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Jorge Vilches

Opinión

Truco y trato de Ciudadanos

La escenificación del auge y caída del pacto de investidura de Cs con los socialistas andaluces se descubre forzada por las elecciones inmediatas. Es oportunismo, muy legítimo, pero poco creíble

Albert Rivera y Juan Marín.
Albert Rivera y Juan Marín. EFE

La escenografía de Ciudadanos transmite la sensación de que si las elecciones en Andalucía no estuvieran a la vuelta de la esquina, ya sean o no adelantadas, no romperían con los socialistas de Susana Díaz. El motivo es que los estrategas de Rivera siguen un esquema fijo de toma del poder, legítimo pero demasiado visible y rígido, lo que les resta credibilidad.

La relación que Cs mantiene con los gobiernos del PP y del PSOE, ya sean nacionales, autonómicos o locales, tiene dos ejes. Por un lado, los diputados de Ciudadanos se ofrecen a ser el apoyo para la formación de gobierno porque, dicen, les guía la weberiana ética de la responsabilidad. Es entonces cuando echan mano de dos recursos discursivos básicos: la gobernabilidad y el “bien de los españoles”. ¿A quién le puede parecer mal esto? Es más: ¿alguien diría lo contrario?

Esa pose ética permitió a los de Rivera firmar un acuerdo con Pedro Sánchez en 2016 y, poco después, otro con Rajoy. Que nadie se engañe: si el primero, el del PSOE, hubiera salido adelante, lo habrían derribado ahora alegando lo mismo que argumentaron para derribar al del PP, la corrupción.

Los pactos de investidura firmados en Madrid o Andalucía permiten a Cs apropiarse de todas las decisiones gubernamentales que les benefician, esquivando los errores

Esos “pactos de investidura” que firmaron en Madrid o en Andalucía, por ejemplo, renuncian a la verdadera responsabilidad: el ejercicio del poder. Esto permite a Cs apropiarse de todas las decisiones gubernamentales que les beneficien y ninguno de sus errores, al tiempo que mantienen una posición retórica inmaculada. Este es el segundo eje de su acción política: un trato con truco. Por eso, en el resto de cuestiones parlamentarias los diputados de Cs prefieren abstenerse o votar con la oposición.

El siguiente paso táctico es la ruptura del Gobierno, sea el que sea. El motivo es siempre el mismo, justo aquel que les confiere identidad y que cierra el ciclo iniciado con el pacto de investidura. La explicación es de este tenor: a pesar de su empeño no hubo la regeneración suficiente porque el “PPSOE” se resiste a cambiar y, además, su socio es corrupto. La rentabilidad de este esquema parece asegurada: ética, virtud y gobernabilidad para sacar beneficio de los aciertos y luego denunciar al aliado para eludir los fallos y justificar las carencias.

Este esquema básico se quedaría cojo si no se hiciera acompañar de un discurso emocional con ropaje racional. Los dos ejes positivos son la regeneración y el patriotismo, y los dos negativos el “malvado” bipartidismo y el nacionalismo catalán. Rivera y los suyos han explotado hasta el infinito y más allá la cuestión regeneracionista, por lo que ha perdido tirón electoral. El tiempo juega en contra del predicador de circunstancias, como ya les ha pasado a los podemitas.

No es factible atrincherarse para siempre en el mismo concepto universal y que la gente no se canse, ridiculice y deje de escuchar. Es lo que ha tenido siempre la “nueva política”, que se convierte en vieja muy pronto. En esto sí tenía razón Pablo Iglesias cuando decía que su partido era una pistola de una sola bala; es decir, que debían llegar al poder a la primera porque la acción de gobierno rompe la magia de la demagogia.

Sorprenden ahora en Andalucía los remilgos de virtud, desatados en vísperas electorales, ante una corrupción tan ramificada y asumida que era algo más que evidente

El alegato regeneracionista necesita culpables, y Cs los encuentra en el bipartidismo. No importa que en España haya sido casi siempre un bipartidismo imperfecto, esto es, que haya necesitado y encontrado el apoyo de otros grupos parlamentarios para la investidura y la aprobación de leyes. Lanzado el concepto, lo utilizan para todo, incluso para criticar la gestión de la socialista Susana Díaz y justificar la ruptura del pacto de investidura en Andalucía.

Tampoco importa que esa denuncia del bipartidismo no se combata con una aplicación verdadera de la responsabilidad, apuntalando los gobiernos y asumiendo sus consecuencias. Es la ética weberiana, sí. Por eso Cs quedó tocado con la moción de censura. Habían aplicado su esquema de toma del poder de forma matemática: apoyo sin mancha, denuncia constante del socio, apropiación de lo positivo, y separación digna del “corrupto” para forzar elecciones. Era tentador hacerlo, a pesar del riesgo, porque las encuestas les daban ganadores. ¿Cómo no hacerlo? Eso mismo pensaron sus adversarios.

El esquema lo van a repetir en Andalucía. Rasgadas ya las vestiduras de la dignidad regeneracionista y virtuosa, los de Albert han empezado a escenificar la ruptura. Da igual que carezca de lógica la pretensión de regenerar “urgentemente” esa región con el mismo partido que ha gobernado durante cuarenta años. Como también sorprenden los remilgos de virtud, desatados en vísperas electorales, ante una corrupción casi general, ramificada, enraizada y asumida, que era algo más que evidente.

Por esto, la escenificación del auge y caída del pacto de investidura de Cs con los socialistas andaluces se descubre forzada por las elecciones inmediatas. Es oportunismo, muy legítimo, pero poco creíble.



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