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Carlos Gorostiza

Opinión

Reformar la Constitución, ¿para qué?

Para hacer una tortilla hay que romper huevos, y nada nos asegura que los cambios en la Carta Magna se harían a partir de lo ya construido y siempre para mejor

Imagen de archivo del Congreso.
Imagen de archivo del Congreso. EFE

Este puente tal vez aproveche para rescatar de su caja unos fascículos de Forges que compré en mi juventud, en los que se ilustraba la entonces novísima Carta Magna con viñetas de Blasillos, Marianos, Conchas y fachas de bigotillo. Me han seguido a lo largo de muchas mudanzas y es buen momento para revisarlos. Supongo que no pondré evitar una sonrisa nostálgica.

En pocas horas la Constitución Española, la ley fundamental de mi generación, cumplirá 40 años y cada día se oyen más insistentes las voces a favor de su reforma. Nada que objetar a que una nueva generación reclame su derecho a influir y a hacerlo de forma decisiva, además, en las leyes que modelarán su sociedad como la Constitución de 1978 modeló la nuestra. Ellos están en su derecho pero, por cierto, los demás también mantenemos intacto el nuestro, al menos mientras sigamos vivos. 

Del gran Miguel Ángel Aguilar, que dice de sí mismo que “degeneró en periodista”, recordaba Javier Cercas la frase: “Es raro que nuestra generación se sienta más orgullosa de sus abuelos, que dirimieron sus diferencias con una guerra, que de sus padres, que dirimieron sus diferencias sin ella”. Así es: muy raro.

Raro y peligroso, además, porque apunta el regreso a las maneras habituales de la historia de España, en las que las Constituciones se hacían a la medida de la parte de la sociedad que en ese momento mandaba y en contra de todas las demás, alegando, por supuesto, que la parte mía era la buena y las otras, las malas, ¡faltaría más! Para que se hagan una idea, como ha pasado más recientemente con las leyes educativas, que han cambiado cada poco para ajustarse a los deseos de quien gobernaba y que, naturalmente, han sido cambiadas al ritmo en que lo han hecho las mayorías parlamentarias.

Cuidado porque los tiempos apuntan al regreso de maneras de otras épocas en las que las Constituciones se hacían a la medida de quien mandaba

Pero ni calvo ni con tres pelucas. Tras 40 años de Constitución han cambiado tantas cosas en España, la mayor parte para bien, que suena mal que se diga que la Constitución no se puede tocar. De hecho, se ha tocado ya dos veces, siempre por imposiciones externas: para adaptar el Art. 13 a Maastricht y para imponer el techo de gasto (art 135).

Así que no temamos al cambio, que en todo lo demás es paisaje cotidiano de nuestra vida, pero pongámonos a ello con seriedad y sin miedos. El titular de este artículo no es un desprecio sino una pregunta real: ¿Para qué queremos reformar la Constitución?

Lo primero es saber que para hacer una tortilla hay que romper huevos. La idea de que todos los cambios se harán a partir de lo que hay y siempre para avanzar es errónea. Romper un acuerdo significa regresar cada cual a su casa para volver a reanudar el camino desde allí hasta lograr, al final, un nuevo consenso. El de 1978 no fue nada fácil -aviso- y eso que no había Twitter donde cada palabra dicha fuese difundida, juzgada y condenada al instante.

Así que, si optamos por volver a empezar, tengamos en cuenta que nos encontraremos con que no todos vamos a salir de la misma casilla. Que el cero de la izquierda es diferente al cero de la derecha y que el cero de los nacionalistas también es distinto a los dos anteriores. E incluso que hay ceros diferentes dentro de cada grupo. Por eso, antes de proclamar los temas a reformar, convendría, sobre todo, identificar aquello que no queremos mover, lo que constituya el “cero” común. No será nada fácil llegar a esa casilla de salida.

Si hay que ir por la senda del cambio constitucional se va, pero por favor, que sea sabiendo para qué, porque ir por ir…

La gran virtud de la solidez de nuestra Constitución se basa en parte en su propio gran defecto: su inmovilidad durante cuatro décadas. Por eso, cuando se busca “blindar” en la Ley fundamental derechos subjetivos, de esos que hoy nos parecen irrenunciables, asoma el deseo de que lo que yo digo ahora ya no se pueda cambiar nunca y el consiguiente peligro de que, tratando de asegurar lo propio, lo que se consiga sea fragilizar la propia Constitución y que, debilitada, no sirva ya para blindar nada. Como les pasó a todas las anteriores.

Pero sigamos: hay que saber que revisar y cerrar el modelo territorial, desde las circunscripciones provinciales hasta el Senado o las competencias autonómicas, todavía abiertas tras 40 años, chocará de frente con los nacionalistas vascos y catalanes, que por definición nunca podrán aceptar que sus territorios se equiparen con Andalucía, Extremadura y el resto de Comunidades Autónomas. Así que, si es para aclarar definitivamente el asunto territorial, la cosa puede ir para largo o para muy largo.

Plantear un cambio de la forma de Estado desde un Reino Constitucional, con una jefatura de Estado sin poder decisorio, a una República con una jefatura de Estado electa, inevitablemente partidista y con poder real, es un cambio mucho más grande y profundo de lo que a menudo se hace ver. Pasar de un Rey de todos (o de ninguno, como quiera usted) a un presidente con mando en plaza, hoy de los míos y mañana de los tuyos, es mucho más que un cambio de símbolos y una urna más.

Solo con estos tres aspectos, los más notorios y evidentes de los que se suelen apuntar como pendientes, ya hay mucha tela que cortar y mucho que discutir. Así que: si hay que ir por la senda del cambio constitucional se va, pero -por favor- que sea sabiendo para qué, porque ir por ir…

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