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José María Albert de Paco

Opinión

Unílogo

‘España, lo primero’, reza el lema de Vox, pero a cualquiera de sus seguidores les pondríamos en un aprieto si les preguntáramos: ¿Y lo segundo?

Santiago Abascal, en el mitin de este domingo en Vistalegre.
Santiago Abascal, en el mitin de este domingo en Vistalegre. EFE

En apenas unos días, Santiago Abascal ha saqueado una canción de Coque Malla, le ha llamado drogadicto por quejarse, ha abogado por la deportación de Echenique, ha nombrado a Isabel la Católica mejor política europea y ha renovado el timbre de gloria de la palabra ‘facha’. No siempre la utilizó cual judoka aventajado. Hace unos años tuve la ocasión de entrevistarlo y ante una insinuación por mi parte en ese sentido, el entonces presidente de la Fundación para la Defensa de la Nación Española alzó el mentón y proclamó: “Soy español, punto”, y yo, devoto de aquel Jarabo que bordara Sancho Gracia, completé mentalmente la jura: “Más español que nadie”. A ello sigue encomendándose, ya sea trepando a un toro de Osborne o bebiendo directamente de un manantial (hay una conexión entre el nacionalismo y el crudismo, entre el esencialismo patrio y el alimentario, bandera y ubre). Hablamos, obviamente, de hazañas inasequibles a la derechita cobarde y la veleta naranja, que son, es un decir, más de Calleja.

Abascal es un Putin de Bilbao; eso sí, pasado por el jacuzzi de Gil y Gil. Una muestra, en fin, de que España es de veras diversa

Como es habitual en tiempos de politólogos, el fenómeno llega envuelto en llamamientos a fijar sus causas y, en un alarde de compasión inversa, tratar de que no vaya a más. Si el PP fue una fábrica de independentistas, el independentismo es una fábrica de españolazos que a su vez engendrarán más independentistas. El bucle, menos melancólico que vicioso, excluye la más elemental de las razones: la frivolidad. Vox es un hidalgo engominado que gusta de hacerse notar en los restaurantes, nunca se resiste al tercer gintónic y cree que La ciudad que fue es una película de Martínez Soria. Por lo demás,  el germen trumpiano del partido no debiera confundirnos: Abascal es un Putin de Bilbao; eso sí, pasado por el jacuzzi de Gil y Gil. Una muestra, en fin, de que España es de veras diversa.

Lean las 100 medidas urgentes, esa oda al parloteo de sobremesa donde antes que el nombre prima el adjetivo: suspender la autonomía catalana “hasta la derrota sin paliativos del golpismo”, anteponer los intereses de España a los “intereses de los caciques”, “rebaja radical” del impuesto sobre la renta. “España, lo primero”, reza el lema del manifiesto que Vox presentó el pasado mayo. A cualquiera de sus seguidores les pondríamos en un aprieto si les preguntáramos: ¿Y lo segundo?



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