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Roger Senserrich

Opinión

Racismo sin racistas

El racismo no es cosa de cavernícolas cejijuntos que ven a negros, sudacas o gitanos como gente inferior, sino fruto de una serie de leyes, prácticas e instituciones que no son racistas en teoría, pero que tienen efectos racistas en la práctica

Racismo sin racistas
Racismo sin racistas

En el Capitolio estatal de Hartford, Connecticut, en la zona más noble del edificio, hay un gran espacio llamado la sala de banderas. En él, junto a varias armas históricas (no en vano este es el estado de Samuel Colt, Oliver Winchester y John Marlin) y estatuas de legisladores pasados, hay expuestas 55 banderas de los regimientos de Connecticut que sirvieron en la Guerra Civil. Connecticut, como el resto de los estados norteños de Estados Unidos, está muy orgulloso de su pasado abolicionista, y no duda en rendir homenaje a los soldados que sirvieron en la gran batalla contra la esclavitud.

La sala de banderas del capitolio dice mucho de la relación que tienen los americanos con su propia historia, y la enorme huella de la guerra civil incluso 150 años después. El Hall of Flags en Hartford hoy día parece aceptable porque la guerra de secesión la ganaron los buenos, pero el sur del país está plagado de monumentos a generales y políticos confederados. Tennessee tiene, sin ir más lejos, un parque estatal y un instituto de secundaria dedicados a Nathan Bedford Forrest, el tipo que aparte de ser un oficial de caballería aficionado a fusilar negros durante la guerra, fundó el Ku Klux Klan en sus ratos libres una vez acabado el conflicto.

Por encima de todo, que los legisladores de Connecticut hayan decidido celebrar los hechos de armas del Estado en su lucha contra la esclavitud es una señal sobre la idea que tiene el Estado de sí mismo como un lugar que repudia el racismo, que ha luchado contra él. Esto es Nueva Inglaterra, no somos sureños. La segregación, Jim Crow, aquí nunca lo tuvimos; nosotros rendimos tributos a Lincoln y el Grand Army of the Republic. La igualdad racial aquí nos la tomamos en serio.

En Estados Unidos el método más simple y burdo es crear normativas muy estrictas de tamaño mínimo de parcela para poder construir y así imposibilitar la construcción de viviendas asequibles"

Si miramos los datos con cierto detalle, sin embargo, vemos que esta idea es una fantasía. Estados Unidos es un país donde las desigualdades entre blancos y negros siguen siendo enormes. Cualquier indicador social que uno mire, desde pobreza a fracaso escolar, desde esperanza de vida a vivienda en propiedad, desde riqueza familiar a tasas de criminalidad, siguen un patrón parecido. El color de piel siempre parece ir parejo con datos peores; aun controlando todos los factores posibles, ser negro, en sí mismo, te coloca en posición de desventaja.

Las diferencias entre los dos grupos varían de forma considerable de un estado a otro, según políticas públicas, preferencias de los votantes y demás. En Connecticut, este Estado donde las autoridades están tan orgullosas de ser antirracistas que ponen las banderas victoriosas de la guerra civil en el Capitolio, el abismo entre blancos y negros es de los mayores del país. En un Estado donde nadie dice ser racista, y donde todo el mundo parece estar muy orgulloso de lo gloriosamente progresistas y modernos que somos, tenemos indicadores sociales más racistas que muchos Estados del sur.

¿Por qué sucede esto? Tristemente, porque no hace falta ser racista para impulsar políticas públicas racistas. Como en casi todo el país, en el centro de estas enormes disparidades raciales hay una serie de leyes, ordenanzas y regulaciones municipales y estatales que en teoría son neutrales, ya que nunca mencionan el color de piel en ningún momento, pero que en la práctica son generadoras de desigualdades. En el caso de Connecticut (y en casi todos los estados del norte con problemas parecidos) el motor detrás de la discriminación racial son las aparentemente inocentes ordenanzas de urbanismo, y su papel clave en impulsar la segregación racial.

