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Miquel Giménez

Opinión

Torra está deprimido y solo

Quim Torra
Quim Torra EFE

No es extraño. El President no consulta a nadie sus decisiones, salvo a un reducido grupo. Propone ultimátums, convoca reuniones, declina entrevistas, pero va por libre. Y eso, a estas alturas, ha creado una desconfianza tal en el separatismo que ya se habla de otro candidato de cara a unos próximos comicios autonómicos.

El President no quiere hacer el ridículo

El órdago que Quim Torra le lanzó a Pedro Sánchez el otro día diciéndole que, o resolvía lo del referéndum en un mes o no apoyaría los presupuestos, se ha acabado por volverse en su contra. Nadie en Esquerra tenía conocimiento de tamaño brindis al sol tan extraño. Estúpido, nos decía un parlamentario separatista yendo más lejos en la adjetivación. Torra sabe que el presidente del gobierno ni quiere ni puede ni sabe desenmarañar en treinta días lo que lleva más de un siglo sin poderse resolver, esto es, el problema del nacionalismo y su incardinación en España.

Cambó, el heredero de aquellos negreros y comisionistas catalanes que, independizadas Cuba, Filipinas y Puerto Rico clamaron al gobierno español para que les otorgase jugosos privilegios comerciales y ventajas que les resarcieran de la pérdida de las colonias, inauguró el llamado “problema catalán”. Porque el meollo del asunto es ese. No es algo “cultural”, como pretenden los blanqueadores del separatismo, al contrario, es un asunto económico y no estamos hablando de las falaces balanzas fiscales. De lo que siempre se ha tratado es de consolidar a las élites catalanas por encima del resto de los españoles.

Pero Torra, que se ha puesto el disfraz de un Bismarck de guardarropía, no quiere oír ni hablar de números ni del corredor mediterráneo ni de traspasos. Su vicepresidente, Pere Aragonés, sí que quiere, pero el President no le hace ni puñetero caso. Lo mismo que sucedió entre Puigdemont y Junqueras. Y es que lo que vivimos actualmente no es más que el estallido del divorcio entre Esquerra y el PDECAT. Sergi Sabrià, portavoz de los republicanos en el Parlament, apenas podía disimular el monumental cabreo que tenía cuando se enteró del ultimátum en vivo y en directo. Rufián le advertía a Torra desde los madriles que los ultimátums los carga el diablo. Ahora bien, Esquerra no fue la única en experimentar esa sensación de tomadura de pelo, porque muchos de los compañeros de Torra en el PDECAT tampoco sabían nada.

Y es que a Torra se le ha quedada estrecha la autonomía, la constitución, el parlament, su socio de gobierno e incluso su propio partido. Diríamos que incluso le aprietan las sisas de la historia. Eso sienta muy mal entre propios y extraños. Que Inés Arrimadas le eche en cara que se comporte más como un hooligan de los CDR que como President de todos los catalanes es normal, pero que ese reproche aparezca en las conversaciones de pasillo de diputados del PDECAT es otro cantar. En la neoconvergencia la estrella del antiguo editor está en franco declive, incluso se habla de proponer otro nombre de cara a unas elecciones autonómicas anticipadas que todos dan por inevitables. Torra intentará aguantar hasta el último minuto, esperando alargar su mandato hasta los juicios a los separatistas presos para organizar un buen espectáculo separatista, para así ir estirando la cuerda hasta las municipales.

Que lo consiga es más que dudoso. De entrada, su gobierno empieza a dividirse a pasos agigantados. Por un lado, están los que, con Aragonés al frente, optan decididamente por el aggiornamento de Junqueras. Cabe señalar que en este grupo no figuran solamente Consellers de Esquerra, sino también del PDECAT. Por el otro, hay un grupo resistente que está decidido a llegar hasta el final. Pero ¿qué final es ése? ¿Volver a proclamar la república para que se produzca un nuevo 155? Los partidarios de Torra aseguran que Sánchez no se atreverá a hacerlo – recordemos que es potestad del gobierno de la nación – pero el dirigente socialista ha demostrado en más de una ocasión que está dispuesto a lo que sea con tal de mantenerse en La Moncloa.

