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Enrique Feás

Opinión

Theresa May en su laberinto

La primera ministra británica se encuentra perdida en el sueño del Brexit, buscando algo que no existe: un Brexit blando con capacidad normativa, pero sin fronteras

Theresa May, primera ministra de Reino Unido
Theresa May, primera ministra de Reino Unido Efe.

“Yo me he perdido en un sueño buscando algo que no existe”. En su novela El general en su laberinto, Gabriel García Márquez pone en boca de Simón Bolívar las palabras de desconsuelo de un libertador agotado, enfermo e incomprendido, que espera ansioso su nuevo pasaporte para volver a Europa.

Del mismo modo, la primera ministra británica se encuentra perdida en el sueño del Brexit, buscando algo que no existe: un Brexit blando con capacidad normativa, pero sin fronteras. Se veía a sí misma como la libertadora de un Reino Unido al que ayudaría a desembarazarse del yugo de la Unión Europea y “recuperar el control”. Pero ahora se encuentra cansada, agotada de pelearse con su partido y sintiéndose despreciada por los líderes europeos tras la cumbre informal de Salzburgo. Ya no sabe adónde ir. Esperaba con ansia que el nuevo pasaporte azul británico –por cierto, fabricado en Francia– supusiera el inicio de una nueva relación con Europa. Pero al final, rodeada de enemigos como Boris Johnson y David Davies en una conspiración septembrina que en cualquier momento podría acabar con su muerte política, se enroca en su posición maximalista: “O sale adelante mi acuerdo –refiriéndose al Plan de Chequers– o no habrá ningún tipo de acuerdo”. El problema es que la teoría de juegos nos enseña que una amenaza no creíble no suele funcionar. Y lo cierto es que las posibles salidas del laberinto del Brexit son hoy tan complicadas como difusas.

Por un lado, el Brexit blando recogido en el Plan de Chequers nunca ha sido –pese a las ilusiones de May– una opción viable. No es una cuestión de falta de flexibilidad por parte de la Unión Europea, sino puramente técnica. El plan de May pretendía que los bienes circulasen libremente entre el Reino Unido y la Unión Europea, sin fronteras, pero manteniendo los ingleses su capacidad regulatoria y arancelaria. Pero eso no es posible: un mercado sin fronteras es incompatible con la existencia de un país que impone sus propias normas, ya que, si estas permitieran una regulación más flexible o aranceles más bajos, todo el comercio se desviaría a ese país para luego redirigirse libremente a otros. El régimen comercial que implica ausencia de fronteras existe desde hace décadas, se denomina unión aduanera, y exige un arancel común y armonización de regulaciones. May puede llamarlo de otra manera, si quiere, pero es la única forma práctica de evitar una frontera que separe las dos Irlandas.

Ni los ‘tories’ más recalcitrantes contemplan como posibilidad un Brexit duro, sin acuerdo. No se descarta ampliar la fecha límite

Por otro lado, un Brexit duro, sin acuerdo, es un desastre económico de tal magnitud que ni los tories más recalcitrantes lo contemplan como posibilidad. Salirse de la Unión Europea va a ser siempre muy costoso para el Reino Unido, pero entre los males siempre hay grados: un acuerdo de libre comercio estándar tendría costes de ajuste, pero el Reino Unido podría sobrevivir, fundamentalmente porque los operadores saben lo que implican los acuerdos de este tipo. Hay costes, pero no incertidumbre. Por supuesto, el sector financiero se resentiría, algunas empresas se irían y habría problemas, pero con el tiempo todo se reajustaría. Ahora bien, un Brexit sin acuerdo, como han advertido ya todos los organismos internacionales, tendría objetivamente unos costes económicos inasumibles para una economía como la británica: ruptura de cadenas de producción, pánico y fuga de empresas. En este sentido, no hay que descartar que se intente una posposición de la fecha límite, ante la inminencia de un Brexit sin acuerdo que nadie –ni la Unión Europea– desea. La fama de pragmáticos de los ingleses hace tiempo que se ha diluido y ha sido sustituida por una peligrosa tendencia a dar patadas hacia adelante.

