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Jose Alejandro Vara

Opinión

Quim Torra: la metamorfosis del gusano amarillo

En diciembre del año pasado, Quim Torra era un perfecto desconocido, un don nadie, un semoviente sin atributos. Cinco meses después, para general sorpresa, fue elegido presidente de la Generalitat por personal antojo de Carles Puigdemont

El presidente de la Generalitat de Cataluña, Quim Torra (i), y el ex presidente catalán Carles Puigdemont (d)
El presidente de la Generalitat de Cataluña, Quim Torra (i), y el ex presidente catalán Carles Puigdemont (d) Efe

-Quién eres tú, le preguntó la oruga a Alicia.

-Pues verá usted, señor, yo no estoy muy segura de quién soy ahora, en este momento, pero al menos sí sé quién era cuando me levanté esta mañana; lo que pasa es que me parece que he sufrido varios cambios desde entonces…

-¿Qué es lo que quieres decir?

-Mucho me temo que no sepa explicarme a mí misma, respondió Alicia, pues no soy la que era... Cambiar tantas veces de tamaño en un solo día resulta muy desconcertante.

-No lo es, respondió la oruga.

-Bueno, quizás no se lo parezca. Pero cuando se haya transformado en una crisálida, y eso ha de pasarle algún día, y después cuando se convierta en una mariposa, ¿no cree que le parecerá todo muy extraño?

-En absoluto, sentenció la oruga.

('Alicia en el país de las maravillas'. Lewis Carrol)

En diciembre del pasado año, Quim Torra, que acababa de ser elegido diputado al Parlament, era un perfecto desconocido, un don nadie, un semoviente sin atributos. Una oruga corriente y moliente. Cinco meses después, para general sorpresa, fue elegido presidente de la Generalitat por personal antojo de Carles Puigdemont, fugitivo en Bruselas. La oruga había devenido en crisálida. Títere, valido, monigote, pelele, reina madre… le dijeron de todo. Una marioneta manejada en la distancia por Puigdemont, el héroe del ‘procés’, el mártir de la causa, el exiliado del 155.

Torra, prudente y astuto, no en vano creció en los jesuitas de Sarrià, dejaba hacer. ‘No hay más president que Puigdemont’, recitaba una y mil veces, con extraordinario candor, hasta producir el éxtasis de los secesionistas hiperventilados. Su acto de investidura y su toma de posesión fueron de una austeridad monacal. Ni fastos ni trompetería. La ceremonia de ‘entronización’ se despachó, en minuto y medio, en el discreto salón Virgen de Montserrat, ante la presencia de siete familiares, el titular de la Cámara y el secretario del Consell Executiu. Ni siquiera osó ceñirse al cuello la medalla del president. Las crisálidas se ocultan en su capullo, no gesticulan, no llaman la atención, apenas existen. Sabía bien su papel.

Proyecto de independencia

A todo esto, Puigdemont pululaba por Europa, y tras ser detenido en Alemania y allí exonerado del delito de rebelión, decidió instalarse nuevamente en su mansión de Waterloo desde donde diseña un minucioso calendario para relanzar su truncado proyecto de independencia. Conversa casi cada día con su valido del ‘Gobierno interior’ y lanza proclamas, vía tuit, contra el Rey, el Estado y la judicatura nacional. Un desahogo.

Imaginen la estampa. Torra, un don nadie, un advenedizo, un personaje ignoto hace tan sólo unos meses, se instala cada día entre la memoria de Macià y de Companys"

Su primer severo tropiezo fue la moción de censura. No consiguió controlar a tiempo a Marta Pascal, abducida por los socialistas, y los diputados convergentes en el Congreso apoyaron la consagración de Pedro Sánchez. No eran esos sus planes. Puigdemont necesitaba a Rajoy para mantener su estrategia de la confrontación permanente con el ‘bloque del 155’. Tampoco le agradó al fugitivo el apacible paseo de su valido por los jardines de la Moncloa. Asimismo torció el gesto cuando la comisión bilateral Estado-Generalitat no derivó en estropicio.

La crisálida, quedamente, iba haciendo. Cada vez más a su aire. Sigue sin ocupar el despacho del ‘president’ en el Palau de la Generalitat. Alterna sus horas de trabajo en dos recintos. Un despacho que da al Pati del Tarongers y otro, en la Casa dels Canonges, que fue del presidente Macià y que está presidido por la mesa de Companys. Nada menos. Imaginen la estampa. Torra, un don nadie, un advenedizo, un personaje ignoto hace tan sólo unos meses, se instala cada día entre la memoria de Macià y de Companys.

-¿Cuándo se mira al espejo ve a un presidente de la Generalitat?

-La primera vez que me veo como president es en una foto saliendo de la prisión de Soto del Real después de visitar a Jordi Cuixart y a Jordi Sánchez. Me doy cuenta de que aquel señor era yo, que era el presidente de la Generalitat y que salía de una prisión. Y pienso: “¡Qué fuerte todo!”.

“Salía de prisión”, dice. Más Companys, más historia, más mitomanía de todo a cien.

Todo un 'president', como Companys, como Macià. "¿Y no se siente algo extraño?", le preguntaría Alicia. “En absoluto”, respondería. ¡Qué fuerte todo!"

La extraña crisálida, que iba para calientasillas, para puro elemento de atrezzo, se ha convertido ya en mariposa. Amarilla, por más señas. El anónimo diputado de hace seis meses ya es todo un ‘president’. Sin disfraces ni disimulos. Seis meses le ha llevado consumar la metamorfosis. Seis meses de sí señor, de inclinar la cerviz, de asentir, de hacer teatro. Una fulgurante carrera. De tiralevitas del pasmado de Xavier Trias a la cúspide de la Generalitat. Necesitó tan sólo una temporada en el museo del Born, una pasadita por la ANC y una presidencia interina en Ómnium. Ese es su currículum patriótico.

Torra ya se ve ‘president’. La oruga, más bien gusano en este caso, ya ha salido del capullo y no esconde sus alas. Todo un ‘president’, como Companys, como Macià. “¿Y no se siente algo extraño?”, le preguntaría Alicia. “En absoluto”, respondería. ¡Qué fuerte todo!

Y, a diferencia del palurdo de Puigdemont, este tipo, racista, supremacista, sectario, fieramente independentista, este Torra, como auguró Miquel González, sí que proclamará la república. Cuidado con los gusanos amarillos.



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