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Andrea Mármol

Opinión

Sánchez, Torra y la proporcionalidad

Las cartas enviadas desde Madrid a la Generalitat desprenden un cierto olor a ese ‘disculpen la intromisión’ tan característico con el que interviene el Gobierno del Estado en Cataluña

Pedro Sánchez y Quim Torra, durante su reunión en Moncloa.
Pedro Sánchez y Quim Torra, durante su reunión en Moncloa. EFE

El pasado sábado, grupos de radicales separatistas organizados bajo las siglas CDR mantuvieron cortes de hasta 15 horas en una autopista de Cataluña. El ministro de Fomento comparecía ante los medios de comunicación al día siguiente. Enfundado en el traje de portavoz socialista, no sancionó esas actuaciones ni tampoco anunció medida alguna para reparar a los afectados por el caos y la arbitrariedad que sembraron los CDR. Hace pocas semanas, en plena embestida retórica de los partidos separatistas contra instituciones del Estado como la Corona y sobre todo contra el Poder Judicial -ausencia de condenas a los señalamientos a jueces incluida-, la ministra de Justicia, nada menos, defendía la condición constitucionalista de ERC, PDeCAT y Bildu. Mientras, la portavoz Lastra arremetía contra Cs y PP por haber dejado de serlo.

Con esta contundencia del Ejecutivo respecto a los abusos del nacionalismo catalán no es de extrañar que el envío de tres cartas a miembros del Govern Torra se haya visto como un cambio trascendental en la línea de actuación respecto a la crisis catalana. La sofisticación necesaria para ver en esas misivas un giro de 180 grados es la misma que se requiere para hablar de ERC como ese partido moderado que tiene la solución al problema territorial español. Un privilegio al alcance de pocos. Las cartas, además, desprenden un cierto olor a ese disculpen la intromisión, tan característico con el que se inmiscuye el Gobierno del Estado en Cataluña: como si no fuera asunto suyo. “Creo que ambos somos conscientes de nuestras respectivas obligaciones para evitar este tipo de sucesos”, le decía Calvo a Aragonés, de vicepresidenta a vicepresidente, ignorando que el problema es todo lo contrario, a saber: que Aragonés no considera su obligación evitar el conflicto con el Estado sino todo lo contrario, y que Calvo rechaza hacerse cargo de lidiar con la realidad de un gobierno autonómico cuyas convicciones constitucionales son inexistentes.

El problema es precisamente el opuesto. A saber: que ni Torra ni Aragonés consideran su obligación evitar el conflicto con el Estado, sino todo lo contrario

“Hemos tenido conocimiento”, reza otra carta, la que dirige Grande-Marlaska a Buch, de los hechos acontecidos en Cataluña. Como si Torra se hubiera esforzado mucho en ocultar sus intenciones de llevar a cabo una purga en los Mossos d’Esquadra, o como si el consejero de Interior hubiese dicho en una reunión privada y no públicamente que la policía catalana actúa de forma poco democrática. Es comprensible la necesidad de este Gobierno de atribuirse méritos, pero ni reparar en el caos en el que sumieron los CDR a Cataluña el fin de semana ni pedir explicaciones por carta a dirigentes que manifiestan constantemente su voluntad de desacatar la ley son pasos encaminados a ninguna acción determinante. Al menos, a ninguna decisión proporcional a las llamadas a la vía eslovena o a las instrucciones políticas a la policía.

El problema que tiene el Gobierno con la proporcionalidad es que el grado de acierto y eficacia que busca con su respuesta es directamente proporcional a lo cerca que se queda sin mayoría parlamentaria. O sea: toda decisión que le acerque al 155 le aleja de Moncloa, a menos que se avenga a cambiar de socios parlamentarios y volver a urdir el consenso constitucional que el propio Sánchez liquidó. Con cierta dosis de optimismo, uno podría pensar que el descalabro socialista en Andalucía ha hecho verdadera mella en el PSOE y que el presunto cambio de tono y de actitud pueden perdurar en el tiempo hasta que Tezanos convenga lo contrario. Podría ser que, enterados de que el pacto con Torra no convence en el resto de España -¡linces!-, decidan no claudicar ante el nacionalismo y dejar de obedecer a pies juntillas al PSC.

Pero incluso en ese escenario, Sánchez seguiría siendo el mismo Sánchez del pecado original de llegar a Moncloa de la mano del separatismo. El Sánchez que decidió que Cataluña eran los independentistas y que obvió a la mayoría de catalanes. Hoy escucharemos a un presidente del Gobierno que medirá con precisión cada una de sus palabras para parecer muy enfadado con Torra. El tiempo demostrará si mantiene la firmeza que han intentado vender. Pero si sólo hay electoralismo y no convicción democrática en su pretendido giro, Sánchez habrá pasado de mercadear con los derechos de los catalanes a mercadear con los derechos de los españoles. Tan cínico es pasar de referirse a Torra como el Le Pen español a darle las llaves de Moncloa, como recorrer el camino inverso, si lo único que le mueve es la ambición personal.



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