicado a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) en el que reconocía estar “estudiando la posibilidad de adquirir una participación en BBVA”. A requerimiento de la CNMV, la constructora presidida por Luis del Rivero amplió al día siguiente la información asegurando tener “la intención de entrar en el capital del banco mediante la compra de una participación del 3,1%”. Gran conmoción. Apenas 8 meses después de la llegada al poder de Rodríguez Zapatero, catapultado a la presidencia del Gobierno por los dramáticos atentados del 11-M, las sospechas de una operación política, so capa de empresarial, teledirigida desde Moncloa para obligar a Francisco González (FG) a dejar la presidencia del BBVA, se hicieron evidentes hasta para el más lerdo de los mortales. En el vórtice del ciclón surgió enseguida la figura de Miguel Sebastián, exdirector del Servicio de Estudios del BBVA entre 1999 y 2003, y en el momento de los hechos jefe de la Oficina Económica del Presidente en Moncloa, como muñidor de la operación de asalto al BBVA.

A Sebastián le sobraba tiempo en la oficinita de marras y sobre todo le sobraban ganas de revancha contra el hombre que le había puesto de patitas en la calle. Odio africano. Hierático, frío, antipático hasta decir basta, a FG le faltaban amigos en el Madrid de los poderosos para hacer frente a un envite semejante. Poca ayuda podía esperar del PP en horas bajas, liderado por un Rajoy dispuesto a dormir durante años plácida siesta como líder de la oposición. No molesten, por favor. Bien es verdad que había sido el PP de Aznar, con Rato como director de operaciones, el que había colocado a sus amigos (FG, Alierta, Pizarro, Villalonga) al frente de las empresas públicas privatizadas entonces, convirtiéndoles a todos en millonarios. Algo parecido a lo ocurrido años antes con los magnates rusos que, tras la caída de la URSS, se hicieron con la propiedad de los grandes monopolios estatales soviéticos. El PSOE de Zapatero había llegado al poder con hambre atrasada, como ha llegado el de Pedro Sánchez, que ha colocado a media ejecutiva en la presidencia de las empresas públicas, con sueldos que en algunos casos superan los 200.000 euros. Un Estado cuyas instituciones son copadas por conmilitones cada vez que un nuevo Gobierno llega al poder, no es un Estado moderno ni cosa que se le parezca.

Un Estado incapaz a estas alturas del siglo XXI de separar lo público de lo privado, causa y efecto de toda clase de corrupciones, la vieja enfermedad española que sigue contaminando nuestra democracia. De modo que Moncloa, con Sebastián como mariscal de campo, decidió desalojar a FG de la presidencia del BBVA sencillamente porque era el eslabón más débil de la cadena de herederos de Aznar. Para el asesinato se sirvieron de un hombre de paja como Del Rivero, un ingeniero de caminos murciano a quien Matías Cortés había introducido en los salones de la alta sociedad capitalina deslumbrándole con el resplandor del cristal de araña. De Rivero y de su constructora, Sacyr, que ya contaba con un 20% en Repsol. Y de todos los altos ejecutivos del BBVA, con los Ybarra a la cabeza, a quienes FG se había cepillado de forma inmisericorde tras la fusión con Argentaria. Todo el monte era orgasmo en los días de vino y rosas de la burbuja. Al lado de Rivero, el flamboyant Abelló y los Goyas de su mansión en la calle Serrano, encargado de sondear a los grandes capitales (Entrecanales, Ortega, Serratosa, Koplowitz, Carceller) nacionales y extranjeros (Martín Bouygues, Albert Frère) en busca de apoyos financieros con los que derribar las defensas de los sitiados. Pronto se unieron al cerco las tropas de refresco del grupo Prisa, la SER a la cabeza, con una denuncia a la CNMV sobre supuestas irregularidades en la venta, años atrás, de la sociedad de valores de FG a Merrill Lynch. Las vergüenzas de Prisa, una vez más, al descubierto.

