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Miquel Giménez

Opinión

Puigdemont y el plato de lentejas

Ya no se trata de república, independencia, el mandato popular o cualquier otra fantasmagoría. El separatismo ha bajado mucho su precio: se vende por la foto de una reunión

Carles Puigdemont y Pedro Sánchez, en su primera reunión en el Palau de la Generalitat, en marzo de 2016
Carles Puigdemont y Pedro Sánchez, en su primera reunión en el Palau de la Generalitat, en marzo de 2016 EFE

Son como esas viejas glorias de la prensa del corazón. Para mantener su caché en circulación han de vender exclusivas al precio que sea. Con sus cuerpos cargados de bótox político, y habiendo pasado por el quirófano de las reinvenciones de siglas una y otra vez, los neoconvergentes de Carles Puigdemont tienen urgencia en seguir apareciendo como los grandes protagonistas del culebrón separatista. Toca sesión de fotos, ese posado falso que sustituye en nuestra civilización al acuerdo serio en no pocas ocasiones. Todo es imagen y nada es razón.

El fugado de Waterloo, que sabe que su peso en la política catalán es cada vez menor, se ha sacado de la manga un par de trucos de magia recreativa, en un desesperado intento para recobrar su preponderancia. Por un lado, la huelga de guiñol protagonizada por sus hombres de confianza Jordi Sánchez y Jordi Turull y, por otro, pactar con Pedro Sánchez una reunión de igual a igual entre el gobierno de la nación y el de la Generalitat. El objetivo sería escenificar que la relación entre ambos es de carácter bilateral, abundando así en la imagen de dos naciones, dos estados, dos modelos, dos realidades distintas, Cataluña y España. A los separatistas puigdemontianos no les basta con que el presidente del gobierno haya expresado su deseo de verse con Torra en Barcelona, aprovechando el congreso de ministros del 21 que ha de celebrarse en la capital catalana. Les parece poco una foto de ambos. Quieren una mesa larga, con dos bandos, uno a cada lado, y dos banderas. Que dicha concentración de eminencias no pueda significar cosa relevante alguna les da lo mismo. Desde su gatillazo de hace un año, nada de esa categoría se ha producido entre los de la estelada. Están instalados en el golpe de efecto, la improvisación, la mentira constante, el hacer ver a sus seguidores que se mantienen firmes, el victimismo más sentimentaloide y, claro está, la escenificación, el teatrillo. Buscan esa foto para poder decirles a los suyos ¿ven ustedes?, el President Torra se reúne con el pérfido gobierno español y estos aceptan porque nos temen. Nos los imaginamos soltando un discursito tipo “No somos una autonomía, somos un estado en ciernes y las reuniones con España han de ser de tú a tú, bilaterales” y todo el rollo habitual que sueltan en estas ocasiones. Lo más triste es que, caso de producirse tal situación, la mayoría de los intoxicados seguidores de esa secta amarilla se lo creerían.

Es por eso que la petición de Puigdemont no es ninguna tontería, al menos bajo su punto de vista. Con las calles repletas de funcionarios quejándose de lo golfos que son los timoneles que nos llevan hacia la patria independiente, y con los juicios a los separatistas más cerca que lejos, les urge mover ficha. Pero, para que el PSOE acepte esa foto, tendrán que pagar algo, porque nada es gratis en la vida y menos en política. ¿Qué se imaginan que ofrece el fugado a cambio? Nada más y nada menos que dar su apoyo a los presupuestos que Sánchez precisa sacar adelante como agua de mayo.

El gran muñidor de ese posible pacto, al que bien podríamos adjetivar como el de Instagram, más que nada por el carácter fotográfico del mismo, no es otro que Pablo Iglesias que, a pesar de su rojez, ha hecho suyo el principio cristiano de “Ayúdate, que te ayudaré”. Haciendo las veces de correveidile entre Moncloa y Waterloo, pretende afianzar su posición de socio seguro para los socialistas y de un aliado importante para los separatistas en Cataluña. Aquí el que no corre, vuela.

Lo suyo es puro Sálvame y, además, de luxe, porque sus horteradas, sus cobardías, sus postureos no salen carísimos a todos. Tanto hablar de sacrificios, de heroicidades, de que el mundo nos miraba y ya ven, Puigdemont se vende por un plato de lentejas en forma de reportaje, como si contratase a Sánchez de fotógrafo de bodas, bautizos y comuniones.

En esta revista del corazón, higadillos y asaduras en la que los ignorantes han convertido la vida política catalana – y la española, añadimos -, todo vale, porque lo que importa no son los contenidos, sino el continente, los santos, que decíamos antes, las imágenes retocadas una y mil veces con el Photoshop de lo políticamente correcto, los spin doctors de a peseta el kilo y las manías de los líderes de turno. Da lo mismo que la República enseñe las tetas, que haya un titular en el que se afirme que el separatismo y el socialismo están liados desde hace meses, o que se publique que la ex Convergencia ha vuelto a operarse de cambio de sexo. Todo es pornografía del intelecto, puro reduccionismo ideológico solo apto para quienes desean atracarse de su ración diaria de fast food político.

Bien mirado, estaría muy bien que la foto de marras acabase produciéndose, porque no dejaría de ser una constatación más de la profunda decadencia en la que ha venido a parar nuestro sistema, de una perversidad tal que eleva a los mediocres y hunde a los válidos. De la misma manera que sería inútil que ustedes buscasen un programa de literatura en Tele 5, no intenten hallar algo de raciocinio, de ética, de altura intelectual en la política de ahora.

Lo suyo es puro Sálvame y, además, de luxe, porque sus horteradas, sus cobardías, sus postureos no salen carísimos a todos. Tanto hablar de sacrificios, de heroicidades, de que el mundo nos miraba y ya ven, Puigdemont se vende por un plato de lentejas en forma de reportaje, como si contratase a Sánchez de fotógrafo de bodas, bautizos y comuniones. Que también tiene tela el asunto.

Qué pena de país.

Miquel Giménez



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