Señalaba Claudio Magris que la verdad sobre los misterios, sobre todos los delictivos, de la vida pública se conoce sólo cuando deja de tener importancia alguna en la lucha política, cuando ya no puede ser usada. Así ha sido también en este caso, al anunciar el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el cese cantado de Salvador Illa en la cartera de Sanidad, donde le releva Carolina Darias, de denominación de origen canario que fungía hasta ahora como ministra de Política Territorial, y al mismo tiempo designa a Miquel Iceta, secretario general del PSC desde 2014, para cubrir la vacante surgida en dicha cartera. Por esta vez -pese al gusto probado por salir a los medios para dar de preguntar a los periodistas- el formato preferido ha sido el de comparecencia sin preguntas. Dado que “no conocemos la realidad, sino sólo la realidad sometida a nuestro modo de interrogarla” como aprendimos de Heisenberg, la conclusión es que nos hemos quedado in albis. A título de ejemplo sigue una serie de cuestiones que hubiera interesado plantear:

1.- ¿Cuándo y con qué formalidad despachó Pedro Sánchez el cese y las designaciones, que ahora anuncia, con el Rey Felipe VI a quien corresponde, a tenor del artículo 62 e) de la Constitución, “Nombrar y separar a los miembros del Gobierno, a propuesta de su Presidente”?

2.- ¿Cuándo se reunió por última vez la comisión de control bipartito, del PSOE y Unidas Podemos, acordada en el pacto de coalición con el fin de que ambas partes se vigilaran y analizaran el grado de cumplimiento de los compromisos adquiridos?

3.- ¿Qué queda de las firmes promesas alzadas al cielo por los ministros al tomar posesión que les obligaban a “guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado con fidelidad al Rey” y a “mantener el secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros”?

4.- ¿Cuántas guerras abiertas enfrentan al vicepresidente segundo y sus gomeres con la vicepresidenta primera, con la tercera, con la cuarta y con quienes están al frente de las carteras de Exteriores, Defensa, Hacienda o Seguridad Social, por ejemplo?

5.- ¿Puede seguir sosteniendo el presidente, como aseguró en aquella rendición de cuentas -donde exhibía un 23,4% de cumplimiento con la garantía de unos sabios profesores elegidos a capricho-, que “en el Gobierno hay muchas voces, pero una sola palabra: la del Boletín Oficial del Estado”?

6.- ¿Tiene sentido que en tiempos de pandemia en los que se imponen privaciones espartanas se mantenga intacto el gobierno con más carteras muchas de las cuales se han probado innecesarias, aplazando su debida reducción?

7.- ¿Qué autoridad internacional le resta a un Gobierno cuyo vicepresidente califica de exiliado a un prófugo de la justicia que el Estado pugna porque sea extraditado para responder de sus delitos ante la Justicia?

Como escribió un buen amigo periodista “vivimos momentos oscuros con la corrupción rampante en los que, además, la calidad del cielo nocturno, es decir el acceso a la luz de las estrellas, se está deteriorando y haciendo que su contemplación sea cada vez más difícil. Así que la pérdida de nitidez de la noche amenaza la continuidad de las observaciones astronómicas y también la instrucción de los procesos penales. Por eso, la urgencia de proteger los cielos nocturnos de la intrusión de la luz artificial si queremos salvar el legado de la luz de las estrellas. Es inaplazable erigir la contemplación del firmamento nocturno en derecho inalienable de la Humanidad, impulsar el control de la contaminación lumínica, optar por el uso racional de la iluminación artificial y extremar el cuidado de los ámbitos acotados para la observación astronómica y la depuración de responsabilidades.

Cuestión distinta es la de averiguar si el método de asalto a los cielos, que propusieron algunos de nuestros líderes en sus incesantes apariciones mediáticas, supone una contaminación lumínica perniciosa como, con cuatro años de retraso, han terminado averiguando los medios norteamericanos que estuvieron siguiendo a Donald Trump aduciendo que daba espectáculo y que las audiencias lo premiaban. Y reconozcamos con Ferlosio (Campo de retamas. Literatura Random House. Barcelona, 2015) que “es un error pensar que hacen falta muy malos sentimientos para aceptar o perpetrar los hechos más sañudos: basta el convencimiento de tener razón”. Y si Salvador Illa elude dar explicaciones se las pediremos al maestro armero. Vale.