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Jesús Cacho

Opinión

Pegarse un tiro más arriba del pie

Imagen de la manifestación en el marco del aniversario del 1-O.
Imagen de la manifestación en el marco del aniversario del 1-O. EFE

El 1 de octubre de 2018, primer aniversario de una derrota sin paliativos que el nacionalismo quiere convertir en otra de sus espléndidas victorias, fue un mal día para el independentismo. En realidad, fue su peor día en mucho tiempo. La inmensa mayoría de la población pasó del intento de transformar el primer aniversario del 1-O en el Día D del Movimiento. Por primera vez la ciudadanía se quedó en casa, mayoritariamente, abrumadoramente. De modo que el arrebato quedó en manos de los sectores más radicalizados, más intolerantes, más violentos, jaleados, además, por el propio presidente de la Generalidad, el filonazi Torra. Todo el tinglado al descubierto, sin el menor pudor, sin lugar a equívoco. El viaje a los infiernos de una nave pilotada por indeseables. Planeado como un recordatorio de la represión de la Guardia Civil en el infausto 1 de octubre del año pasado, el aniversario se saldó con imágenes de la represión de los Mossos contra los CDR, los “camisas pardas” de la supuesta República Catalana. La confusión es total. El separatismo se ha pegado un tiro más arriba del pie.  

Un tuit de Carod-Rovira, el ex dirigente de ERC famoso por el episodio de la corona de espinas, lo ponía ayer negro sobre blanco: “No podemos continuar más tiempo sin una dirección política y una estrategia unitaria, lejos de la violencia y la represión, pero lejos también del tacticismo de partido y la mirada corta. El pueblo se ha movilizado y se moviliza, pero empieza a estar cansado del desbarajuste y la falta de proyecto”. Y en la tertulia diaria de la noche –Més324, conducida por Xavier Grasset, con Jaume Roures, el millonario rojo capo de Mediapro, entre los tertulianos- de TV3, volaron los reproches como puñales. Lo que La Vanguardia llama “el soberanismo institucional” (sic) se apresuró ayer a poner tierra por medio con lo ocurrido, en particular con el intento de asalto nocturno al Parlament en el parque de la Ciudadela. Hay que tranquilizar a las buenas gentes del Eixample, alarmadas por el recuerdo de una violencia que el inconsciente colectivo del barcelonés medio tiene bien interiorizada. “Algunos acontecimientos que se produjeron ayer no tienen que volver a ocurrir” decía ayer el hombre fuerte de ERC, Pere Aragonès. Confusión y miedo. Los unos han enloquecido y los otros se han acojonado.

La división se ha instalado en el independentismo. Empeñados en convertir una farsa de referéndum en una gran victoria, electoral y política

La división se ha instalado en el independentismo. A todos los niveles. Empeñados en convertir una farsa de referéndum en una gran victoria, electoral y política, el desánimo ha ido tomando cuerpo incluso entre los convencidos, conforme esa ficción de República se ha ido diluyendo en un paisaje sin futuro, sin recorrido político, sin reconocimiento internacional, y cada vez más cerca del enfrentamiento civil. ERC intenta frenar y repensar la ruta, pero el bloque que comanda el prófugo de Waterloo es incapaz de domeñar al monstruo que durante años ha alimentado. Hipotecado por el apoyo de la CUP, es ahora su rehén. ¿No dijo usted que ya había República? Pues hagámosla efectiva, que arda Barcelona, que ilumine la noche como una tea de perenne odio. Y la gente se ha asustado. Gente que un día decidió apuntarse al bando de ese Movimiento Nacional (¡!) que imaginaron ganador, empieza a bajarse del tren antes de que sea demasiado tarde. Empieza a quedarse en casa. Y a la calle salen los más violentos, hijos de señoritos y de funcionarios, criados en la inmersión y el odio a lo diferente. Una minoría. Ayer se vio su fuerza real. Y a la hora de la cena, todos a casa.

Mal día para el separatismo, y aún peor para Pedro Sánchez y su Gobierno, atado de pies y manos por quienes le llevaron en volandas a la Moncloa, prisionero de ese nacionalismo totalitario al que con la ley en la mano estaría obligado a combatir. El ejercicio de tancredismo puesto el lunes en práctica por este cínico infatuado raya en lo increíble. Mientras los CDR trataban de tomar por la fuerza la Cámara catalana, representación de la soberanía popular, el presidente del Gobierno de España colgaba un tuit que es un insulto a los españoles de bien: “Decisión, ilusión y un proyecto para continuar avanzando por el cambio y la regeneración democrática. El #PSOE está preparado. Activamos el "modo electoral" de cara a las municipales, autonómicas y europeas. Seguimos”. Situación fuera de control en Cataluña, como en los peores momentos de la década de los treinta del siglo pasado. Con el presidente de la Generalidad, representante del Estado en Cataluña, alzado contra el Estado, y con un Gobierno en Madrid incapaz de hacer cumplir la ley, incapaz de defender a los catalanes constitucionalistas sencillamente porque no puede, prisionero como es de ese independentismo que le ha colocado en Moncloa.  

Mientras los CDR trataban de tomar por la fuerza la Cámara catalana, el presidente del Gobierno de España colgaba un tuit que es un insulto a los españoles de bien

Desenmascarar a los separatistas y a los traidores

Es esa dependencia la que impide al Estado sacar ventaja de episodios como los ocurridos el domingo y el lunes en Barcelona, capital de un territorio donde el Estado de Derecho es un mero recurso teórico incapaz de proteger vidas y haciendas. Dicho lo cual, el balance del primer aniversario del 1-O no es tan malo como las escenas presenciadas por televisión parecerían indicar, incluso es bueno: porque ese primer aniversario ha servido para desenmascarar a la vez a los separatistas en Barcelona y los traidores en Madrid. Al loco de Barcelona y al enfermo de poder de Madrid, incapaz de poner orden porque no puede incomodar a sus socios sin poner en riesgo su proyecto personal. Nadie puede seguir embebido en el engaño de que el secesionismo es pacífico. Torra y los suyos sacaron al monstruo a pasear, lo azuzaron y, como es inevitable, como se ha demostrado tantas veces a lo largo de la historia, el monstruo se ha negado a volver dócilmente a su jaula una vez demostrado que, si quiere y con cuatro gatos, es capaz de sembrar el terror en calles y plazas.   

Tan en el ADN del nacionalismo está esa querencia a la violencia que ayer mismo, sin duda escandalizado por los abucheos de los CDR que piden su dimisión, Torra se permitió lanzar un ultimátum al Gobierno títere de este PSOE largocaballerista: “Si no hay una propuesta para ejercer la autodeterminación antes de noviembre, el independentismo no podrá garantizar ningún tipo de estabilidad en el Congreso a Pedro Sánchez”. Una amenaza en toda regla: o referéndum vinculante sobre la secesión de Cataluña, o fin de la gloriosa aventura del aventurero Sánchez. Porque “nuestra paciencia no es infinita”. De modo que al gran Narciso le queda cuarto y mitad de bufoneo. La pobre Celaá salió ayer tarde en televisión a exponer en público sus miserias. Ella y su jefe pretenden embaucar a los españoles con la especie de que hay nacionalistas malos y nacionalistas buenos con los que se puede negociar, faltaría más. A cambio de más competencias, de más dinero, de más humillaciones. El tiempo nos ha enseñado, sin embargo, que el separatismo es un único movimiento con una perfecta división del trabajo, que tiene en los CDR a sus comandos de la porra. Un proyecto totalitario, excluyente y violento, que hay que combatir sin desmayo en defensa de las libertades.



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