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Miquel Giménez

Opinión

Puigdemont se estrella contra la realidad en Alemania

El expresidente catalán, Carles Puigdemont
El expresidente catalán, Carles Puigdemont EFE

Wir werden Euch zeigen, was Gerechtigkeit ist”, dicen los profesionales del derecho alemán, lo que significa, más o menos, “nosotros te enseñaremos algo de justicia”. Eso mismo está experimentando el ex President de la Generalitat. Creyó estar por encima de la ley catalana, la española e incluso la europea. Ahora llega el momento de enfrentarse a la realidad.

No es país para Puigdemont

Si hay un lugar que Carles Puigdemont no debería haber pisado jamás es Alemania. El respeto que sienten sus ciudadanos por el Estado de Derecho es proverbial. Solo hay que fijarse en una cosa: en la política alemana no existe ningún partido que tenga como fin destruirlo. Si acaso reformarlo, cambiarlo, darle un sentido u otro, pero decir abiertamente que se desea destrozarlo, y ya no digamos trocearlo, imposible. En primer lugar, porque las leyes de la República Alemana lo impiden de manera categórica. En segundo, porque tal cosa no se concibe por parte de ningún dirigente de allí, dando igual que sea de extrema izquierda o de extrema derecha. El ADN de los alemanes lleva inserto en el mismo una secular idea de que, fuera de la ley, solo existe la jungla. Debido a su terrible historia han sabido añadir otra consideración: a la ley debe de ir unida una cierta idea de moralidad. Sin ella, la ley es algo frío. De ahí que los alemanes se obliguen a cumplirla como un imperativo moral, más que como obligación.

Ordnung ist das halbe Leben, el orden, la ley, es la sal de la vida dicen. Con esas premisas, sabiendo que el delito de alta traición, asimilable perfectamente al español de rebelión o sedición, la persona que convenció a Puigdemont para escapar en automóvil de Finlandia y dirigirse a Bélgica atravesando Dinamarca y Alemania, le hizo un flaco favor. El ex presidente y su entorno han pecado en este caso de arrogancia, despreciando a España, sí, pero también a sus servicios policiales y de inteligencia. Hemos escuchado en no pocas ocasiones a independentistas destacados referirse al CNI como unos vulgares Pepe Gotera y Otilio, en el sentido de chapuceros, ineptos, como si fuesen unos esbirros zafios, brutos e ignorantes.

Está claro que el movimiento separatista ignora todo o casi todo acerca de como funciona un estado de derecho en Europa, pero un fallo tan garrafal, tan, si me lo permiten, digno de esos Pepe Gotera y Otilio que tanto han usado, es digno de entrar en el Guinness de la estupidez. ¿Creía el fugado que podía ir y venir a su antojo como si fuese un simple viajante de comercio, y que en esa Europa a la que critican o alaban según les va, nadie haría caso de los requerimientos judiciales? ¿Quién puede hacer caso del gobierno español, de esa España atrasada, casposa, anacrónica?, se decían. Pues ya lo ven, Alemania, sin ir más lejos. Porque la tierra de Frau Merkel no es la blandita Bélgica, un país que, tras padecer los horribles atentados yihadistas, tuvo que modificar sus leyes porque, por ejemplo, no se podía detener a nadie pasadas las nueve de la noche.

Lo que pasa es que, en el país de Goethe y Schiller, se contempla al imperio de la ley, al orden democrático, como un bien supremo. Ellos pueden decirlo con total conocimiento de causa, tras haber padecido la terrible tiranía del nacionalsocialismo o la no menos horrible dictadura comunista. Conocen el paño"

Y no es que en Alemania sean más duros que, pongamos por caso, Francia o Italia, países que se muestran tan severos o más que ella en materia de secesión. Lo que pasa es que, en el país de Goethe y Schiller, se contempla al imperio de la ley, al orden democrático, como un bien supremo. Ellos pueden decirlo con total conocimiento de causa, tras haber padecido la terrible tiranía del nacionalsocialismo o la no menos horrible dictadura comunista. Conocen el paño.

