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Alberto J. Gil Ibáñez

Opinión

Las dos Cataluñas: ¿Prim o Companys?

Ahora lo “más moderno” en Cataluña es educar en la división, el enfrentamiento, el odio y el victimismo

Jordi Pujol y Marta Ferrusola, a su salida de la Audiencia Nacional.
Jordi Pujol y Marta Ferrusola, a su salida de la Audiencia Nacional. EFE.

¿Por qué el separatismo desprecia a los héroes catalanes de verdad y encumbra a los falsarios? Porque los primeros siempre se han sentido parte de algo más grande llamado España, y esto les rompe su relato victimista de la “vieja nación catalana” (sic) oprimida. Pero también porque de esta manera se quiere ocultar a los propios catalanes otro hecho incuestionable: que la historia de Cataluña no ha sido principalmente una lucha de (el resto de) españoles contra catalanes sino de unos catalanes contra otros catalanes.

En 1859 medio millar de voluntarios catalanes participaron en la guerra contra Marruecos, bajo las órdenes de un joven general Prim, catalán, en la célebre batalla de Wad-Ras, bajo la arenga de que debían hacer honores al ejército "del bravo O'Donnell, que ha resucitado a España y reverdecido los laureles patrios". Prim llegó a ser presidente del gobierno de “Madrit”, aupado por los “malditos españolistas”.

Iba a modernizar España empezando una nueva dinastía con Amadeo de Saboya como soberano. De no haber sido asesinado, no solo la historia de España sino la del nacionalismo habría sido otra. No digo con ello que fuera asesinado por los propios nacionalistas catalanes, pues entonces no había ninguno, sino que probablemente (cfr. Pérez Abellán) lo fuera por franceses contrarios a que la corona de España la ocupara un italiano. Una vez más nuestros adversarios ganan cuando nosotros nos dividimos.

Pero Prim no ha sido un caso aislado. Siempre ha habido grandes catalanes en el ejército español, desde Requesens en el siglo XVI al comendador Guimerán (caballero de Malta), en tiempos de Felipe II, célebre por su participación en la batalla de San Quintín y responsable de la derrota de una escuadra de siete galeras en Sicilia (1561) ante una emboscada montada por Dragut cerca de las islas Líipari. Y fueron muchos los catalanes que participaron desde el principio, contra lo que algunos ignorantes predican, en la aventura americana. Por poner unos ejemplos: Pedro de Margarit fue el jefe militar de la segunda expedición de Colón, Juan Orpí fundó Nueva Barcelona en Venezuela y Gaspar de Portolá conquistó California ¿Y políticos en Madrid? Pues por de pronto, en la primera República española (la federal), dos presidentes fueron catalanes, Figueras y Pi i Margall. Y en la elaboración de la Constitución de Cádiz, una de las primeras y mejores Constituciones liberales de la historia, tres de los diputados más firmemente defensores de la unidad de España fueron los catalanes Antonio Capmany, Espiga y Gadea y Ramón Lázaro de Dou y de Bassols.

Frente a ellos, en 1934 Lluis Companys se levanta contra el Gobierno democrático de la II República. Quien aplasta esta revuelta no fue ningún peligroso españolista franquista sino el General catalán Domingo Batet Mestres, quien se mantendría fiel a la República hasta el final. Por el contrario, el propio Companys, una vez indultado por el Gobierno del Frente Popular, persiguió a los catalanes católicos, fue responsable de más de 8.000 ejecuciones de catalanes, la mayoría sin juicio previo, prohibió todo festejo relacionado con la Navidad, fusiló al alcalde de Lérida, Joan Rovira Roure, de la Lliga catalana, por el terrible cargo de organizar una cabalgata de reyes y, por último, traicionó a la misma República pretendiendo hacer la guerra (civil) por su cuenta, al tiempo que buscaba pactar con potencias extranjeras para aprovechar la guerra (y la debilidad de la II República) para lograr su independencia. Esto fue denunciado tanto por Azaña como por Negrín, aunque muchos “republicanos” lo hayan olvidado.

Cuando vuelve Tarradellas (presidente de ERC y de la Generalitat en el exilio) a España lo primero que hace es criticar el error de cualquier aventura independentista

Tampoco los “otros héroes” del separatismo en realidad no fueron tales. Pau Claris murió arrepentido de su acción en 1640, tras haber proclamado al centralista Luis XIII conde de Barcelona. Y Rafael Casanova no fue un luchador por la independencia de Cataluña, sino un austracista español más, como tantos otros fuera y dentro de Cataluña. Así lo ha reconocido públicamente su descendiente Pilar Paloma Casanova, y ha sido rubricado hasta por el hispanista británico Henry Kamen. Su proclama decía: “Todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados, a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España”. De hecho, no murió en batalla alguna, ni fue ejecutado por Felipe V por su rebelión, sino que finalizada la guerra vivió tranquilamente en Barcelona ejerciendo como abogado hasta el final de su vida. Y quién suprimió la Generalitat no fue el malvado Felipe V sino el propio Consejo de Ciento, como consecuencia de una lucha interna entre distintas oligarquías catalanas.

Con esta “brillante” historia no es de extrañar que cuando vuelve Tarradellas (presidente de ERC y de la Generalitat en el exilio) a España lo primero que haga es criticar el error de cualquier aventura independentista, y de hecho acababa sus discursos con un ¡Visca Catalunya y Viva España! Frente a él, el pequeño Napoleón Jordi Pujol (o el nuevo héroe de Waterloo, Puigdemont) del que provienen todos los males actuales, y a los que los separatistas siguen perdonando Banca Catalana, el 3% y su (oscura) fortuna actual, como si no pudiera deducirse claramente de todos esos hechos para qué quería en verdad la independencia.

Pla, Dalí, Caballé

¿Y a nivel intelectual? Frente a Josep Pla, catalán y español, entrenadores de fútbol y actores, grandes intelectuales… cataríes. ¿Y en las artes? Pues frente a un Dalí o la Caballé, de talla y reconocimiento mundial, Lluis Llach, quien alcanzó toda su fama… bajo Franco, y gracias a miles de bienintencionados españolistas que compraban sus discos pensando que defendía la democracia. Ahora resulta que la estaca está más viva que nunca en forma de dictadura cultural separatista, pero esta vez no quiere al parecer que caiga sino que se clave lo más profundo posible.

¿Y en la religión? Pues frente, por ejemplo, a San Antonio María Claret (nacido en Sallent de Llobregat), misionero universal y confesor de la Reina Isabel II, Sor Lucia Caram (nacida en Tucumán, Argentina) para quien el prójimo al parecer solo es una parte de la sociedad catalana. Aunque tal vez esto último sea solo una pequeña venganza porque el primer vicario apostólico en las tierras americanas fuera Bernardo Boil, monje benedictino de Montserrat, o porque el también catalán Jaime Rasqui fuera uno de los conquistadores del Río de la Plata.

Pero se ve que todo esto “no toca” que aparezca reflejado en los textos de historia de las escuelas catalanas. Se ve que lo “más moderno” es educar en la división, el enfrentamiento, el odio y el victimismo infundado, encumbrado a la Cataluña que quiere romper España. A la otra Cataluña, la real, la más valiosa y auténtica, la que se ha sentido española desde siempre, hay que silenciarla, perseguirla y expulsarla de su tierra (e.g. Albert Boadella). Pero lean y comparen. La categoría moral e intelectual de los representantes de los dos bandos hablan por sí sola. ¿Con cuál de las dos Cataluñas nos queremos quedar?

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