Sin querer entrar en detalles obtusos de regulaciones de uso de suelo en Nueva Inglaterra, los suburbios han desarrollado un talento extraordinario en diseñar planes de ordenación que excluyen a residentes de color de su municipio. El método más simple y burdo es crear normativas muy estrictas de tamaño mínimo de parcela para construir para imposibilitar la construcción de viviendas asequibles. Viviendas. Alrededor de Hartford hay varios suburbios que exigen dos acres de terreno; casi una hectárea, algo que hace imposible construir casas baratas. Casi el noventa por ciento de los suburbios del Estado tienen normativas que prohíben de facto la construcción de viviendas multifamiliares (esto es, apartamentos), y cuando lo hacen, los restringen sólo para mayores de 55 ó 65 años. Los suburbios a menudo se oponen de forma airada a cualquier cosa que se parezca a transporte público (no sea que se mude aquí gente sin coche) y reaccionan de forma histérica si alguien habla sobre densidad, vivienda pública o asequible.

Que en Cataluña los castellanohablantes tengan resultados sistemáticamente peores en las escuelas o ganen menos dinero no son casualidades, sino el resultado de las políticas públicas impulsadas por el gobierno regional"

El resultado es, obviamente, que los residentes con menos dinero, que tienden a ser negros o latinos, de facto sólo pueden vivir en zonas urbanas. Dado que las zonas urbanas concentran toda la vivienda asequible y el parque de vivienda pública, sus ayuntamientos tienen menos capacidad para recaudar dinero con el impuesto de propiedad, que es como los municipios de Connecticut pagan las escuelas. La competencia de Educación es completamente local así que los residentes en zonas pobres, con casas que valen menos, van a colegios con menos recursos con otros niños pobres. Viven en ciudades con más crimen, peores servicios y menos puestos de trabajo. Sin mirar el color de piel de ninguno de los implicados ni una sola vez, el Estado sin racistas tiene políticas e instituciones que perpetúan las diferencias raciales de forma desmesurada.

La moraleja de esta historia es que el racismo no es cosa de cavernícolas cejijuntos que ven a negros, sudacas o gitanos como gente inferior. Esta clase de gente existe, pero son una minoría vociferante que a veces sólo parece estar ahí para que el resto nos sintamos más puros y progres. El racismo, en la vida real, es casi siempre fruto de una serie de leyes, prácticas e instituciones que no son formalmente discriminatorias en teoría, pero que tienen efectos racistas en la práctica. Los prejuicios no están en creer que “el otro” es inferior, sino en ignorar, racionalizar o no dar importancia a todas estas barreras institucionales que están creando discriminación. Las clases medias acomodadas de Connecticut se ofenderían profundamente si les acusaras de racismo cuando se oponen a construir un bloque de pisos al lado de la estación de tren; ellos están preocupados por el tráfico, el carácter rural del pueblo o la falta de aparcamiento al lado de la farmacia. Su oposición, sin embargo, tiene efectos discriminatorios tremendos cuando se extiende a todo el Estado.

La moraleja para España (porque obviamente siempre hay moraleja para España) es que nunca debemos mirar a lo que dicen los políticos o incluso los votantes sobre discriminación; tenemos que mirar los resultados. Si en ciertas comunidades autónomas del país (digamos, una del noreste), determinados grupos sociales o lingüísticos (digamos castellanohablantes) tienen resultados sistemáticamente peores en las escuelas, ganan menos dinero y tienen peores indicadores sociales, es muy posible que las políticas públicas impulsadas por el gobierno regional tengan algo que ver, por mucho que insistan que son incluyentes y antirracistas. Quizás lo sean en abstracto, ciertamente, pero el resultado de sus decisiones políticas va en dirección contraria.

A todo esto, siempre que tengo algún conocido de algún Estado del sur de visita aquí, en Connecticut, obviamente lo primero que le enseño del Capitolio es la sala de banderas. Normalmente no se lo toman a mal.



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