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Miguel Ángel González

Opinión

Posibilidades para un resarcimiento

El pobre niño. Trabajo de campo a pie de obra. Tema de conversación en bares, peluquerías, en la tienda; y en la gran barra de las redes sociales

Medios de comunciación a la entrada del garaje donde se encontró el cádaver del niño Gabriel Cruz
Medios de comunciación a la entrada del garaje donde se encontró el cádaver del niño Gabriel Cruz

Quieras que no, al cuerpo le entra como un calorcillo especial cuando cae la desgracia en la acera de enfrente. Si el kilómetro sentimental es un atenuante definitivo para la compasión, la media distancia nos pone joteros: un espacio intermedio que los medios de comunicación se encargan de adornar con detalles y despliegue impresionante de corresponsales, todos de rasgos compungidos. El pobre niño. Dan tema de conversación para unos días, mueven las opiniones y salen las soluciones por todos lados, en los bares y en las peluquerías, en la tienda y en la gran barra de las redes sociales. Luego, y en este caso más aún, se obra la cosa de la retroalimentación: las palabras enfurecidas de Internet rebrotan en los medios con esa coda gentil de a ver qué dicen las redes, a ver cómo van los digitales, y se saca un florilegio de frases que da el pulso de la opinión pública. Así se fabrica hoy la información.

Pero la escritura exige siempre, aun en los casos de alfabetismo esforzado, un momento de detención. Lo que se escribe es menos espontáneo que lo que se dice y cuanto se achaca a la fogosidad del momento, si va escrito, es siempre menos fogoso. Hay un retraso que retoca la explosión neuronal. Por eso las redes sociales nunca se igualan con el vis a vis y por eso toda esa barahúnda opinante ha recapacitado un rato antes, unos milisegundos siquiera. El análisis sociológico da mayor veracidad, por tanto, cuando el trabajo de campo se hace a pie de obra, en la peluquería, en la tienda, en los bares, allí donde hay frases automáticas que saltan de repente y al instante se van por el albañal de la vida cotidiana, sin dejar rastro.

La cosa se calienta. Una mujer interviene: mi padre dijo ayer que la usaran para probar medicamentos. La tele sigue con sus análisis. Mejor la hoguera"

La cocinera, por ejemplo, sale a la barra cuando una cliente paga el desayuno. Hija, todavía tienes la cara hinchada de sueño. Sí, sí, como que me estoy despertando. Al fondo una tertulia televisada habla del crimen, pero con seriedad doctoral. Yo para esta gente, hija, la pena de muerte y ya está. Como dijimos ayer en el grupo: que la maten; ahora, con bien de tortura al principio y luego ya, cuando esté que no pueda más, pues que la dejen morir y fuera. La cosa se calienta. Otra mujer, amiga de la primera, interviene desde el fondo: mi padre dijo ayer que la usaran para probar medicamentos. Unas risas. Ja, ja, ja. Hay una tercera, rubia ahora, más baja, de rasgos que una vez serían atractivos, que remite a la cordura, ay chicas, qué sádicas os estáis poniendo. Al fondo, la moderadora de la tertulia televisiva, con los labios gordos y rojos como la gorra de un requeté, advierte de que en el pueblo se están poniendo unas nubes negras como el alma de todos los hombres de bien en estos días. Guapa y lista, dice la cocinera, ya más despejada.

Por la tarde, como es domingo, hay dos mesas. En una está el grupo de octogenarias, que hace un alto breve en el julepe. En la otra hay unos adultos jóvenes que acaban de terminar el tute y se enredan en un solitario. Una de las mujeres, que cuando limpia en casa pone coplas y todavía tiene vitalidad para disfrazarse en Carnavales o vestirse de mantilla en Santa Águeda, se acerca hasta los hombres con las venas en plena indignación y propone que le corten el cuello, ah, sí, pero despacio, muy despacio, que sufra, mira que yo nunca hablo mal, Dios me libre, pero cuando lo oí esta mañana en la tele lo primero que dije fue hija de puta. Coro de asentimiento. Los hombres, en cambio, parecen menos preocupados. El camarero sale a fumar a la calle y da un resoplido de hartura: joder qué matraca. Pero la tele sigue con sus análisis y el locutor se pasa las horas repitiendo lo mismo, con una cara que es ya más aburrimiento que pesadumbre, y hasta con teorías sesudas sobre el mal absoluto, la banalidad del mal y así. Uno de los adultos jóvenes tira entonces a la alusión culta y dice, con retintín musical, que le dejen que él prefiere la hoguera. El que hace el solitario repite la hoguera, la hoguera. Sonrisas. Pero a la mujer octogenaria le parece mucho: bueno, hombre, quemarla quemarla a lo mejor es demasiado, eso se hacía con las brujas. Hay una voz al fondo: pon otro chisme.



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