Editorialvozpopuli autores
Editorial

Opinión

Suprema gravedad

El mandato de Carlos Lesmes concluye el próximo 5 de diciembre, pero debería irse ya. El Supremo que heredó tenía sus deficiencias. El que deja está herido de gravedad

El presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Lesmes.
El presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Lesmes. EFE

El penoso episodio protagonizado en estos días por altos responsables de la cúpula judicial a raíz del conocimiento y posterior suspensión de la sentencia que determina, en contra de la jurisprudencia hasta ese momento conocida, que debe ser la banca quien abone el impuesto de actos jurídicos documentados referido a las hipotecas, ha ocasionado un deterioro de la imagen de la Justicia española que tardaremos mucho tiempo en reparar. Entre otras razones porque los principales adversarios del actual modelo de democracia constitucional, desde los secesionistas catalanes a los más conspicuos defensores del populismo, a derecha y a izquierda, se van a encargar de recordarnos a diario -y de recordárselo a nuestros vecinos europeos- la enorme chapuza perpetrada por quienes en mayor medida deben preservar la certidumbre y solvencia del sistema.

Esperaremos con obligada paciencia a que el Pleno de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo defina el próximo 5 de noviembre los extremos de una sentencia insólita en la forma y discutible en el fondo, pero de indudable repercusión social y, de confirmarse su retroactividad, también económica. Será entonces cuando habrá que pronunciarse sobre los aspectos técnico-jurídicos y los potenciales efectos de su ejecución. Entretanto, lo que sin esperar a reunión alguna ya podemos y debemos poner de relieve, son los malos hábitos que se han ido asentando en los últimos años en el alto tribunal y que explican, en buena parte, que en el sancta sanctorum de la Justicia se haya producido una situación tan estrambótica y perniciosa como ésta, a la que todos los ciudadanos asistimos con asombro y perplejidad.

El sistema de cuotas para elegir magistrados, asumido por Lesmes, está en la raíz de casi todos los males que hoy acechan el prestigio del Supremo

Y es que bajo la presidencia de Carlos Lesmes han sido demasiadas las ocasiones en las que la meritocracia y la experiencia de los aspirantes no han sido los ejes en los que se ha apoyado el proceso de selección de los nuevos miembros del Supremo o las decisiones sobre los ascensos. Hay casos sobrados que ilustran con meridiana claridad la aplicación, desde el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) -que también preside Lesmes-, del sistema de cuotas a la hora de elegir nuevos magistrados o cubrir vacantes, situando en puestos de enorme responsabilidad a personajes de segunda fila y desplazando a otros postulantes mucho más cualificados. A este proceso de ocupación del poder, ejecutado con milimétrica precisión partidaria por Lesmes, se vienen prestando desde tiempos inmemoriales, y siguen prestándose, PP y PSOE, cuyos representantes de mayor tradición guardan un clamoroso silencio para así no poner en riesgo sus cómodos y bien retribuidos puestos en la Comisión Permanente del Consejo.

Esta política desacreditadora de la Justicia, subsidiaria del peor bipartidismo, ha sido además sostenida en estos cinco últimos años por una estrategia de comunicación, tanto interna como externa, ocultista y saboteadora de las exigencias legales de transparencia. No es esta una cuestión menor, por cuanto la comunicación diseñada por el presidente del Tribunal Supremo y el CGPJ, y sus colaboradores más cercanos, fijó como prioridad el control de la información, objetivo al que ha destinado no pocos medios, en lugar de conceder la máxima atención y los mayores esfuerzos a dar inmediata, cumplida y argumentada respuesta a cada una de las gravísimas acusaciones de parcialidad esparcidas desde la maquinaria propagandística del independentismo y a las dudas que sobre el respeto a las garantías de los acusados han planteado los tribunales belgas y alemanes.

El mandato de Carlos Lesmes concluye el próximo 5 de diciembre, pero debería irse ya. El Supremo que heredó tenía sus deficiencias. El que deja está herido de gravedad. El proceso de saneamiento va a ser lento y complejo, y cuanto antes se ponga en marcha mejor para todos. Lesmes debiera dimitir hoy mismo. En estos cinco años, sería su único gesto sublime en defensa de una institución esencial para la salud de la democracia cuyo prestigio no ha sabido proteger.

Últimas noticias

Recibe cada mañana nuestra selección informativa

Acepto la política de privacidad


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba