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Rafael Jiménez Asensio

Opinión

Prolongar la agonía: contra la (mala) política

Los malos políticos, que nada resuelven, no merecen dedicarse a ese digno oficio, menos aún a que se les preste tanta atención mediática

Archivo. El presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, y el entonces 'president' de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont.
Archivo. El presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, y el entonces 'president' de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont. EFE

El escalofrío otoñal, tan típicamente barcelonés, es la primera sensación del cambio de tiempo” (Josep Pla, El cuaderno gris, Destino, 2001, p. 782)

¿Hasta qué punto el derecho (como doctrina de las bases y de los fines de la política democrática) puede someter a la política? He aquí una cuestión que está destinada a alimentar por un buen tiempo la reflexión” (Marcel Gauchet, La condition politique, Gallimard, París, 2005, p. 533)

No se puede decir la verdad, porque molesta. Aunque hay evidencias que no pueden orillarse, por mucho que se pretenda. Enrocarse puede estar muy bien en el juego de ajedrez, que está también vinculado a los orígenes de la inteligencia artificial, pero en política es mala solución. La inteligencia política es otra cosa. Lo primero en política, además de tener proyecto, es ser serios y no payasos o leguleyos. Son estas últimas profesiones dignas, pero nunca adecuadas para gobernar, menos aún la complejidad. El circo en política o el escaparate de los tribunales cotizan alto en las redes sociales y, más aun, cuando lo viral es dominante. Pero eso es espectáculo, no política. Tampoco Derecho. Y pronto pasa alta factura al pueblo que padece tales actitudes, también a quien las promueve.

La política requiere un mínimo de seriedad. Y algo tan obvio al parecer a algunos les cuesta. En efecto, hay políticos con discapacidad absoluta para tal menester. La política se puede vivir como fantasía o como proyecto. La primera opción siempre se da de bruces con el muro de la realidad. La prestidigitación combina mal con la política. Tampoco es razonable usar las instituciones como un kleenex.

Lo primero en política, además de tener proyecto, es ser serios y no payasos o leguleyos. Son estas últimas profesiones dignas, pero nunca adecuadas para gobernar"

En política no se puede fallar a la palabra e ir de ocurrente y manipulador, por mucho que se utilicen todos los trucos digitales o marrullerías habidas y por haber, aunque algunas veces se vuelvan en contra cuando el móvil (o su dueño) “se despista”, aunque luego le importe un “comino”. Tampoco se puede ir de Tancredo y endilgar tristemente los asuntos políticos a los jueces. Solo en ocasiones excepcionales el poder judicial debe jugar su inevitable rol político, que lo tiene. Pero el foro habitual para hacer política es otro y los actores también. Las actitudes manipuladoras desgastan las instituciones. Las tramposas o astutas, si no esperpénticas, elevan la factura. Como decía Madame de Stäel, “recurrir a la astucia únicamente genera desconfianza en los gobiernos representativos”. Y de inmediato viene la pérdida de respeto. Primero a las personas, luego a los partidos y después a los pueblos o a los Estados. Seriedad no es ser huidizo o ponerse de perfil. Es otra cosa. Más en política.

Pascal hace más de tres siglos decía que la política es “un hospital de locos”. Cabe preguntarse qué diría ahora con la que está cayendo. El esperpento es la moneda corriente en este mercado político bastardeado hasta el infinito, aunque con gente alineada inamoviblemente en ambos lados. La hija de Necker lo expresó una vez más de forma inigualable: “El gran error de los hombres apasionados por la política es atribuir toda clase de vicios y bajezas a sus adversarios”.

