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Félix Madero

Opinión

Dormidina para Sánchez

La única posibilidad razonable, si es que ahora la hay, sería siempre un acuerdo en el que Pedro Sánchez quedara fuera. Y eso no va a ocurrir de ninguna manera

Sánchez, en el comité ejecutivo federal
Sánchez, en el comité ejecutivo federal EFE

Dijo que con Podemos en el Gobierno él no podría dormir, y eso que estrenó colchón en La Moncloa hace unos meses. Contó que él no podía estar tranquilo con un partido que quiere un referéndum en Cataluña y una política económica que no cabe en la Unión Europea. Nos advirtió de los peligros del separatismo, y de que él iba a las elecciones para que se quedara fuera de las decisiones más importantes. Y mintió la noche del domingo cuando decía que fue la democracia la que nos llevó a elecciones, cuando hasta el más despistado sabe que fue él el primero pero no el único culpable. Dijo todo esto y más. Miente más que puede, y uno se pregunta si pudiera ser verdad que los que le rodean estén vacunados con ese modo de deformar y retorcer la realidad. ¿De verdad que toda esa mercancía averiada la pueden comprar cabezas como Borrell, García Paje o Fernández Vara?

Mintió con ganas, insistencia y vocación. Utilizó de forma artera el CIS -¿sigue al frente Tezanos?-, para alentar el voto socialista. Por lo bajo, muy por lo bajo, decía a los suyos que la jugada de adelantar elecciones era magistral porque los votos de Ciudadanos buscarían la sombra del PSOE, ahora más centrado y español (era un decir). Pero nada de lo que dijo ha resultado ser verdad.

¿De qué se reían Lastra y Narbona? No hay nadie en el PSOE que tenga el valor suficiente para reconocer que han ganado pero han perdido

Es un fraude como político y una calamidad como analista. Y por si todo esto fuera poco pierde tres escaños y le dejan de votar 728.000 españoles. Imaginen nueve estadios como el Bernabéu hasta la bandera, pues eso es lo que se ha ido. Si el PSOE fuera una empresa privada, lo que empiezo a creer dada la forma en que busca recursos para salvarse, Sánchez estaría en cuestión ante el consejo de Administración. ¿De qué se reía Adriana Lastra, qué aplaudía la señora Narbona la noche de los votos? Esa sonrisa obligada y ramplona los delata.

No hay alegría en la derrota. Y no hay nadie en el PSOE que tenga el valor suficiente para reconocer que han ganado, pero que han perdido; que son ellos los primeros culpables de darnos una España llena de interrogantes y complicaciones. Nadie que advierta ahí de los peligros de hacer un gobierno con el sustento de un partido, ERC, cuyo jefe es un delincuente condenado por sedicioso.

La violenta semana catalana, a la que Sánchez no supo dar una respuesta clara, y el festival que montó en el Valle de los Caídos, han sido cruciales para que la extrema derecha consiga un resultado que equipara a España con otros países europeos. Bien, Sánchez, ya lo has conseguido. Es tan grande el error que ahora la solución de lo que él llama gobierno progresista no es otra cosa que meter en el Consejo de Ministros a la extrema izquierda que es Unidas Podemos. No le queda otra que ir a por el gobierno que no quería, pero ahora con un Frankenstein a lo bestia, y en las peores condiciones, con separatistas, nacionalistas gallegos, vascos, navarros, la CUP, y Bildu con grupo propio por primera vez…Veintidós formaciones y nueve grupos en el Congreso. ¡Sánchez, lo has petado!

La gran coalición

Con todo eso tendrá que tejer el futuro de España este malandrín de la política que, hoy más que nunca, confirma que sólo le importa vivir en La Moncloa. No es un político socialista, es un diletante de la oportunidad, un profesional del error que nunca paga él. Jamás hubo en la Cámara Baja más enemigos de España. Casi un tercio del Congreso serán diputados a los que España se las trae al pairo. Y Tezanos y Redondo, ¿siguen por ahí semejantes cráneos privilegiados?

Queda siempre la alternativa de un gobierno de gran coalición, pero esto es sólo un deseo sin ninguna posibilidad hoy. Cierto es que la situación de España es grave, muy delicada. Cierto que esta circunstancia pide a los políticos serios eso que machaconamente llaman altura de miras, pero quizá sea demasiado pedir esto al PP de Pablo Casado. Cualquier movimiento en esta dirección deja a Vox como único referente en la oposición y eso no lo quiere el PP ni lo necesita España. La única posibilidad, si es que la hay, sería siempre un acuerdo en el que Pedro Sánchez quedara fuera. Y eso no va a ocurrir de ninguna manera. De ninguna. Entre otras cosas porque este PSOE a quien se parece es a Pedro Sánchez y no a su militancia, y menos a su votancia. Nadie le va a decir a Sánchez algo que pueda incomodarle porque el PSOE es él.

Las cuentas de la derecha

Con la calma necesaria los partidos de la derecha, con el PP al frente más Vox y los restos que quedan de Ciudadanos, han de asumir que divididos nunca ganarán las elecciones. El PP se llena la boca con la palabra alternativa. Somos la alternativa al PSOE, aseguran. Y sí, lo son, son la alternativa que nunca ganará, y ellos lo saben. Si no corrigen esta anomalía el centro derecha no volverá a gobernar España en mucho tiempo. Si no llegan a un acuerdo entre ellos, entre las derechas, este país perderá cada día fuerza como nación, que es lo que desea un tercio del próximo Congreso de los diputados. ¿Queremos esto?

En cuanto a Ciudadanos hoy podemos confirmar que los dioses ciegan a aquellos que quieren perder. Ciudadanos es hoy la octava fuerza en Cataluña, la última para un partido que hace muy poco ganó las elecciones. En el Congreso será irrelevante, y con pocas posibilidades de remontar esté o no Arrimadas al frente. Albert Rivera pudo ser vicepresidente con Rajoy y con Pedro Sánchez, hoy es memoria, un juguete roto de la maquinaría política española que destroza a los mejores, y Rivera lo era, aunque su última versión fue la de un alma en pena que constantemente recordaba su gran devoción por el error, su megalomanía y soberbia.

Hace unos días preguntaban a Edmundo Bal que qué pasaría si él, número cuatro de Cs por Madrid, no conseguía el acta de diputado.

-Joder, no seáis malvados -nos dijo-, eso no va a ocurrir.

Ha ocurrido, aunque la dimisión de Rivera le salva por la campana.  Durante un tiempo vi en Rivera lo que no había visto en mucho tiempo: un político capaz, limpio y con las ideas claras. Un hombre presentable con una moderna idea de lo que ha de ser España. Así fue hasta que se empeñó en ser lo que nunca sería ni podía ser. Los partidos no son lo que dicen, son lo que dicen los ciudadanos que son. Lo vimos como un partido capaz de dar el gobierno a la izquierda o a la derecha y de paso dejar congelados en sus escaños a los separatistas. Aquello era mucho, todo un patrimonio político. Pero ya se sabe, fue una triste historia, que, como tantas en la Historia de España, ha vuelto a terminar mal. Muy mal.

A pesar de sus últimos errores, Albert Rivera merece respeto y suerte en su nueva vida.

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