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Karina Sainz Borgo

Opinión

Santiago Abascal y las tres Españas

En tiempos de patinete, el líder de VOX va armado y subido a la grupa de la españolía que descabalgó al PSOE de su feudo histórico y tiene a los partidos políticos jugando al escondite inglés cada vez más escorados a la derecha del salón

Santiago Abascal, líder de Vox.
Santiago Abascal, líder de Vox.

De la cabalgata andaluza, Santiago Abascal sacó doce escaños y eso que no empuñó la Smith&Wenson para pegar tres tiros al aire. En la repartición del mundo entre los que tienen un revolver y los que cavan, el bilbaíno parece tener muy claro cuál es su bando, por eso lleva el arma al cinto desde sus años en el PP de Álava. Entonces lo hacía para defenderse de ETA, ahora para defender a sus hijos. O eso dice él. En tiempos de patinete, el líder de Vox va armado y subido a la grupa de la españolía que descabalgó al PSOE de su feudo histórico y tiene a los partidos políticos jugando al escondite inglés cada vez más escorados a la derecha del salón. Así andan Casado y Rivera: buscando la forma menos escandalosa de blanquear a Vox como posible socio para desalojar a Susana Díaz de la Junta.  

En la repartición del mundo entre los que tienen un revolver y los que cavan, el líder de Vox parece tener muy claro cuál es su bando

De tanto invocarlos, terminaron por aparecer. De tanto ver caverna y derecha por todos lados, terminó por irrumpir una versión bastante perfilada del mostrenco tipo del populismo conservador, gente a la que normalmente otros votan para que todo se vaya al carajo, esté o no el carajo en un extremo o el contrario. Tras el combate andaluz,  Santiago Abascal se pasea exhibiendo un cinturón si no del acero oxidado que llevó a Trump a La Casa Blanca, sí el del cuero campero de las romerías rocieras. Ya lo decía Raúl del Pozo esta semana en su columna en El Mundo: cuesta entender que una coalición de abstencionistas, arrepentidos, jornaleros de invernadero y toreros cabreados hayan tirado un régimen. Pero así ha sido, y con diestro incluido: porque hasta el mismísimo Morante de la Puebla fue casa por casa pidiendo su voto.

Santiago Abascal dio el do de pecho en Vistalegre este año, aunque ya viene dando de qué hablar desde 2014. Entonces como ahora llamó cobardona a la derecha, traidores a los socialistas, feminazis a las feministas y a los inmigrantes invasores. Para estar en contra de las Comunidades Autónomas, habría que decir que no siempre fue así. Con apenas 18 años, Abascal se afilió al PP. Tras pasar por distintos cargos en el comité provincial, el comité ejecutivo y la presidencia de Nuevas Generaciones, en 2005 ejerció de secretario de educación del partido en el País Vasco y como parlamentario autonómico hasta 2009. Su primer empleo fuera del PP lo obtuvo ya mayorcito, gracias a Esperanza Aguirre, que en 2010 lo fichó para la Agencia de Protección de Datos de la Comunidad primero y la Fundación para el Mecenazgo y Patrocinio Social después. Ganó más que el presidente de gobierno en esos años.

Manuel Chaves Nogales enunció la teoría de las tres Españas: gente que no quería formar parte ni ser cómplices de los disparates de ninguna de las otras dos...

Pero entonces llegó la crisis económica. Y así como hubo indignados de un lado, también los hubo del otro. El primer paso de Abascal para echarse al monte ocurrió en el año 2013. Acusó de acomplejado al PP y a Mariano Rajoy  de “traicionar los principios” de los populares, de censurar su política antiterrorista, de su inacción en la legislación abortista, así como de su falta de respuesta a los nacionalistas en Cataluña y País Vasco, además de la subida de impuestos. Un año después apareció Vox, un partido hecho con los disidentes Jaime Mayor Oreja, María San Gil y José Antonio Ortega Lara y Alejo Vidal-Quadras a las elecciones al Parlamento Europeo. Lejos estaban de ser el fenómeno electoral de hoy y las felicitaciones de Marie Le Pen no eran como las de ahora. Pero el tiempo, ya sabe lector, también escribe.

Hay algo pendular en la irrupción de Vox, un reverso siniestro de las obcecaciones guerra civilistas y revanchistas, ese caldo en el que cuecen los populismos de baja intensidad que terminan por subir el volumen. Mientras Pedro Sánchez se empeña en abrir Cuelgamuros para sacar al dictador, otra exhumación más lenta está a punto de consumarse. Manuel Chaves Nogales ya lo advirtió en su abocetamiento de la tercera España: gente que no quería formar parte ni ser cómplices de los disparates de ninguna de las otras dos. Lo pagó caro Chaves Nogales. Porque las otras dos Españas se lo cobraron con el exilio primero y el olvido después. Qué van a hacer ahora los que no pertenecen ni al bando del revólver cargado ni al de los que cavan, adónde van a los que ya no les compensa ir en diésel, pero tampoco están dispuestos a subirse al caballo.



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