Puigdemont ha sido tonto, muy tonto, fatuo, engreído y vanidoso. Se le han subido los humos, creyéndose una especie de agente secreto que burla una y otra vez a sus enemigos atravesando fronteras, huyendo de la justicia a Bélgica, a Dinamarca, a Suiza, a Finlandia. Pero, como dice el poema “my dear guy, hasta aquí nomás llegaste”. Ahora pretende que le concedan asilo político. Esa una demostración más de su inmensa tontería, de que tan solo es un vulgar delincuente sin dos dedos de frente. Lo más triste no es que se le aplique la ley como a cualquier hijo de vecino. Lo preocupante es que ha prendido la mecha, el y los suyos, de un polvorín que está empezando a estallar. A ellos les da igual. No les pillará en la calle.

Se acabaron las sonrisas

Mientras Puigdemont pasará la noche en la prisión de Neumünster, cortesía de la BKA, la policía criminal alemana, el BND, el servicio de inteligencia alemán, y nuestra Comisaría General de Información y el CNI, en Cataluña las cosas han dejado de ser tan bonitas y festivas como siempre nos las han pintado los separatistas.

Al juez Llarena le ha hecho pintadas amenazadoras ante la casa que tiene en Dax la organización Arran, vinculada a las CUP. El mismo Consejo General del Poder Judicial reaccionaba rápidamente ante tal cosa en un escrito en el que dejaba clara su preocupación, manifestando su absoluta repulsa y solicitando al Ministerio del Interior que disponga las medidas oportunas para la protección del magistrado y de su familia. ¿Se plantea alguien la ilegalización de esta nueva Batasuna? No. Así están las cosas.

Los asaltos y pintadas a sedes de partidos constitucionalistas se han multiplicado. Las baladronadas en las redes sociales han experimentado un aumento astronómico. Los que se manifiestan en las calles dicen textualmente a los Mossos “¡Hijos de puta, os vamos a matar a todos!”. El clima de violencia social, en fin, se ha disparado. Lo decía un colaborador de TV3 que ya se hizo famoso por disparar a una fotografía de Don Juan Carlos. “Las sonrisas se han acabado”.

Lo decía un colaborador de TV3 que ya se hizo famoso por disparar a una fotografía de Don Juan Carlos. “Las sonrisas se han acabado”"

En Barcelona hay enfrentamientos callejeros. Los Mossos aguantan porque nadie les ha dado la orden de disolver, solo la de contener a los exaltados que les arrojan objetos, pintura, les insultan. Es la vieja táctica de siempre: la primera fila de manifestantes levanta las manos en son de paz, mientras que la tercera y cuarta es la que lanza piedras, cojinetes, lo que sea. Todos van con sus teléfonos móviles grabando a la fuerza pública, para después, si consiguen identificarlos, hacer públicos sus nombres. Pero no pasa nada.

A Puigdemont se le juzgará, como al resto de su gobierno, por querer alzarse contra el estado democrático. De eso no cabe ninguna duda. Pero existen delitos que aún no se han cometido, delitos contra la propiedad, contra la integridad física de las personas, delitos de agresión y, Dios no lo quiera, lesiones graves, de los que debería ser también imputado cuando se produzcan. Porque tanto él como los suyos son los autores intelectuales de lo que está pasando en Cataluña. La violencia de ahora es hija de sus mentiras, de sus ansias de convertirse en unos Napoleones subidos en un taburete, de pasar a la historia como los Bolívares catalanes, cuando ni siquiera llegaban a cabos chusqueros. Una sinrazón que nos ha llevado a esta grave distorsión de la política, del combate legítimo de las ideas, de la convivencia social.

Lo que pase a partir de ahora solo puede tener un nombre, y es el de kale borroka"

Las CUP ya andan pidiendo una huelga de país, de esas en las que se emplean a niños para cortar carreteras y autopistas. Hoy mismo se han producido situaciones similares en varias localidades catalanas. Lo que pase a partir de ahora solo puede tener un nombre, y es el de kale borroka. No puede calificarse otra forma, y como tal debe tratarse por parte de las autoridades. Ya no se trata de contemporizar con los que incendian containers o arrojan piedras. Vivimos un fenómeno de violencia callejera muy preocupante, y no me refiero tan solo a la catalana. Vean ustedes Lavapiés, sin ir más lejos, y entenderán que detrás de todo esto existe una intención muy concreta.

La realidad, ese muro contra el que se han estrellado Puigdemont y los suyos, debería ser para la gente de bien un norte y no un objeto contra el que acabar chocando por evitar mirar en su dirección. O eso, o tocará irse a Alemania, país en el que la ley tiene todavía un cierto sentido para sus gentes. Porque a ellos, créanme, lo del proceso les hubiera durado un segundo. Miren la Baader Meinhof.

Miquel Giménez



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