Así las cosas, y viendo que no podrá aguantar mucho tiempo más diciendo una cosa en sus discursos y haciendo todo lo contrario en la práctica, Torra anda cabizbajo, incluso deprimido.

Su gran miedo: hacer el ridículo

Un hecho que simboliza lo que está pasando por la cabeza del actual President es su negativa a la BBC para que lo entrevisten. Algunos habían especulado con respecto a que Puigdemont quería para sí todo el protagonismo en el ámbito mediático internacional, pero no es cierto. Tras lo sucedido a raíz del intento de asalto al Parlament, Torra suspendió dicha entrevista. “No sé qué decir y no quiero hacer el ridículo”, afirmó. No estuvo solo en esa postura, curiosamente, porque ni Artadi ni Calvet ni Rius aceptaron la patata caliente que les dejaba su jefe. No es lo mismo acudir a TV3 a hacerte el valiente y mentir como un cosaco sin que nadie te replique que ponerte frente a periodistas de verdad en una cadena pública seria, rigurosa y profesional.

Ahora, lo sustancial es el desánimo que reina en los despachos de Palau. Con un Torra que vaga mohíno desde este fin de semana – “Si hasta los CDR me insultan lo mejor es que me vaya a casa” le confiaba a un buen amigo suyo y mío – ha creído que lo mejor era sacar pecho en el Parlament, y de ahí su bravuconada chantajista a Sánchez. Pero el tiro le ha salido por la culata ya que, lejos de salir reforzado, su posición al frente del ejecutivo catalán se ha debilitado más.

Replicaba Torra a un parlamentario de las CUP, que dudaba acerca de sus intenciones de hacer república, que él estaba ahí para eso y que si veía que no era posible se marcharía a su casa. En su propia bancada, la del PDECAT, ojo, no la de Ciudadanos o el PSC o el PP, se escuchó una voz que no se supo de donde provenía que dijo “Pues nada, a casa”.

Mal asunto cuando son tus correligionarios los que empiezan a contar chistes a tu costa, a reírse de ti, a no tomarte en serio. Torra podrá haberse divertido mucho, junto a Aragonés, no lo perdamos de vista, cuando Arrimadas ha exhibido una bandera española en la sesión, o poner una cómica expresión de asombro al escuchar a Miquel Iceta dirigirse a la líder de Ciudadanos en español. Por cierto, cosa insólita porque el primer secretario de los socialistas catalanes jamás había empleado la lengua común de todos en el hemiciclo. Sigamos. Torra podrá mirar con desprecio a Albiol cuando este interviene, podrá hacer el pino en una silla, si así lo prefiere, pero su soledad es cada minuto que pasa más evidente.

Según nos dicen, se habría empezado a gestar el principio del fin de Torra, de Puigdemont y de la quimera del oro que han vivido los separatistas

Tal es su aislamiento, su bunquerización, su total aislamiento de la realidad, que hemos visto a Elsa Artadi hablar muy bajito por teléfono y salir escopeteada hacia cierta reunión en la que, según nos dicen, se habría empezado a gestar el principio del fin de Torra, de Puigdemont y de la quimera del oro que han vivido los separatistas. Si esos Idus de Marzo – ¿Tú también, Elsa? – tendrán carácter interno o se les sumará Esquerra está por verse, pero no sería extraño que desde su celda fuese Junqueras quien estuviese dirigiendo la trama. Que el preso odia a Puigdemont de todo corazón es más que demostrable; que tiene a Torra como a un perturbado, también.

Como sea que Quim es persona leída, uno le recomendaría, por si acaso, una lectura para estos días: la última novela que conforma el ciclo de los Episodios Nacionales, del gran Galdós, titulada “La de los tristes destinos”. En ella el magistral novelista narra la caída y posterior exilio de Isabel II. Marcha la Reina con su familia a Francia, dejando atrás un reino convulso, arruinado, y, según el cervantista Casalduero en su comentario acerca del libro, “Caracterizado por la frivolidad y el capricho, por las supersticiones y la inmoralidad, por la ignorancia, el egoísmo y la crueldad”.

Creo que le hará falta, President.



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