No a cualquier precio

Descartada la opción de May y descartado un Brexit radical, solo queda adoptar un Brexit blando que rompa alguna de las líneas rojas establecidas por el gobierno británico, asumiendo una unión aduanera con la Unión Europea (algo que rechazaba expresamente el Plan de Chequers, por suponer una renuncia a la autonomía arancelaria y regulatoria) o modulando el control de la inmigración. Como ambas implicarían que el gobierno británico no sería capaz de “cumplir el Brexit”, una posible salida sería celebrar un segundo referéndum, para el cual ya no solo se contaría con el apoyo popular, sino también con el del partido laborista: Corbyn, por fin, acaba de abandonar su papel de violinista del Titanic y ha anunciado que estaría dispuesto a apoyarlo, si así lo acuerdo su partido –aunque prefiere nuevas elecciones–. El problema es que un nuevo referéndum requeriría un tiempo que ya no hay, y además sería inaceptable para los tories antieuropeos más radicales. Y en cierta medida tendrían razón, porque el error fue siempre convocar un primer referéndum cuando aún no se tenía ni la más remota idea de las condiciones de salida, y con una población dividida. Los referendos, ya se sabe, los carga el diablo. Pero, una vez celebrado, asumir que hay que repetirlo supondría el inicio del cuento de nunca acabar: ¿sería el último, o podría repetirse al cabo de un tiempo? Si saliera que no, pero los defensores del Brexit exigieran un nuevo referéndum al cabo de dos años, ¿habría argumentos para negárselo? Así pues, una vez cometido el error del referéndum, si al final se opta por dar marcha atrás en el Brexit (el “Breturn”) es mejor buscar una solución alternativa más efectiva.

Sería hora de que los laboristas asumieran de una vez por todas la bandera europeísta y, con ella, los deseos de la mitad de la población

Una posibilidad es que el gobierno de May termine aceptando un acuerdo de Brexit blando con la Unión Europea –en alguna de sus formas estándar, quizás con otro nombre para que parezca un acuerdo ad-hoc– que no satisfaga a nadie y que sea rechazado, bien por el Parlamento británico (que tiene poderes para hacerlo) o por el propio pueblo británico en un referéndum propuesto por el Gobierno. Este referéndum de ratificación sería distinto del segundo referéndum del que se habla estos días, pues ya no sería sobre la decisión de salir o no salir, sino sobre la aceptación o no de unas condiciones de salida acordadas por el Gobierno. A diferencia del rechazo por parte del Parlamento –que podría dar lugar a innumerables reintentos extenuantes– una consulta a los británicos sobre un mal acuerdo asumido por el Gobierno quizás podría ser la forma más expeditiva e indolora de terminar con la pesadilla del Brexit. Equivaldría a aceptar que los ingleses querían abandonar la Unión Europea, pero no a cualquier precio, y asumir que los costes de salida no compensan las ventajas de una escasa autonomía adicional.

Claro que el asunto no es tan sencillo: en cuanto el partido tory percibiera las intenciones de la primera ministra de consultar de alguna forma a los británicos, es muy probable que intentasen derrocarla para poner al frente del gobierno a un partidario radical del Brexit, o que forzasen una convocatoria electoral. En ese caso, siempre cabría la posibilidad de que el partido laborista asumiera de una vez por todas la bandera europeísta y, con ella, los deseos de la mitad de la población y los intereses de todos los trabajadores.

Simón Bolívar acabó recibiendo el pasaporte que tanto anhelaba, pero nunca pudo volver a Europa. Enfermo de tuberculosis, sin fuerzas para iniciar ese último viaje, moriría seis meses después. En el caso de May, es muy probable que unas nuevas elecciones, su propio partido u otro referéndum den al traste con su mandato, y aunque reciba finalmente el pasaporte azul, cada vez parece más difícil que pueda estrenarlo como primera ministra en los seis meses que quedan hasta el inicio formal del Brexit. Porque al sueño del Brexit aprobado en referéndum le ha ocurrido lo mismo que al del libertador americano: en palabras de García Márquez, “empezó a desbaratarse en pedazos el mismo día en que se culminó”.



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