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Karina Sainz Borgo

La Polaroid

Oro, incienso y mirra en Lledoners

Vendrá la cabalgata de Reyes y aún estaremos esposados a Pedro Sánchez, condenados a verlo y escucharlo, como una campanada perpetua

Pedro Sánchez y Oriol Junqueras,  en las votaciones para constituir la mesa del Congreso en mayo de 2019.
Pedro Sánchez y Oriol Junqueras, en las votaciones para constituir la mesa del Congreso en mayo de 2019. EFE

A Pedro Sánchez siempre le han quedado bien los trajes. Sin una arruga, encajados en el cuerpo de un hombre percha que avanza empujado por la fuerza de su amor propio. Cuando se mira al espejo, Pedro Sánchez se pregunta por qué no da él las campanadas. Que se quiten Pedroche y los mismísimos Reyes Magos. Que él también viene del Oriente. Y por eso ha decidido hacerse indispensable a la fuerza.

Después de un año y medio como presidente en funciones, tras un verano sin acuerdos y una repetición electoral, Sánchez ha decidido impulsar una investidura relámpago, untada con la vaselina del nacionalismo e incómoda como un polvorón sin agua. Con cada uva del año nuevo, Pedro Sánchez ha hecho tragar a los españoles un racimo de agravio. Echándose en brazos de los que quisieran ver España hecha jirones, así se asegura Sánchez su despacho en Moncloa. Nos habría salido más barato construirle una réplica.

Cuando se mira al espejo, Sánchez se pregunta por qué no da él las campanadas. Que se quiten, pues, Cristina Pedroche y los Reyes Magos

Cuando todo se haya ido al garete será demasiado tarde para los reproches. El Julián Sorel de Ferraz no tiene quien lo combata. Porque hasta la oposición ha pasado a un segundo plano, invisible e incapaz de frenar a un Sánchez que lleva el oro, el incienso y la mirra a Lledoners. Así avanza el presidente en funciones: impecable, investido con las rebajas de enero y el mercadillo de la poca vergüenza en el que hasta el San Agustín de ERC consigue que le hagan un traje a la medida. 

De la España a medio hacer (Carlos Alsina dixit) a la España menguante, quedándose en los huesos, saqueada del poco músculo que aún podría mantener las cosas en su sitio. Vendrá la cabalgata de Reyes y aún estaremos esposados a Pedro Sánchez, condenados a verlo y escucharlo, como una campanada perpetua, una uva atorada que no terminamos de tragar.  Que él era un ambicioso y un frívolo lo sabíamos incluso antes del Falcon. Lo que no llegamos a imaginar es que llegaría tan lejos, que amargaría el roscón, aguaría el chocolate y convertiría el Gobierno en un pesebre para nacionalistas y demagogos.

De momento, toca cabalgata en San jerónimo, que hay que llevar el oro, incienso y mirra a Lledoners 

No alcanzaría todo el carbón de las minas de Asturias, Aragón y Castilla, aunque las reabrieran, para castigar lo que el actual PSOE ha hecho con España durante todos estos meses y lo que pretende hacer con lo que quede de ella: no sólo ha hipotecado la investidura con los favores de secesionistas y convictos, también ha cedido a la lista de la compra de cada uno. Habrá que inventarse un ministerio para colocar a la clase política alimentada por el sanchismo: una mezcla del esperpento de Valle-Inclán, el Rinconete de Cervantes y los infantes de Carrión. De momento, toca cabalgata en San Jerónimo. El oro, incienso y mirra van ya camino a Lledoners.

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