Opinión

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Mas, a su llegada a la sala de prensa del PDeCAT
Mas, a su llegada a la sala de prensa del PDeCAT efe

Convergencia ha perdido el último partido. La dimisión de Artur Mas como presidente del PDeCAT firma el acta de defunción del partido de Jordi Pujol.

“Con los votos que tenemos no se puede acelerar la independencia”

Palabras dichas por Artur Mas en la reunión que mantuvo este pasado lunes con la ejecutiva del PDeCAT. Alguien las filtró a los medios de comunicación y son una muestra más del enorme desacuerdo que ha presidido hasta ahora las relaciones entre la vieja guardia convergente y los nuevos cachorros encabezados por Carles Puigdemont. El tira y afloja que ha desembocado en la dimisión del ex president lo pone de manifiesto. Si Oriol Junqueras y el fugado de Bruselas andan a la greña para ver quién se queda con el cargo de Molt Honorable, no es menos cierto que en el partido de Mas y Puigdemont malconviven dos visiones de la jugada política totalmente diferentes.

“La rueda de prensa ha sido un torpedo en la línea de flotación de los radicales secesionistas”, nos confesaba un estrecho colaborador de Mas. Es así. Hace justo dos años - el propio ex president nos lo recordaba por si acaso se nos había olvidado - que daba un paso al lado para facilitar la elección de Puigdemont, después de recibir el veto por parte de las CUP que querían, sic, “arrojar a Mas a la papelera de la historia”. Irónico, nervioso en algunas ocasiones, enfadado en otras, como cuando un viejo amigo y gran periodista le ha preguntado por el legado que dejaba, Artur Mas ha querido morir matando. Après de moi, le dèluge. Sus explicaciones, empero, han sonado falsas, tópicas, cargadas de lugares comunes, pero, leyendo entre líneas, se podía entrever el enorme cabreo que mantiene con la línea de actuación de Puigddemont. Eso no hay quien lo pare, Delenda est Convergencia.

La insistencia con la que se ha expresado acerca de lo bueno que es saber apartarse a tiempo para no convertirse en un estorbo es una sonora bofetada en la cara del cesado president. Con maneras exquisitas, e insistiendo siempre que no pretendía darle lecciones a nadie, y menos al que designó como su sucesor, Mas repetía una y otra vez que jamás discutiría las decisiones de este, aunque no las compartiera. “Yo tengo mi opinión, claro, que no ha sido ni es siempre coincidente, pero nunca la haré pública”, afirmaba con una media sonrisa. Es sintomático que el mismo día en que el de Bruselas se aceptaba la credencial como diputado al Parlament, su mentor político aparezca en la palestra para decir que primero es el país, luego el partido y, finalmente, las personas.

En Bruselas ha caído como un jarro de agua fría lo dicho por Mas. Cierto es que el caso Palau, del que se conocerá la sentencia el próximo lunes, en el que Convergencia está acusada de recibir más de seis millones de euros ilegalmente provenientes de Ferrovial a través de la fundación del Palau de la Música Catalana – sí, ese mismo Palau en el que hace nada se organizó un concierto de Año Nuevo en el que todos los participantes, niños incluidos, llevaban visiblemente lazos amarillos – ha debido influir en la decisión de Mas, como también es verdad que los tres procesos que mantiene abiertos el ex president por su intervención en los dos pseudo referéndums independentistas pueden costarle la inhabilitación, el embargo de sus bienes y más cosas. Que el calendario judicial al que se enfrentan Mas y los ex convergentes es terrible es cosa bien sabida y no es para nada un tema menor a la hora de apartase del foco para despistar a la gente.

Lo que estamos presenciando es algo más: es un pulso entre el nacionalismo pactista, comisionista y chamarilero contra sus hijos radicales, insensatos y ajenos a toda razón"

Ahora bien, lo que estamos presenciando es algo más: es un pulso entre el nacionalismo pactista, comisionista y chamarilero contra sus hijos radicales, insensatos y ajenos a toda razón. Difícil dilema, o los corruptos o los locos.

