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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

Rivera y los juegos florales

Con un Sánchez en manos de Podemos, los estrategas de Ciudadanos han empezado a ocupar el espacio que el PSOE va dejando a su derecha

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera.
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera. EFE

Ciudadanos tiene algunos problemas de identidad. Es un partido relativamente nuevo que se hizo con un grupo propio en el Congreso hace menos de tres años, y que desde entonces busca su sitio en un arco parlamentario que está al rojo vivo. Hasta bien entrado 2015 nadie daba un céntimo por ellos, más allá de Cataluña. Era un partido catalán con líderes catalanes, como el propio Rivera, Villegas o Girauta, que, aunque llevaba años tratando de implantarse en Madrid, no lo había conseguido.

Tuvo que aparecer Podemos y ponerlo todo patas arriba para que el partido cobrase fuerza como alternativa aseada al Partido Popular dentro del centro-derecha. Eso les proporcionó cierta presencia en las municipales de 2015. Obtuvo cerca de millón y medio de votos con los que arañó 1.500 concejales. Se metió, además, de cabeza en varios parlamentos autonómicos, en algunos, como Madrid o Andalucía, se hizo con la llave de la gobernabilidad. Meses más tarde duplicó el número de votos y entró en el Congreso de los Diputados con 40 escaños.

Desde entonces, vagan en terreno de nadie queriendo mantener el espacio ganado pero sin saber muy bien como expandirse. A fin de cuentas, y contra pronóstico, Rajoy resistió el envite. En la repetición de elecciones en junio de 2016 los populares recuperaron el aliento y lo hicieron en buena medida gracias a los votos que se habían ido a Ciudadanos en la convocatoria anterior.

La de Rivera es una actitud de pura supervivencia, simple señalización, sin provocar heridas profundas, en previsión de lo que está a la vuelta de la esquina

Tras los acontecimientos de Cataluña del año pasado el partido recuperó los bríos y se permitió incluso ganar las elecciones autonómicas, aunque luego semejante machada no le haya servido para nada porque su mayoría no fue absoluta. A pesar de que la ley D'Hondt no le fue propicia, Ciudadanos fue la formación política que mejor supo capitalizar el tragicómico desenlace del procés. Se situó en el centro del tablero con capacidad para entenderse tanto con el PSOE como con el PP, los dos palos que Rivera toca de manera alterna desde que empezó a sonreírle la fortuna.

Lo de Cataluña era una zona de consenso, o al menos lo parecía hace un año. Estaban los tres con la Constitución y contra quienes la habían violentado. De aquello se estaban beneficiando, tanto que a lo largo del primer trimestre de este año, y conforme la intención de voto al PP iba erosionándose, la de Ciudadanos crecía sin parar.

Entonces sucedió lo que todos sabemos. A Pedro Sánchez le vino Dios a ver con la moción de censura y Rivera quedó nuevamente desubicado. Si Sánchez hubiese apostado por la moderación, a Ciudadanos no le hubiera quedado más remedio que moverse a la derecha. Pero ha hecho lo contrario. Lleva casi un semestre entregado al podemismo enragé hasta el punto que no es aventurado decir que Pablo Iglesias ha montado un gabinete en la sombra cuyo peso sobre el consejo de ministros es determinante.

VOX, tercero en discordia

El centro, como bien dice Jorge Vilches, es ese lugar donde el programa por definición es líquido. Y los líquidos fluyen, se adaptan al entorno por el que circulan. Con un Sánchez en manos de Podemos tratando de recuperar los votos perdidos en el extremo izquierdo del espectro, los estrategas de Ciudadanos han empezado a ocupar el especio que el PSOE va dejando a su derecha. No cabe la sorpresa, algo así era previsible desde el mes de julio.

Lo que no era tan fácil de vislumbrar en aquel momento es que el PP postrajoyista se reconstituyese con un candidato como Pablo Casado y, sobre todo, que VOX renaciese de sus cenizas. Casado pretende devolver al PP a sus esencias. VOX, por su parte, hace de la cuestión de la unidad nacional su principal bandera, que también, recordemos, lo es de Ciudadanos desde su fundación.

El tablero, como vemos, está más revuelto que nunca, con el agravante de que las elecciones se antojan demasiado cercanas: 7 meses para un combo triple de municipales, regionales y europeas y un tiempo indeterminado pero necesariamente breve para las legislativas. Urge colocarse bien en los estantes para que el votante, que tendrá en unos meses un menú muy amplio para elegir, escoja a uno o a otro.

A día de hoy hay seis partidos de ámbito nacional con posibilidades en entrar en el Congreso. Tres en la izquierda (PSOE, Podemos y el PACMA) y otros tres en la derecha (PP, Ciudadanos y VOX). Estos seis partidos se tendrán que repartir el 80-85% de los votos, que son los que, de promedio, se van a partidos nacionales. El 15% se irá a los nacionalistas, básicamente vascos y catalanes.

Sánchez sigue intentando jibarizar Podemos. Ya veremos si le sale porque Pablo Iglesias no es Gaspar Llamazares

Este 80-85% se lo reparten aproximadamente a la mitad entre derecha e izquierda. Durante años el PP se quedó el 40% que correspondía a la derecha. El PSOE, por su parte, sólo podía ganar cuando jibarizaba a la extrema izquierda y se apropiaba del parte del voto nacionalista. Eso es lo que sucedió, por ejemplo, en las elecciones de 2008, que dieron la victoria a Zapatero con más de once millones de votos.

A eso mismo está jugando Sánchez ahora. Ya veremos si le sale porque Pablo Iglesias no es Gaspar Llamazares, es algo más listo, y Podemos no es Izquierda Unida, aunque a ratos lo parezca. En el otro extremo del arco, el patio privado del PP tiene ahora tres dueños que han de repartirse ese 40%.

VOX es el tercero en discordia y ha declarado una guerra sin cuartel a los otros dos. No puede permitirse otra cosa porque necesita que le escuchen. Ante el ímpetu voxista, Casado reaccionó hace dos semanas con un discurso muy bien hilado en el Congreso, sin papeles y directo a la yugular de Sánchez, cuya cara era un poema mientras se hundía en el escaño.

Rivera no podía permanecer impertérrito ante algo así y ha reaccionado adoptando dos tácticas aparentemente opuestas. Por un lado trata de reafirmar su mensaje de defensa de la Constitución, con actos como el de Alsasua de este fin de semana. Por otro ha desbloqueando la mesa del Congreso para la tramitación de la Ley de Estabilidad. Son dos gestos que le permiten tomar distancia y mantener el producto diferenciado para que el hipotético comprador no le confunda con los otros.

Es una actitud de pura supervivencia que precisa de un cálculo muy delicado. Saben que llegado el momento tendrán que pactar. Pueden provocarse heridas, pero no demasiado profundas. Son simples juegos florales, simple señalización en previsión de lo que está a la vuelta de la esquina.



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