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Miquel Giménez

Opinión

La UGT catalana al borde de la ruptura por el separatismo

El problema viene de lejos. La dirección del sindicato socialista en Cataluña está a años luz de las bases. Sus repetidos apoyos al separatismo han acabado por provocar una crisis como no se recuerda. Su presencia en la manifestación en favor de los “presos políticos” del próximo domingo ha sido la gota que ha colmado el vaso

Pepe Álvarez, Secretario General de UGT.
Pepe Álvarez, Secretario General de UGT. Efe.

Espai Democràcia i Convivència, una entidad pantalla que agrupa a las asociaciones independentistas de siempre entre las que se encuentran la ANC y Ómnium, convoca para éste próximo domingo quince una manifestación en Barcelona en favor de la libertad de los presos. “Os queremos en casa”, reclaman. Dicen tener ya más de quinientos autocares llegados de todo el territorio catalán. La comarca nos visita, así que nada nuevo bajo el sol.

Lo que ha hecho que la polémica se disparase fue la adhesión y presencia y apoyo a la misma por parte de los dos sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT. No es la primera ocasión en que se manifiestan en favor del proceso. Pero la militancia ugetista, que tiene mayoritariamente sentimientos pro PSOE, entiéndanme, del PSOE de Alfonso Guerra, le ha dicho a Pepe Álvarez, secretario general de la UGT de toda España y antes de Cataluña, que hasta aquí hemos llegado. Han demostrado mayor coherencia que la militancia del PSC, siempre presta a apoyar lo que diga Miquel Iceta, aunque sean auténticas barbaridades.

Afiliados ugetistas catalanes se dan de baja: “Siento vergüenza”

Desde la poderosa sección sindical que los ugetistas tienen en RENFE – ¡como añoramos a dirigentes como el mítico Paco Parras! – a otras federaciones, el goteo de bajas ha ido creciendo hasta convertirse en una auténtica sangría. Un veterano militante ugetista nos lo confirmaba con profunda tristeza. “A Nicolás – se refiere a Nicolás Redondo, padre – esto jamás le hubiese pasado. Álvarez ha sido condescendiente en grado sumo con el pujolismo, primero, y ahora con el separatismo. Estas son las consecuencias”. Gravísimas, efectivamente, tanto que podrían suponer la ruptura definitiva en dos del sindicato. Lo que se viene diciendo hace lustros en el PSC acerca de separarse y formar una Federación Catalana del PSOE, sin que eso se haya producido nunca, tiene muchos más visos de llevarse a término en el sindicato. El mismo Guerra lo profetizaba en una entrevista que le hice hace algunos años: “Alguna vez tendremos que sentarnos todos los socialistas y definir al lado de quien estamos, si al del nacionalismo o al del socialismo”. Le repregunté cómo, pensando así, habían pactado con Jordi Pujol en los tiempos en los que Felipe González no tenía mayoría. Guerra me sonrió y dejó caer un “Cosas de Felipe”. “Y de Narcís Serra”, apostrofé, recibiendo a cambio una mirada de complicidad que iba más allá de las palabras.

Porque la ambigüedad calculada del socialismo en Cataluña es, en no poca medida, responsable del desastre que vivimos hoy. Que, en la SEAT, por poner un ejemplo, las peticiones de baja se hayan multiplicado por cien desde que se terminó la Semana Santa no es casual. Hay quien calcula miles de ellas a diario. Si tenemos en cuenta que la tasa de afiliación sindical en nuestro país es, de por sí, la más baja en toda la Unión Europea, la UGT podría quedarse en cuadro. Son algunas las voces que han empezado a pedirle a Pepe Álvarez que intervenga, pero el viejo ugetista se mostraba en desacuerdo. “Pero, ¿qué quieren que haga?, ¡Si fue el primero en acercarse a Esquerra introduciendo a las juventudes de ese partido en el colectivo de jóvenes ugetistas Avalot!”. En ese pantano está metida la central sindical y no parece que nadie esté dispuesto a sacarla.

