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Carlos Gorostiza

Opinión

¿Transparencia o nudismo?

La exhibición de transparencia actual no sirve para ganar credibilidad, sencillamente porque nadie se cree lo que no está dispuesto a creer

Sesión plenaria en el Congreso de los Diputados.
Sesión plenaria en el Congreso de los Diputados. EFE

Convertir en una noticia extraordinaria que se hagan públicos los ingresos y patrimonios de los políticos y altos cargos no sirve a la transparencia sino que, en realidad, solo alimenta la sospecha pública de su indignidad.

En la web del Congreso, exactamente a tres clics, se tiene acceso a la declaración de actividades, bienes y rentas de cualquier diputado; está antes que el propio email. Sin embargo, es común en redes y webs, que internautas con ratones reventados por el uso sigan exigiendo que nuestros cargos públicos dejen de ocultar sus datos. Tres clics, insisto.

El primer error de hacer ver que es excepcional lo que en realidad es una norma muy extendida, es que se alimenta la ignorancia acerca de los sistemas de control que existen desde hace mucho tiempo y que funcionan. Los servicios jurídicos de las instituciones públicas tienen depositadas declaraciones de miles de cargos públicos por si alguna vez una investigación judicial los necesitase. Pero esto se ignora o no se dice, porque nadie quiere enfrentarse a la popular y confortable marea de la sospecha.

Hay registros de bienes de miles de cargos públicos, algo que se ignora porque es mucho más confortable sumarse a la marea de la sospecha

Tengo un amigo, alcalde de un municipio vasco, que buzoneó todo el pueblo con su nómina (pagando las fotocopias de su bolsillo, claro). No sirvió de nada, quienes le reprochaban su falso sueldazo no se convencieron, quienes sospechaban, mantuvieron sus sospechas, pero, eso sí, fue la comidilla local durante algunas semanas. Eso fue todo. Y eso sigue siendo todo. No la transparencia sino el cotilleo.

Cotilleo el de aquella villa del Nervión, idéntico al que estos días se ha trasladado a los medios. Porque por mucho que se hagan gráficos y comparaciones, salvo que se sepa que hay un lucro ilegítimo detrás (y entonces hay que decirlo), sigue sin ser noticia que un político tenga más o menos dinero que otro. El paparazzismo económico no se diferencia en nada del original.

El gran secreto recién desvelado que ha removido los cimientos de la política española era que los políticos de derechas tienen (en general, pero no siempre) más dinero y propiedades que los de izquierdas. ¿Quién iba a decir que los políticos, de derechas o de izquierdas, procedentes de familias adineradas tienen más riqueza que los hijos de otras más modestas? ¡Asombroso!

Hay más: decepcionados, hemos descubierto también que la mayor parte de las personas que ocupan cargos viven básica o exclusivamente de su sueldo, que tienen hipotecas y que heredan bienes que comparten con otros familiares (parte de cuyo patrimonio también se hace indirectamente público, por cierto).

La decepción de que, una vez montada la pira, no podamos empujar a ningún político a la hoguera resulta inadmisible

Y en esa normalidad reside el segundo gran error. Esta transparencia no sirve para ganar ninguna credibilidad, sencillamente porque nadie se cree lo que no está dispuesto a creer. La decepción de que, una vez montada la pira, no podamos llevarnos a nadie a la hoguera resulta inadmisible. Así que, con los datos en la mano, el juicio popular inapelable vuelve a ser el de siempre: que el que tenga mucho, lo habrá obtenido -seguro- torticeramente y el que tenga poco, o miente o, peor aún, es un “pringao”.

Otro error más: quienes se hartan de exigir los más altos profesionales para la política; personas con experiencia abrumadora, demostrada capacidad, impecables carreras formativas e inmaculadísimas trayectorias desde la guardería, que sepan que la exigencia de nudismo público que, de tanto en tanto, se les exigirá a tales mirlos blancos, podría disuadirlos ante el pavor a que haya alguna mancha en su níveo plumaje, y nos tendremos que conformar, al fin, con más o menos lo que tenemos.

Porque lo que es seguro es que el ciclo volverá dentro de un tiempo, no mucho. Todo esto se habrá olvidado entonces; el Registro Mercantil, el de la Propiedad y la CNMV seguirán ahí sin que, como ahora, ningún justiciero se moleste en comprobar sus datos públicos, hasta que retome fuerza de nuevo la idea de que los políticos ocultan sus bienes. Y entonces, alguien volverá a sacar una norma de transparencia como la de ahora, que acabe de nuevo con el oscurantismo y la ocultación que se camuflan detrás de tres o cuatro intolerables clics.



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