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Rubén Arranz

Opinión

Raperos, presos políticos y tuiteros amargados

El rapero Pablo Hasél declarando ante el juez
El rapero Pablo Hasél declarando ante el juez EFE

DJ Syto es un internauta que saltó a la fama a mediados de la pasada década tras difundir una canción contra los rumanos que residen en España: "Cuando os miro quiero vomitar y arrancaros la cabeza / Venden La Farola, te roban el móvil y, por si fuera poco, también atracan bancos". La organización SOS Racismo puso el grito en el cielo al escuchar la letra. Unos años después, en 2014, el rapero Pablo Hasel era condenado a dos años de cárcel por escribir lindezas como la siguiente: "Los GRAPO eran defensa propia ante el imperialismo y su crimen (...) / Quienes manejan los hilos merecen mil kilos de amonal". Esta semana, se confirmaba la condena a tres años y medio de prisión al músico Valtònyc por componer estrofas como éstas: "El Rey tiene una cita en la plaza del pueblo, una soga al cuello y que le caiga el peso de la ley".

El obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, afirmó en 2007 lo siguiente: "Hay menores que desean el abuso e incluso te provocan". Y a buen seguro, ni usted ni yo habíamos escuchado hablar hasta esta semana de Santiago Sierra, a quien se le ocurrió colgar de la feria de arte contemporáneo ARCO una serie de cuadros en la que se definía a los líderes del proceso soberanista como 'presos políticos'. Corría 2012 cuando, en esa misma exposición se pudo ver un maniquí del general Franco encajado en una cámara refrigeradora de Coca Cola. Con gélida mueca, por cierto.

En todos los casos, las quejas y denuncias de unos se alternaron con los silencios de otros. Quienes pusieron el grito en el cielo cuando la asociación Hazte Oír puso a rodar su famoso autobús naranja -con el que amablemente recordaba a los ciudadanos que los niños calzan pene y las niñas tienen vagina- no abrieron la boca cuando la 'tuitera' - atormentada- que se hace llamar Cassandra Vera bromeó sobre el asesinato de Carrero Blanco en las redes sociales. Y viceversa. Es curioso que en este país la capacidad de ofenderse, de carcajearse; de defender o de pedir cárcel para alguien dependa tanto de quién pronuncia el exabrupto o del partido o la ONG a la que pertenece. Los hechos objetivos suelen quedar sepultados bajo varias toneladas de prejuicios ideológicos y ridiculez.

Hace casi tres años, el grupo Puta España Musical acabó delante del juez porque definía a José Bretón -condenado por el asesinato de sus dos hijos- como un "magnífico prestidigitador"

Vivimos tiempos en los que el raquitismo intelectual parece ganar la partida por momentos. En los que el monstruo de la mediocridad crece sin control y en los que la demagogia aplasta la coherencia y, desde luego, la razón. Rafael Hernando pedía hace unas horas cierta sensibilidad a los artistas a la hora de abordar temas que pueden "ofender" a determinadas personas o colectividades. No demostró la misma delicadeza cuando, en 2013 aseguró en 13TV que "algunos se han acordado de su padre cuando había subvenciones para encontrarlo", en referencia a la Ley de la Memoria Histórica. Este viernes, Irene Montero hacia un alegato en favor de la libertad de expresión. No le voy a decir, querido lector, lo que le puede ocurrir si se atreve a cuestionar en las redes sociales los postulados de esos grupos de supuestas defensoras de las mujeres que, con ignorancia supina, tratan de malear la lengua española para inundarla de "miembras" y "portavozas".

Quienes defienden que la libertad de expresión no debe tener límites se equivocan. Hace casi tres años, los miembros de un grupo de música denominado Puta España Musical (P.E.M.) acabaron delante del juez acusados de componer canciones que incitaban "al odio y a la violencia". En ellas, por ejemplo, se definía a José Bretón -condenado por el asesinato de sus dos hijos- como un "magnífico prestidigitador". ¿Debemos hacer la vista gorda en este caso, con la excusa de la libertad de expresión?

Ha sido un gran error de cálculo. Propio en esta época en el que existe tanta tendencia a ofenderse y a dar más importancia de la que merecen a quienes pronuncian discursos falaces, zafios o cargados de mal gusto"

También tienen razón quienes afirman que en España se mima especialmente a determinadas personas e instituciones, en perjuicio de la libertad de expresión. Recuerden que la revista 'El Jueves' fue secuestrada en 2007 por mostrar en portada una caricatura de los reyes (entonces, Príncipes) en el lecho matrimonial, y no precisamente en posición de dormir. También resulta llamativo lo que ocurre en este país con respecto a las ofensas de los sentimientos religiosos. El informático que en 2002 programó un videojuego llamado 'Matanza cofrade' acabó en los tribunales (fue absuelto tras pedir perdón por lo que había hecho, que era una majadería). Al obispo de Tenerife que citaba anteriormente no le ocurrió nada. Lo mismo que a ese imán de Melilla que llamaba hace unos cuantos años a sublevarse contra los españoles. Lo dicho: existe una doble vara de medir. Las mismas palabras en algunas ocasiones se consideran delictivas y, en otras, no. El contexto tiene una importancia que no procede.

Dicho esto, ni todo se puede justificar en la libertad de expresión, ni deberían existir instituciones por encima del bien y del mal, a las que no poder señalar cuando así lo merezcan, como ocurre en este país con la jefatura de Estado. Tampoco se debe considerar (y la frontera es pequeña en muchas ocasiones) el mal gusto o la zafiedad como algo delictivo. Pasolini mostró en 1975, en 'Saló y los 120 días de Sodoma' a personas comiendo heces y mutilándose. La artista cubana Tania Bruguera jugó a la ruleta rusa durante una de sus 'performance'. Y a la pintora Vanessa Tiegs le dio por pintar cuadros con sangre menstrual. Resulta estúpido lanzar una avioneta para oponerse a la transexualidad con el recordatorio de que niños y niñas tienen genitales diferentes. Pero también es absurdo considerar que eso es delito. Es simplemente mal gusto. Una mala idea.

Quien piense que en Cataluña hay presos políticos obviará los acontecimientos que han sucedido en esta comunidad autónoma durante los últimos tiempos, en los que una parte de sus líderes políticos han vivido al margen de la ley. Pero censurar a un artista por reflejar ese mensaje en una de sus obras no es lógico. Tampoco inteligente, puesto que el tal Santiago Sierra ha obtenido una repercusión con la que nunca hubiera soñado. Desconozco en qué pensaban los responsables de IFEMA cuando tomaron esa decisión (por la que se han disculpado). Pero basta con mirar las redes sociales para percatarse de que han conseguido agrandar aún más el monstruo del victimismo que custodian los independentistas.

Ha sido un gran error de cálculo. Propio en esta época en el que existe tanta tendencia a ofenderse y a dar más importancia de la que merecen a quienes pronuncian discursos falaces, zafios o cargados de mal gusto. Propio de esta etapa en la que confluyen antiguos y nuevos imperios morales y en los que tanto protagonismo se ha concedido a la sandez.



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