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Juan José Laborda

Opinión

Trump contra la globalización ‘humanista’

La reelección de Trump pondría en grave riesgo el espíritu de no confrontación inspirado por la mayoría de dirigentes políticos que gestionaron el mundo tras la Segunda Guerra Mundial

El presidente de los Estados Unidos Donald J. Trump
El presidente de los Estados Unidos Donald J. Trump EFE

Donald Trump, Vladimir Putin, Jair Bolsonaro, Mateo Salvini, Viktor Orbán, Benjamín Netanyahu, Boris Johnson o Carles Puigdemont, y un considerable etcétera de tipos parecidos, aparecen ocupando los noticiarios de este mundo globalizado. Son las estrellas rutilantes de la política, pero que nadie aceptaría como vecinos de nuestros hogares, y mucho menos si tuviésemos que compartir con ellos un fin de semana lluvioso en una casa rural.

Los tipos precedentes poseen, en esta fase de la globalización, algo parecido  a la doble personalidad o la personalidad esquizofrénica, en el sentido de que la mayor parte de sus partidarios están seguros de que a su supuesto líder no le confiarían a sus hijos de ninguna manera, y en cualquier circunstancia.

Cuando la actual globalización empezó a desarrollarse, hace más de cuarenta años, los tipos con proyección mundial eran Gerald Ford, presidente de Estados Unidos, Leónidas Brézhnev, jefe de la URSS, Helmut Schmidt, canciller de la Alemania Occidental, Harold Wilson, primer ministro del Reino Unido, Valéry Giscard d´Estaing, presidente de Francia, Pierre Trudeau, primer ministro de Canadá, Aldo Moro, presidente del gobierno de Italia, Olof Palme, primer ministro de Suecia, Bruno Kreisky, canciller de Austria, Anker Jorgensen, primer ministro de Noruega, y un etcétera del mismo tenor. Salvo en el caso de Brézhnev, con los demás nos iríamos de fin de semana, y les confiaríamos nuestros niños, o el perro.

Estos nombres no son una aleatoria selección. Todos ellos fueron firmantes del Acta Única de Helsinki (1º de agosto de 1975), el tratado que puso fin a la Guerra Fría, y que marca lo que podríamos llamar la primera globalización, o la “globalización limitada” (pues el Acta se basaba en el desarme y cooperación  entre los dos bloques ideológicos mundiales, la democracia representativa capitalista y la democracia real comunista). El Acta Única abre también una época caracterizada por la búsqueda de acuerdos nacionales e internacionales, a pesar de la difícil coyuntura económica (primera gran crisis del petróleo), y que Estados Unidos acababa de perder la guerra del Vietnam.

Los líderes que sellaron el fin de la Guerra Fría, a diferencia de los actuales, resolvieron los inmensos problemas de aquellos años buscando acuerdos de alcance más allá de sus intereses

Sin embargo, aquellos líderes, a diferencia de los actuales, resolvieron los inmensos problemas de esos años buscando acuerdos de alcance más allá de sus intereses internos o nacionales. ¿Consecuencia de esa actitud? Al apostar por la política de afirmación de los “Derechos Humanos” (que fue la conquista esencial del Acta Única), el legado de aquellos líderes (y del  documento de Helsinki, resultado de la Conferencia de Seguridad y Cooperación de Europa, y que después  tuvo su sede  en Madrid entre 1978 y 1983), se produjeron cambios tan importantes que el comunismo entró en crisis total en la URSS y en Europa, sin que se produjera la hecatombe que los partidarios de no perder el tiempo negociando profetizaban por entonces.

La globalización limitada duró hasta 1989, cuando cayó en muro de Berlín y la URSS se desmoronó (nuestra Constitución de 1978 es criatura de esa fase histórica). Después, la sustituyó la “globalización sin política”, una etapa caracterizada porque se propaló la idea de que el capitalismo alumbraría solo una sociedad libre y democrática, idea que fue desmentida abruptamente por la crisis de 2008. A partir de la crisis de 2008, y hasta ahora mismo, estamos en (o sufrimos) la globalización detenida, una época que definen muy bien los tipos humanos que representan Trump, Putin, Bolsonaro, Salvini, Orbán y demás ejemplares de estos días, como nuestros castizos independentistas, partidarios todos ellos de fronteras para expulsar a los que no piensan como ellos.

Si después de aguantar el tipo en las elecciones parciales de esta semana Trump consiguiera ser reelegido, muy posiblemente el mundo que recibimos de los que construyeron el orden mundial tras la Segunda Guerra Mundial se derrumbará, y eso supone que la ONU, la OTAN, incluso la Unión Europea entrarán en definitiva crisis.

Hay alguna posibilidad de que logremos corregir el mal rumbo de nuestro destino actual. Contra todo lo que suele decirse de España, nuestro país está en mejores condiciones, en comparación con  otras democracias,  de ofrecer una alternativa que podíamos definir la globalización humanista. Mi esperanza surge de haber visto y escuchado lo que propone una monja católica, Montserrat del Pozo, directora de un colegio de Barcelona. Recomiendo que entren en la red y la descubran. Esa mujer, miembro de una pequeña congregación de religiosas, está aplicando los métodos educativos de Howard Gardner (USA, 1943), premio Príncipe de Asturias de 2011, y de Martin Seligman (USA, 1942), un psicólogo estudioso de la felicidad. Montserrat del Pozo, al extraer las consecuencias de las ideas de Gardner y Seligman, quizá está avizorando una distinta y mejor globalización, basada en que todos los seres humanos son igualmente inteligentes moralmente. De eso hablaré en otra columna. 



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