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Jorge Vilches

Opinión

Sánchez, fin de fiesta

A Sánchez le han ganado el pulso populista. Ahora es un mero actor secundario

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en el Congreso
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en el Congreso Efe

Pedro Sánchez usó con tanta convicción el populismo para recuperar votos y absorber a Unidas Podemos, instalándose en la mentira como costumbre, que cuando intenta ahora tomar una pose institucional queda en ridículo. Por eso se le ve en sus aburridas homilías televisivas tartamudear nervioso, sobreactuar, alargar la perorata para tratar de crearse una imagen de estadista que hoy es imposible. No lo consigue ni censurando las preguntas de los periodistas.

El Presidente se sabe sobrepasado. Le ha derrotado la realidad, como a todo populista. Una crisis de esta envergadura hubiera necesitado un líder, y Sánchez no lo es. Se trata de un predicador populachero, acomodaticio, serpenteante, oportunista y mentiroso; uno de esos políticos buenos para las telenovelas, pero que no aguantan un asalto con la realidad.

La crisis hubiera precisado de un líder capaz de actuar al primer anuncio, cuando avisó la OMS; es decir, mucho antes del 8-M. La pandemia requería un jefe de Gobierno que no hubiera claudicado a partidos a los que no les interesa España sino el poder, como Unidas Podemos y los independentistas. Porque Iglesias se toma la crisis como una oportunidad para cambiar el régimen por la puerta de atrás, y Torra, su socio preferente, para ahondar en la estupidez con su “España nos contagia”.

Intentó centralizar la acción en un ministerio de Sanidad que ya no tiene estructura ni costumbre, incapaz de gestionar nada

Un estadista hubiera cogido las piezas de nuestro Estado de las Autonomías y las habría puesto a funcionar, permitiendo que los gobiernos regionales actuaran con celeridad y contundencia. Pero no, intentó centralizar la acción en un ministerio de Sanidad que ya no tiene estructura ni costumbre, incapaz de gestionar nada, y retrasó la adopción de medidas y la compra de material sanitario y medicamentos. No fue hasta el viernes 20 de marzo que, reculando, el Gobierno permitió a las autonomías iniciar sus compras.

Hasta más allá del 8-M este Presidente solo tenía pensadas cuatro cosas: la emergencia climática, la emergencia machista, la mesa bilateral con los golpistas y anular a la derecha dando un giro autoritario al régimen. Es decir: guerra de propaganda, cesión a los independentistas para aprobar sus “presupuestos progresistas” (que nos hubieran machado a impuestos y luego hundido), y moldear las instituciones a su semejanza para perpetuarse en el poder.

Negligencia y personalismo

Sánchez es un Erdogan de pacotilla. No ha sabido, por fortuna, convertir una democracia en una autocracia de adoración al líder. El Presidente creía que era capaz de trasladar a la población española el culto que él mismo tiene a su persona. Y no se trataba de eso, sino de gestionar, liderar y resolver. Todo lo ha hecho mal. Luego dirá, si es que sobrevive políticamente a su negligencia, que el maldito “bichito” ha impedido su maravilloso programa progresista.

Un fantasma se va extendiendo por Moncloa y no es el coronavirus. Un fantasma que se apropia de los engranajes del poder, de la agenda, del timming, y de la imagen, que hace la propaganda más destructora. Sí; ese fantasma es Pablo Iglesias. La pesadilla se ha hecho realidad. El comunista sabe manejarse mejor que nadie en crisis de este tipo. Adora el río revuelto y el ruido populista porque sabe que ese es justo su campo de juego. Es el lugar donde puede sacar el mayor rédito, y estando en el poder el orgasmo leninista está casi asegurado.

El atribulado Sánchez no sale adelante ahora ni con un vídeo corriendo con su perrita, ni con gafas de sol en un helicóptero sobrevolando los pueblos infectados, ni luciendo palmito en mítines con coreografía norcoreana. A Sánchez le han ganado el pulso populista. Ahora es un actor secundario. Sánchez está sobrepasado por el guion que en su día no quiso recitar, porque las noticias por el coronavirus las tuvo en enero, como dijo Pedro Duque, y las sabía Fernando Simón, que pertenece al consejo asesor del Centro Europeo para el Control y Prevención de Enfermedades.

Incluso la OMS le dijo al cariacontecido Sánchez que mejor no celebrara la performance del 8-M, pero él tuvo que mandar a Carmen Calvo, ahora infectada e ingresada en la sanidad privada; sí, privada. Claro que Pedro Sánchez podrá decir aquello de Felipe II: “Yo las mandé a luchar contra hombres y no contra los elementos".

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