Artur Mas, el astuto

Lo que deja Mas detrás de si, lo adorne como lo adorne, es un panorama para después de la batalla. Su partido, Convergencia, que llegó a disponer de cómodas mayorías absolutas en los tiempos de Pujol, ha quedado reducido a unas pocas decenas de diputados; ha tenido que cambiar de marca – dice que es el terrible precio que pagó Convergencia a causa de los escándalos de corrupción, ¡como si fuese suficiente! -, ha visto como los empresarios, esos en los que siempre se apoyaron, han huido de Cataluña, en fin, de ser el partido win-win y el gobierno de los mejores del que tanto se jactaban, han pasado a ser la segunda fuerza política catalana, por detrás de Ciudadanos.

Cuando algunos lo apodaban el astuto no cayeron en la ironía del apodo. En cierta ocasión en la que coincidimos en un programa televisivo – por aquel tiempo yo aún creía que la independencia podía ser una fórmula para lograr los cambios sociales que se necesitaban en medio de una crisis económica terrible – me quedé helado al comprobar como sus respuestas eran lo más parecido a la profesión de fe de un franciscano ante la posibilidad de ser ingerido por una tribu de caníbales. “Cuando el PP vea que tiene que pactar con nosotros en el Congreso, ya verá como nos hacen caso”. “Bueno – le decía servidor – pero ¿y si no precisan de esos votos?” “Los precisarán”. Esa era toda la astucia que exhibía, apoyada por los consejos estrambóticos de sus asesores. ¡Cuanto daño ha hecho David Madí!

Tiene el ahora ya apartado de la escena política de primer orden Artur Mas algo de niño sabihondo que le discute al catedrático el suspenso del examen. Sigue con más orgullo que Don Rodrigo en la horca. En la rueda de prensa no había ni un ápice de autocrítica, ni un solo reconocimiento de error, nada que no fuese incienso hacia su propia persona y el proyecto convergente. Su astucia no supo ir más allá del tacticismo y la propaganda para, cuando vio que el experimento se le había ido de las manos, intentar ponerle freno sin el menor éxito.

Empeñado en pasar a los libros como el mesías que condujo a Cataluña a la independencia, quedará solo como una escueta nota a pie de página"

Puigdemont le salió respondón, igual que las CUP, igual que aquella Esquerra que tan dócil se mostraba ante el cuando firmó la convocatoria de la consulta del 9 de noviembre del 2014. Las jornadas históricas, qué tremenda burla, se han ido diluyendo una tras otra, quedando para la posteridad como único evento destacable el día en el que el delfín de los Pujol tuvo que abandonar el último resquicio de poder que le restaba.

Dice que ahora debe concentrarse en los juicios que tiene pendientes, que entiende que dimitir favorece al proyecto de Junts per Catalunya y el PDeCAT, pero suena a las últimas consignas de alguien tan cansado que apenas tiene fuerzas para pronunciarlas. Porque Mas está cansado. Cansado de fracasar una y otra vez, de haber sido el culpable de dinamitar su propia formación política y de ser quien ha metido a Cataluña en este tremendo embrollo del que no será fácil salir.

Empeñado en pasar a los libros como el mesías que condujo a Cataluña a la independencia, quedará solo como una escueta nota a pie de página. En eso, y en muchas otras cosas, coincide con su rival Puigdemont. Su afán de protagonismo, su cesaropapismo, son síntomas comunes entre los nacionalistas. El de Jordi Pujol sabemos cómo terminó, confesando que era un defraudador. Todos pretenden que se erijan enormes monumentos como recordatorio de su inmenso trabajo en favor del país. Las numerosas placas que salpican ambulatorios, escuelas y cualquier tipo de centro cívico catalán en la que se puede leer que Pujol los inauguró dan buena prueba de ese rasgo caracterial.

Pero la diosa Clío es inmisericorde, colocando a cada uno en su sitio. Mas podía haber realizado en la rueda de prensa un acto honesto y sublime, asumiendo su responsabilidad, reconociendo sus yerros. No lo ha hecho, limitándose a orientar sus palabras hacia una reyerta interna de partido, reyerta tabernaria, como todas las de cualquier formación política y que nunca van más allá del quítate tú que me pongo yo.

Ahora deja la presidencia del PDeCAT igual que antes hizo con la de la Generalitat. Pues qué bien. Podría haberlo antes, hace años, y todo eso que nos habríamos ahorrado los catalanes. De momento, el marcador está en Puigdemont 1, Artur Mas 0. Seguimos.

Miquel Giménez



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