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Javier López-Astilleros

Opinión

Prohibido tocar el laúd

Para los lunáticos saudíes el periodismo es una forma de intermediación extremadamente molesta, de ahí que hayan sido capaces de torturar y asesinar a Yamal Kashogui en su propio consulado de Estambul

Jamal Khashoggi.
Jamal Khashoggi. EFE

Una ejecutiva de un banco saudí ha demandado a su propia familia porque la impiden casarse con su novio. Y ha perdido el juicio. Al parecer, su prometido tocaba el laúd, lo que parece que es señal de inferioridad y mala reputación para la familia de esta mujer.

En su país, algunos hombres de la familia tienen el estatuto legal de guardianes de las féminas, y pueden oponerse al matrimonio.

Es cierto que la primera impresión -superficial- causa indignación. Pero nuestra percepción general sobre los chicos del turbante es negativa, porque se trata de un país bárbaro lleno de incompetentes.

Es importante detenerse en lo que realmente hay detrás de este tipo de presiones sociales, y que implicaciones tiene. Porque esto no es más que el resultado de un conjunto mucho más amplio y profundo que atraviesa los tiempos.

Señalaba el gran Ibn Rusd (Averroes) que “quien niegue el efecto de las causas o sus resultados, niega también la filosofía y todas las ciencias. Porque la ciencia es el conocimiento de las cosas por sus causas, mientras que la filosofía es el saber de las causas ocultas”. Estaba haciendo una crítica a Al Gazali y los asharíes, sus enemigos declarados. Pero esta crítica es perfectamente actual.

Eliminar todas las causas intermedias tiene importantes consecuencias. En sus aspectos más extremos, ya vemos los resultados en países intervenidos como Siria o Irak. Hay que  dinamitar los mausoleos, cercenar la libertad de culto, volar las cúpulas milenarias, vender las ruinas turísticas, y proscribir los bares y los cafetines a la clandestinidad. Hay un componente de acabar con toda intermediación, y por otro lado una pátina moralizante.

Y por supuesto limitar en todo lo posible la libertad de la mujer. La creatividad inspira poca confianza, y genera mala reputación.

La diferencia de renta entre los estados del Golfo y el Norte de África es abismal, y eso se traduce en una primacía ideológica irresistible

Pero nada se interpone en el camino de los puros, ni siquiera los cementerios o los mausoleos. De hecho tienen especial predilección por los lugares donde descansan los muertos. Cualquier señal de diferenciación es una herejía.

Todo ha de estar limpio y pulcro, es decir, plano como una meseta. En ese sentido, el periodismo es una forma de intermediación extremadamente molesta, de ahí que sean capaces de torturar y asesinar a un periodista saudí en su propio consulado en Estambul, tal y como señalan desde Turquía.

Investigadores turcos y saudíes en el consulado de Arabia Saudí en Estambul para investigar la desaparición del periodista Khashoggi.
Investigadores turcos y saudíes en el consulado de Arabia Saudí en Estambul para investigar la desaparición del periodista Khashoggi. EFE

Parece que este rechazo a “las causas intermedias” es una revolución iconoclasta más. De momento ha destruido parte de la geografía humana de Oriente Próximo. También hay que reducir todo signo y símbolo de la historia, desde Libia hasta Asia.

Pero no hay que desdeñar ese poder simplificador y aterrador. Y es precisamente desde esta ideología, en sus casos más extremos, desde donde surgen muchos terroristas.

En la trilogía de El Padrino, cuando Michael Corleone llega a Cuba, observa como un revolucionario se inmola en una comisaría de policía. El magnético personaje se limita a preguntar quiénes son. Poco más tarde expresa su preocupación a otros mafiosos. “Esos rebeldes son unos lunáticos”, alguien dice. “Sí tal vez, pero hice una reflexión, los soldados cobran por luchar, los rebeldes no”, remata Corleone.

Si bien es cierto que el salafismo violento suele estar pagado, otros son capaces de inmolarse sin cobrar nada a cambio.

No hay nada más destructivo que la pretensión de pureza. Quieren arrasar con todos los ídolos, y dejar en su lugar una tierra plana, perfecta y abstracta, limpia de toda asociación iconográfica y mediadora. Y lo que ha sucedido es que han hecho un ídolo de una abstracción aniquiladora, casi sin caer en la cuenta de que ese afán por igualar al hombre en sus constantes vitales, e incluso ante la muerte, es una forma de tiranía. Es un modo de destruir y silenciar las diferentes calidades humanas, las ciencias especulativas, y toda manifestación artística.

Pero han tenido un éxito social muy determinado. El ancestral tribalismo ha ayudado a solidificar las lealtades, también el conglomerado del monocultivo económico petrolero, una oda a la abstracción y la dependencia económica a la espera de Vision 2030, alucinación que pretende acabar con la dependencia de los hidrocarburos.

Hay otra causa que contribuye al mantenimiento de este esperpento. La diferencia de renta entre los estados del Golfo y el Norte de África es abismal, y eso se traduce en una primacía ideológica irresistible, aunque el combustible ideológico es bituminoso e inestable.

Si las sociedades occidentales se caracterizan por su complejidad, las árabes y norteafricanas lo son mucho menos desde la llegada del islam político. Lejos de hacerlas más homogéneas y manipulables, son más vulnerables. Que nadie espere a corto plazo una separación tripartita de poderes.

Apoyar este siroco de censura afecta, de un modo indirecto, a la seguridad de Europa. La prueba la tenemos en la riada de refugiados, el aumento de los demagogos, y la inestabilidad de muchos gobiernos acosados a cuenta de los desplazados de guerra.

 Apostar a corto por estos Estados es tener muy poca vista o estar sencillamente ciegos.

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