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Luis Algorri

Carretero y yo

Vox clamantis in deserto

Fue hace poco más de un año, el día de la burla del 1-O, cuando cambió todo. Fue en ese preciso día cuando a la gente corriente se le despertó la ira y comenzó el mitin de Vistalegre

Acto convocado por Vox el pasado domingo en el Palacio de Vistalegre de Madrid.
Acto convocado por Vox el pasado domingo en el Palacio de Vistalegre de Madrid. Efe

Carretero, mi padre, sonríe con cierto escepticismo ante las imágenes del mitin que ha hecho Vox –ese partido con maravilloso nombre de diccionario de latín– en Madrid, pero se sorprende mucho más ante la evidencia de que todo el mundo está hablando de ello como si hubiese sido un acontecimiento histórico. Santiago Abascal reúne a 9.000 personas en una plaza de toros y en la Prensa ocupa eso tanto espacio como la muerte de Montserrat Caballé, que eso sí quedará en los libros de historia. Nueve mil personas. Cerca de Madrid hay complejos urbanos especializados en bodas donde cada domingo se reúne más gente, entre los varios enlaces que haya.

–La novedad –dice mi padre–, pero no te lo tomes a broma.

No lo hago. Tiene razón. La extrema derecha española no reunía a 9.000 personas desde mediados de los años 80, cuando las concentraciones del 20-N en la plaza de Oriente dejaron de reunir a millares de asistentes, que pasaron a ser cientos; ahora, algunas decenas. Lo de la plaza de Vistalegre es, por tanto, una novedad.

Al menos en España lo es. No en otros lugares. La extrema derecha gobierna hoy, en solitario o en coalición, en Polonia, Hungría, Austria e Italia, y tiene una creciente influencia en los países Bajos, Suiza, Eslovaquia, Grecia, Noruega y Finlandia. En Francia, todos los partidos hubieron de apoyar a Macron para impedir que Marine Le Pen fuera presidenta de la República. En Brasil, el ultra Bolsonaro puede alcanzar la presidencia con casi el 60% de los votos. Y mejor no hablemos de Trump ni de Putin. En Europa, Balcanes aparte, la extrema derecha tiene diputados en los parlamentos de todos los países europeos salvo Islandia, Irlanda, Reino Unido (en 2017 perdió el único que tenía), Portugal… y España. En el Parlamento Europeo, a pocos meses de unas nuevas elecciones, puede decirse que la extrema derecha tiene entre 50 y 80 diputados sobre 751, eso dependiendo de muchos matices. Y todo indica que esa cifra va a crecer mucho el próximo mes de mayo, cuando volvamos a votar.

El mitin de Vox fue intensamente transversal. Acudió gente que suele acudir a actos de otros partidos… o que nunca va a mítines

Sería una locura decir que todos los partidos de extrema derecha de Europa son iguales. Pero sí hay rasgos comunes a la inmensa mayoría de ellos: un fuerte sentimiento nacionalista, que necesita, por definición, un enemigo al que echar la culpa de todos los males; un claro tinte xenófobo, cuando no directa y claramente racista, que carga contra la inmigración; en muchos casos (no en todos), un odio hacia lo diferente que se traduce en una homofobia muchas veces violenta; un rechazo más o menos feroz a la idea de Europa y, finalmente, también en algunos casos, un claro olor a incienso y sacristía, es decir, un manifiesto ultraconservadurismo religioso. En España, sin embargo…

–Pero estos de Vox al PSOE le vienen bien –se ríe mi padre.

–¿Cómo que le vienen bien?

–Sí. Porque cuanto más fragmentada esté la derecha, mejor para la izquierda.

No, papi, creo que no es así. Eso es suponer que los votos son siempre los mismos, y no es verdad: en los últimos diez años, el censo electoral ha crecido en más de un millón y medio de personas. Que no se reparten proporcionalmente entre todos: el voto llamado joven tiende a ir a la izquierda, sobre todo desde la aparición de Podemos, y el numeroso voto de los inmigrantes es un batiburrillo casi imposible de explicar.

–¿Entonces? ¿Cuál es el problema?

-El problema es que no es bueno para nadie, en ningún sitio, que crezcan opciones políticas basadas en la demagogia, en el populismo que ofrece soluciones sencillas para problemas complejos (eso es algo que no existe), en el odio a los demás, en el egoísmo y en lo que ahora se llama posverdad, pero que toda la vida de Dios se llamó mentira. En la plaza de Vistalegre había, el otro día, muchísima gente que, en términos de demoscopia electoral, “no tenía que haber estado allí”, ni por su extracción social, ni por su formación, ni siquiera por su origen geográfico o su edad. No había solo ancianitos y matones veinteañeros con gomina, como en la plaza de Oriente. Había gente de todas las edades, aspectos y procedencias. Esto fue lo primero que advirtieron los expertos: el mitin de Vox fue muy intensamente transversal, es decir, que acudió gente que suele acudir a actos de otros partidos… o que nunca va a mítines. Gente que está harta. Gente que ha sido agredida por la reforma laboral. Gente decepcionada y exasperada por la corrupción (como si estos de Vox fueran unos santos), por el vergonzoso nivel de los políticos que podríamos llamar “habituales”, por la desorientación ética que vivimos todos y por…

El nacionalismo españolista y de las JONS está reviviendo a una alarmante velocidad como reacción al independentismo catalán

–¿Y por…?

–Es evidente. Por el cristo del independentismo catalán. No habrá ahora mismo nadie más feliz por el mitin de Vox que el señor Torra: ya tiene un enemigo bajo el cual meternos a todos en la propaganda que hace, y en eso es el mejor. Y gracias al señor Torra, a sus obras a sus pompas y a sus putschdemones, estarán también felices Abascal y sus muchachos, porque han llenado Vistalegre. El nacionalismo españolista y de las JONS, que estaba en una hornacina desde la Transición, está reviviendo a una alarmante velocidad como reacción al independentismo catalán. No hay ningún otro motivo. Ni los inmigrantes, ni Podemos, ni gaitas. Los balcones de Madrid se llenaron de banderas españolas hace ahora mismo un año, cuando los indepes reventaron la democracia en el Parlamento catalán y luego convocaron aquella burla de referéndum del 1 de octubre.

–Día del caudillo, que se decía antes –se ríe mi padre.

–Efectivamente. Hasta entonces, las banderas aparecían en los balcones el día del Corpus, y cada vez menos. Fue hace un año cuando cambió todo. Fue entonces cuando, con toda claridad, a la gente corriente se le despertó la ira. Fue entonces cuando comenzó el mitin del otro día en Vistalegre.

–Entonces tú crees que el fascismo

–No, Carretero –le interrumpo yo–, lo de Vistalegre no es fascismo, no fastidies. Ya quisieran. El fascismo, hace un siglo, fue un movimiento catártico y desde luego renovador de lo que había. El fascismo creó, sobre todo en Alemania, una estética poderosísima y completamente nueva, lo mismo en lenguaje que en arquitectura, escenografía, música y también en los uniformes. Una estética deslumbrante que nadie había visto antes, y de la que tanto aprendería el comunismo después de la segunda Guerra Mundial. Pero estos de Vox… ¿a dónde creen que van con Sánchez Dragó y un par de toreros? ¿En serio se creen que van a galvanizar a las masas infelices cantando El novio de la muerte y bailando lo de Manolo Escobar? Si solo les faltaba la capa magna del cardenal Cañizares, por favor. Que más bien parecen, al menos por el momento, la Vox clamantis in deserto, que decía el profeta Isaías. Anda que no les queda nada a estos…



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