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Miquel Giménez

Opinión

Reflexiones para después de una campaña

Las banderas española y catalana ondean ondean en la fachada del edificio de la Generalitat de Catalunya
Las banderas española y catalana ondean ondean en la fachada del edificio de la Generalitat de Catalunya EFE

El último día. Luego vendrá el de reflexión y, finalmente, el 21, jornada electoral diferente, laborable, pero, sobre todo, legal, con garantías e igualdad. Cerraremos una época con nuestros votos, porque, pase lo que pase, nada volverá a ser igual. Vale la pena repasar lo que nos han dejado estas semanas en las que hemos visto confrontarse dos modelos de sociedad, de Cataluña, incluso de vida, enormemente distintos entre sí.

Preguntar no es ofender

Cualquier persona a la que se pregunte si la campaña le ha hecho variar su intención de voto responderá lo mismo en un noventa por ciento: no. Jamás ha sucedido tal cosa, al menos en porcentajes dignos de ser tenidos en cuenta. Otra cosa es el voto indeciso, el que no sabe a qué santo encomendarse. Dudo mucho que lo dicho por los diferentes candidatos les haya hecho inclinarse por este o por aquel. Acaben votando lo que sea, la intención ya la llevaban de inicio; les pasa lo que a Monsieur Jourdain, que hablaba en prosa sin saberlo. Muchos ya eran en su fuero interno separatistas o constitucionalistas, pero sin la polarización que se vive en Cataluña actualmente jamás habrían tenido la oportunidad de sacar ese sentimiento a flote.

Todo y así, la pregunta es recurrente en este final de campaña: bueno, y tú ¿qué piensas votar? Casi siempre, en los casos de los indecisos, la respuesta es un encogimiento de hombros acompañado de un lacónico “no tengo ni idea, ¿y tú?”. Eso quiere decir, significativamente, que la campaña, esta u otras, poco o nada influye. Los partidos podrían ahorrársela y así, de paso, también ahorrábamos dinero de los contribuyentes. Venimos de tantas elecciones, referéndums que no eran tales, convocatorias históricas y jornadas sin parangón que estamos todos cansados. Peor aún, estamos hartos. Por eso estas elecciones tienen un carácter singular, siendo la madre de todas las elecciones, porque la gente quiere votar a una determinada opción, la que sea, que gobierne mejor o peor para que transcurran los cuatro años del mandato sin mayor cuidado. Lo que viene siendo la normalidad en un país democrático, vaya.

Quizás sea también una razón para no saber a quién votar. Los separatistas van a la suya, sin desdecirse en ningún aspecto. Poco o nada les ha servido el 155, perdón, rectifico, sí les ha servido: ahora se presentan como unos protomártires, unos perseguidos, unas almas puras e inocentes. Pobrecitos niños bien. Han encontrado un juguete perfecto, el de pretender emularse a sus abuelos. Ellos sí que padecieron una guerra civil y todo tipo de privaciones, pero sus descendientes, que ahora quieren compararse con ellos – “¡hay presos políticos en España!”, dicen – lo hacen sin riesgo ninguno. Por no sufrir, ni siquiera han padecido la tortura de estarse años en presidio, privados de ver a los suyos, de ver nacer y crecer a sus hijos, de seguirle el pulso a la vida. Porque no es cárcel la que se evita pagando sumas exorbitantes salidas no se sabe muy bien de dónde, ni lo es estar en un módulo de respeto jugando al ping pong, leyendo, escribiendo, haciendo deporte, en fin, toda una serie de ventajas del sistema penitenciario moderno que jamás vieron ni por asomo sus antecesores.

No me hagan caso, seguro que son manías mías, que me entero que un oficial de alta graduación adscrito al CNI se ha entrevistado con Puigdemont en Bruselas y ya empiezo a ver fantasmas"

Hemos visto a lo largo de estos días como los partidarios de la ruptura con España dramatizaban, exageraban, mentían con total desfachatez y arremetían contra los constitucionalistas. Han procedido con una virulencia tal con sus palabras y, en ocasiones, incluso con los actos, que no se recuerda contienda electoral de tanto voltaje en Cataluña. Y todo sin dar ni un solo argumento ni mayor programa que el de volver a las andadas. Nadie sabe muy bien si esa república de Barataria sería más cercana al soviet de las CUP o proclive al sector de negocios pujolista. Probablemente, ellos tampoco lo saben ni les interesa. Han dejado patente que lo único que ansían es continuar chupando del bote algunos años más. Se han radicalizado tanto que apenas dejan espacio a los grupos extraparlamentarios. Si uno fuese malpensado, y de tal pecado líbrenos el Señor, sospecharía que todo esto de los secesionistas, que es tan excesivo, tan desmadrado, tan fuera de lugar en personajes como Mas, Puigdemont, Rull o Turull, tan buenos xicots, tan peinaditos, tan de traje y corbata, no es más que una comedia muy bien urdida para sacarle al Estado más dinero y dejarlo acojonado unos lustros más. Y que a ese Estado ya le iría bien, porque así podría justificarse diciendo que vale la pena pagar el precio para evitar que se repitan los hechos de este octubre pasado.