El asedio duró dos meses y medio. El 15 de febrero de 2005, el consejo de administración de Sacyr enarbolaba bandera blanca retirándose a sus cuarteles de invierno. FG había ganado una batalla que no podía perder, porque la operación era tan escandalosa, tan descaradamente mafiosa, tan políticamente manipulada, que no podía triunfar so pena de convertir España en lo que tantas veces ha estado a punto de ser, una pobre república bananera donde impera la ley del más fuerte. Nadie supo nunca los planes que Sacyr y sus ricachones asociados contemplaban para el BBVA, aunque la versión más piadosa apuntaba a su despiece y venta a trozos, para terminar engordando hasta límites linderos con la obscenidad las fortunas de un ramillete de esforzados servidores del poder político, las rodilleras siempre dispuestas para el sacrificio, con el PSOE y sus Sebastianes, Arenillas, Pérez, Solbeset alii, recogiendo las migas que caían de la mesa del gran festín.

“La pasta que estaba pendiente nos la va pagando”

Ahora hemos sabido que la organización que dirigía el excomisario Pepe Villarejo acudió rauda a ofrecer sus servicios a FG –con el también excomisario Julio Corrochano al frente de la Seguridad del BBVA, ojo al dato- con la intención de ayudarle a derrotar a los asaltantes a tanto la pieza. Lo contaban ayer con todo lujo de detalles Tono Calleja y Álex Requeijo en estas páginas, y hoy siguen dando más detalles. Se trataba de hurgar en la vida privada de Sebastián, identificado desde el principio como alma mater del asalto. Saber con quién se metía en la cama. “La opinión del FG, que el hijoputa es muy malo, es buscar alguna fórmula para desequilibrar al que es su enemigo, porque en el fondo el que ha montado todo el show de Sacyr ha sido Sebastián", se escucha decir al excomisario en una grabación del 15 de mayo de 2005. Y parece evidente que FG compró esos servicios, puesto que hace escasas fechas supimos que las “empresas” de Villarejo facturaron al BBVA entre los años 2012 y 2017 al menos 5 millones de euros. “Hemos quedado que la pasta que estaba pendiente nos la iba a pagar, y la está pagando. Me da un recibito tal y cual, y yo con eso he pedido los últimos canutos (micrófonos), para hacer un poquito de rastreo, tal y cual…”, cuenta el propio Villarejo a su copainGarcía Castaño en esa grabación.

Difícil saber si el intento de asalto al BBVA por parte de una constructora con el apoyo explícito del Gobierno de España es la operación más escandalosa de las muchas que la corrupción de nuestras elites nos ha procurado

Difícil saber si el intento de asalto al BBVA por parte de una constructora con el apoyo explícito del Gobierno de España es la operación más escandalosa de las muchas que la corrupción de nuestras elites nos ha procurado. Hay mucho donde elegir y de todos los colores. Lo que no admite duda es que ninguna de ellas le llega a la suela del zapato en importancia y trascendencia para la calidad de nuestra democracia a la existencia del grupo criminal que los excomisarios Villarejo y Castaño han mantenido activo durante años dedicado al tráfico de información judicial y policial al servicio de la mayor parte de los capos del Ibex 35, no solo de FG, a cambio de grandes sumas de dinero. “Ahora nos dedicamos a resolver problemas a gente importante”, aseguraba tiempo ha uno de los miembros del clan. “¿Conoces a algún tipo con posibles en esas circunstancias? Si tú tienes un problema, nosotros te lo resolvemos con discreción, y si no lo tienes, primero te lo creamos y luego te lo resolvemos…”. Tal era el modus operandi con los ricos del lugar. Un grupo organizado y multifunción, una orquesta engrasada en la que jueces y fiscales, policías en ejercicio, políticos con escaño, abogados en nómina y periodistas a tanto la pieza ejercían su función a mayor gloria de Villarejo y su cartera. Un verdadero cáncer para nuestra democracia, como han puesto en evidencia los banquetes de Villar con la ministra de Justicia Delgado y su íntimo amigo Garzón. Gente muy principal, ligada a PSOE y PP, pretende poner en libertad a Villarejo y facilitarle una discreta fuga al extranjero. El pánico está a flor de piel. Las presiones son intensas. Sería el golpe de gracia para nuestra feble democracia. Eso es lo que nos jugamos.



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