Pues nada, a seguir con la monserga. A continuar banalizando las situaciones de excepción por parte de unos, mientras que otros echan mano hasta la náusea de la hipérbole represiva. En honor a la verdad, la excepción (que no la represión) cohabita últimamente con nosotros, mordiendo la normalidad constitucional hasta destruirla imperceptiblemente. No puede haber normalidad institucional cuando ni los actores ni las instituciones actúan normalmente, cuando no se hace política ni se gobierna, cuando solo se piensa en clave esencial o electoral. Nadie legisla, nadie ejecuta y solo se (mal) juzga. No hay poderes: están de vacaciones. Y se han ido juntos, que no separados. El pergamino constitucional lo están devorando primero los roedores políticos de la periferia y, más tarde, los del centro. La excepción constitucional es la quiebra de la Constitución admitida por ella misma basada en una quiebra precedente anterior que le da entrada. Cada quiebra tiene su relato. Y sus altavoces, siempre listos.

Una vez más se agitan el código y las togas como espantapájaros, poco efectivos para mover voluntades o coser pueblos rotos"

Una orquesta desafinada nunca puede ser un grupo armónico, menos aún dar lecciones de integración. Y en eso estamos, volviendo a tocar sin orden ni concierto. Así no hay partitura que aguante. Fracaso estrepitoso de la mala política, de la barcelonesa y de la madrileña, ambas incompetentes. Vayan, por tanto, armándose de paciencia, que este lío tal vez no ha venido para quedarse, pero sí para estar un buen tiempo entre nosotros. Las noticias cansan, cuando no agotan. Ahora, por ejemplo, alguno se saca de la chistera el Ejecutivo bicéfalo: una suerte de presidencia drag queen, tras el fracaso estrepitoso del Directorio. De nuevo a retorcer las reglas, enésimo e inútil intento. Y, en la otra orilla, una vez más agitan el código y las togas como espantapájaros, poco efectivos para mover voluntades o coser pueblos rotos.

Ante una mala clase política incapaz de pactar nada (“cintura de hormigón”) y embozada en su bandera, que cuando así actúa se niega a sí misma y muestra su impotencia, poco puede hacer una ciudadanía desorientada: esperar que la buena política entre en escena, proponga y pacte.

Gobernar se ha convertido en un verbo que nadie sabe conjugar, ni aquí ni allí. Y conforme huele a elecciones, el gobierno enmudece y se paraliza. Gobernar es tomar decisiones, actuar, hacer. La anomia gubernamental pasa factura carísima. ¿En qué país vive ese conjunto de malos políticos subsidiados por nóminas públicas, precisamente no escasas? No hacen, deshacen. La política como negación. Somos, sin embargo, conscientes de la inservibilidad absoluta de esa mala política, pues nada resuelve, a pesar de los minutos, horas o días que consume en pantallas, papeles u ondas radiofónicas. Cuánto tiempo y dinero perdido, cuántas personas analizando banalidades o especulando sobre intenciones. Mientras tanto, el país aplaza sine die sus problemas. Hace uso de su verbo preferido: procrastinar. Lo ha sugerido recientemente Luc Ferry: “que nuestros políticos (…) hagan el esfuerzo de formarse, de invertir tiempo e inteligencia en comprender el mundo venidero en lugar de contentarse, como es todavía el caso, con los debates del siglo XIX” (La revolución transhumanista, Alianza, 2017).

Ante una mala clase política incapaz de pactar nada, con cintura de hormigón, embozada en la bandera y que muestra su impotencia, poco puede hacer una ciudadanía desorientada"

Vender humo es muy fácil, transformarlo en algo visible o tangible más complejo. El entusiasmo, como decía Emerson, es un bien efímero. Y el tiempo se está agotando. Luego viene el duelo o la frustración enquistada. Y en ello más temprano que tarde se entrará, si no se ha entrado ya. Quedarán rescoldos del espectacular fuego que amenazaba con abrasarnos, pero que al final no se consumó, al menos de momento. A pesar de algunos, que en uno y otro lado han puesto no poco empeño. Fracasados, es la palabra que les une. Malos políticos, pues nada resuelven. No merecen dedicarse a ese digno oficio, menos aún a que se les preste tanta atención mediática. El daño ya está hecho. Y habrá que pagar el peaje. Nada barato, por cierto.


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