Pero no me hagan caso, seguro que son manías mías, que me entero que un oficial de alta graduación adscrito al CNI se ha entrevistado con Puigdemont en Bruselas y ya empiezo a ver fantasmas. Ya volveremos otro día sobre esta y otras reuniones mantenidas por el fugadísimo con interlocutores de lo más variopinto en la capital belga.

Más dudas que Los Panchos

Si en el campo independentista ha acabado la campaña contemplando como se tiraban los platos por la cabeza Puigdemont y Junqueras, y lo que les queda todavía, los defensores de la Constitución no han ido a la zaga. Hemos visto al PP atacar a Ciudadanos, a Ciudadanos dirigir su artillería contra el PSC, al PSC cargar contra Ciudadanos y el PP y a los Comuns arremeter contra todos. Buen potaje han guisado ellos solitos. El votante que está harto del soberanismo se encuentra con unos candidatos peleados, confrontados, sin posibilidad de sumar por culpa de los intereses de partido, esa cosa tantas veces radicalmente opuesta al interés general de la nación. Iceta desea ser presidente a como dé lugar, pero también lo quiere Arrimadas, mientras que Albiol o Doménech esperan, el primero, no desaparecer del mapa político mientras que el segundo ansía ser quien decida sobre vidas, haciendas y gobiernos en Cataluña. Con una ley electoral que prima el voto carlista de las comarcas frente al urbanita de la Barcelona metropolitana los resultados son, al momento presente, de una ingobernabilidad manifiesta, cuando no de una reedición de lo que había. No digo que sería igual, porque a pesar de sus gritos y su gesticulación, los aprendices de brujo ya conocen por propia experiencia el precio que se paga por infringir la ley, aunque lo resuelvan con suscripciones secretas y Rahola llorando en la televisión, apelando al moco fácil y sensiblero de la masa independentista, como si de un culebrón venezolano se tratase. Seguirían con su matraca, seguro, pero de otro modo.

La pregunta, después de la campaña, no es tanto lo que harán los partidarios del pasarse la ley por el forro, porque es más que previsible; lo sustancial es saber qué piensan los que no están por la cosa de la separación de manera remanguillé, los que no creen oportuno poner el carro delante de la mula o los que, abiertamente, pasan de aventuras y opinan santamente que, al menos en materia territorial, los experimentos deben hacerse con gaseosa.

Si algo deja esta campaña es que, en Cataluña, a día de hoy, la gran masa electoral, incluyendo los dos grandes bloques, está deseosa de que le vayan al hígado"

Si me preguntan cómo visualizo el próximo gobierno de la Generalitat emanado de las elecciones de este próximo jueves, no sabría qué decirles. Una cosa es lo que uno desearía para su tierra y otra muy distinta lo que acabe pasando. Ahora bien, el hecho de que Cataluña esté prácticamente partida por la mitad en intención de voto demuestra, más allá de cualquier hipótesis, algo muy grave: después de todo lo que ha pasado, que exista todavía un núcleo muy importante de personas que piensen votar a gentes que nos han llevado al desastre de las tres mil empresas que se han ido, a la ruina sanitaria, a un endeudamiento de más de setenta mil millones, a una Generalitat intervenida y a una sociedad rota, es algo que se escapa al análisis lógico.

Dije al iniciarse la campaña que los secesionistas lo tenían mejor que los constitucionalistas, porque su mensaje era puramente emotivo y va directo al corazón, a las vísceras, a las partes nobles. No precisa mayor articulación que la apelación a los bajos instintos y a la lucha contra ese enemigo que han pintado grotesco, poderoso y fascista, a saber, España. Los otros, en cambio, han tenido que decir cosas, más o menos. Pero sus electores también querían casquería, emoción y sentimientos. Algunos lo han conseguido, otros no tanto. Por resumir, si algo deja esta campaña es que, en Cataluña, a día de hoy, la gran masa electoral, incluyendo los dos grandes bloques, está deseosa de que le vayan al hígado. El cerebro, si acaso, para otra ocasión que, o mucho me equivoco, o será más pronto que tarde.

Miquel Giménez



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