Cuando el PSC decidió cargarse a la UGT

Lo que vemos no es más que la consecuencia de una política de injerencia sistemática por parte del PSC para cargarse a lo que consideraba un contrapoder del PSOE frente al partido en Cataluña. En los lejanos años ochenta, Ernest Maragall ya se las había tenido tiesas con los ugetistas. Recuerdo que en una reunión acabaron a golpes de extintor, y esto es textual. En la sede del partido en la calle Nicaragua se conspiraba incesantemente para derrocar al por entonces líder de la UGT catalana, Justo Domínguez, así como a su secretario de organización Gil Pachón. Por entonces empezaba a frecuentar esos mismos despachos – los de Raimon Obiols, Narcís Serra, Miquel Iceta y Josep María Sala – un joven asturiano que trabajaba como mecánico en La Maquinista Terrestre y Marítima, Pepe Álvarez. A no pocos les hacía gracia que acudiera a las reuniones de la ejecutiva del PSC, porque rápidamente lo metieron dentro, con el mono de trabajo.

Cuando consiguieron que el asturiano llegase al control del sindicato en Cataluña pasaron a una fase más complicada, tanto, que pasarían años antes de que pudieran conseguirla: elevar a Álvarez al cargo de secretario general de la UGT de toda España. Finalmente, como es público, acabaron por salirse con la suya. La militancia, ajena a todas esas conspiraciones torrezneras, siguió creyendo que militaba en una central que tenía como objetivo la defensa de los trabajadores, sin preocuparse para nada ni de banderas ni de nacionalismos. Craso error. El mismo que cometieron los que pensaban que escándalos como la PSV, las mariscadas, los ERES o los sobornos eran inventos de una derechona que solamente pretendía erosionar al sindicato.

No pocos de los militantes veteranos arrugaban la nariz ante esto, igual que con la archifamosa “unidad de acción sindical” que encadenaba a la UGT con CCOO, su eterna rival. La pinza entre comunistas y separatistas dio frutos que, con los años, han llevado a la organización fundada por Pablo Iglesias, por cierto, en Barcelona, a apoyar una manifestación en favor de los golpistas separatistas.

“Los compañeros y compañeras ya no pueden seguir callados ante esta barbaridad”, decía mi amigo ugetista. “Algunos hemos estado en la cárcel, hemos padecido amenazas por parte de los patronos, hemos soportado todo sin habernos llevado ni un duro para que ahora nos salgan con que apoyamos a los señoritos, a los amigos de Pujol, de la patronal”. Y es que en la declaración conjunta que han firmado CCOO y UGT el pasado miércoles exigen que se renuncie al inmovilismo y al unilateralismo, con esa ambigüedad tan perniciosa que ponen siempre en sus declaraciones socialistas catalanes y podemitas. No se cortan, sin embargo, cuando hablan del abuso de la prisión preventiva o de la desproporcionada tipificación de los delitos de los imputados. Eso sí, intentan hacer una pirueta dialéctica al afirmar que no comparten ni el objetivo ni la estrategia de los independentistas. “Si fuese así, no irían a la manifestación – me decía el ugetista – porque están dando una credibilidad a esa gente que ni se merecen ni se han ganado”.

Que hay preocupación es evidente, porque hasta los portavoces de CCOO y la UGT, Montse Ros y Laura Pelay, lo reconocían en rueda de prensa intentando explicar por qué van. Intentaron meter en el mismo saco a los que se dan de baja por entender que los sindicatos se han vuelto demasiado independentistas junto a los que se van por creer que son unionistas. Saben que no es cierto. Los mismos dirigentes críticos lo afirman: “Una cosa es querer reformar las autonomías y otra muy distinta abocarnos a una secesión”.

Hay una tristeza dolorosa entre la vieja guardia ugetista – y entre la de comisiones, ya puestos – al ver a donde los ha llevado la política sonriente y amable con el nacionalismo. Claro está que la Generalitat subvenciona generosamente a ambas centrales, cosa que ya debería haber puesto la mosca tras la oreja a estas gentes hace muchos años. Nadie paga para que le ataquen. Mi buen amigo lo sintetizaba con estas duras, amargas y lúcidas palabras “Esto ha acabado por ser el sindicato vertical, donde empresarios, trabajadores y el estado estaban juntos para dar idea de libertad, acabando por mandar los de siempre”.

Claro, viejo amigo, en Cataluña siempre mandan los mismos, especialmente cuando los encargados de evitarlo no se ocupan más que de ver si les han ingresado el talón.



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