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Miquel Giménez

Opinión

El Nostradamus de Bélgica

Carles Puigdemont y Quim Torra en su encuentro en Bruselas.
Carles Puigdemont y Quim Torra en su encuentro en Bruselas. EFE

Todo lo dicho hasta ahora cerca de la inmediatez de la república catalana no sirve. Un nuevo oráculo nos dice desde Bélgica con la preclara visón de una Sibila lo que va a pasar en Cataluña. Cedamos la palabra a Puigdemont.

“La independencia llegará en veinte o treinta años”

Aunque en su entorno personal nos consta que hay personas muy versadas en ciencias ocultas que hacen tiradas de Tarot, Carles Puigdemont no precisa de mancias ni conjuros, ni leer los posos de café, ni ver el futuro en una bola de cristal, ni siquiera destripar un pollo y leer lo que acontecerá como hacían los augures de la antigua Roma. El ex President ha dejado claro el futuro que le espera al separatismo: Cataluña será independiente en veinte o treinta años. Tal vaticinio lo ha dicho con el aplomo de quien se sabe superior - ¿no dice que está “en el lado correcto de la historia, como si los demás no contásemos para nada? – al diario flamenco Het Belang van Limburg. En una entrevista cargada de proféticas visiones, el nuevo Nostradamus no se ha quedado corto. Tiene visiones y sueños acerca de ese mundo invisible que solo pueden percibir él y los pocos iniciados en atravesar en velo de Isis.

El fugadísimo tiene a bien comunicarnos que “El pueblo catalán ya es una realidad”. Hasta ahora no nos sabíamos esclavos ni tampoco conocíamos esa libertad de la que ahora disfrutamos, según asegura doctoralmente el Merín de la fuga, el Eliphàs Lévy de Girona, el Gerard Encause de la ex convergencia. Sabiendo, pues, que hoy somos más libres que ayer pero menos que mañana, el entrevistado se adentra en la más pura esencia de las ciencias ocultas al asegurar que no volverá a pisar suelo catalán, léase español, hasta que esa independencia no sea real. Es decir, que no piensa dar la cara ante la justicia como han hecho sus ex compañeros. Sabia previsión. Otros notables nigromantes como Cagliostro o Saint Germain erraban de un país a otro, básicamente porque cuando se descubrían sus supercherías las autoridades locales se empeñaban en mantener una conversación en privado y ellos, de natural tímido, prefirieran emigrar a otros pagos en los que desconociesen sus estafas y artimañas. Es evidente que Puigdemont, que bebe de esas fuentes, tiene las mismas intenciones. De ahí que, aunque asegura al diario flamenco que su estancia en Bélgica es temporal, no descartemos la posibilidad de verlo en otros países. Rumanía, por ejemplo, país de strigoi, maléficas brujas, maldiciones y noves sedientos de sangre. La patria, además, de su esposa.

Para rematar ese collar de perlas visionarias, al ser preguntado acerca de si piensa aceptar ir en las listas de los nacionalistas flamencos, el N-VA – recuerden, ultra derecha – en las próximas europeas, ha dejado claro que a él nadie le ha dicho nada en tal sentido, insistiendo en la temporalidad de su estancia en Waterloo. O sea, aunque la independencia se demore tres décadas, se considera instalado allí de forma transitoria. ¿Habrá descubierto la piedra filosofal, adquiriendo la categoría de inmortal? ¿Tenemos ante nosotros a un nuevo Christian Rosenkreutz, a un émulo de Fulcanelli?

 “Por nosotros podría quedarse en Bélgica para siempre”

El camelo puigdemontiano que ha insistido en la inminencia de la ruptura con España y la vuelta del ex President se lo acaba de cargar el propio interesado. Con estas declaraciones ninguna persona en su sano juicio puede pretender dar por buenas ambas cosas. Ni la ruptura es cosa de ahora – ni de nunca, ya que estamos – ni Puigdemont tiene mayor pretensión que vivir cómodamente de las dádivas que le lleguen vía adictos, vía extrema derecha Europa, vía poderosos hombres de negocios como George Soros. Esa es la incuestionable realidad. El fugado ha dejado en la picota a todo un sector de la población y a sus dirigentes incluidos, la mayoría de los cuales está en la cárcel justamente por haberle acompañado en su locura. Y él, lavándose las manos como un Pilatos cualquiera, ahora se despacha diciendo que esto no es para mañana y que no piensa volver a dar la cara. Creíamos que era tonto y cobarde, pero, además, ahora resulta ser un cínico.

Porque hace falta cinismo para salir y largar todo eso desde miles de kilómetros de distancia de España. Eso es lo que empiezan a decir los separatistas, que ven como su estúpido seguidismo, su afán de caudillaje, su fatídica política, no tiene por donde cogerse. Un miembro destacado del PDeCAT contrario al de Bruselas nos lo decía claramente “Que se quede ahí para siempre”. Normal, están hartos, pero deberían entender que, si ellos están hasta la coronilla de tanta puigdemontada, los que no somos de su cuerda estamos hasta más arriba del gorro. Ítem más, aunque ahora denuesten al cesado, los no separatistas padecemos todavía una situación de opresión civil intolerable, con unos medios públicos cargados de odio, un Govern que no gobierna, limitándose a ser el aparato de propaganda del separatismo, una escuela en la que nuestros hijos no pueden decir abiertamente que no comparten el separatismo y unos CDR que paralizan manifestaciones legales con la complacencia de la policía autonómica. Que Puigdemont quede desacreditado no basta, es preciso desacreditar esta ideología que ha conseguido romper toda una sociedad, que ha malversado fondos de manera descarada en beneficio de sus propios intereses y que, digámoslo clarito, ha robado lo que le ha dado la gana, haciendo de esta tierra el lugar de toda Europa con mayor número de casos e implicados en corrupción.

Los actos de contrición in extremis no suelen ser de gran utilidad. En mi tierra decimos que, una vez se murió Pascual, le llevaron el orinal, y eso es lo que está pasando en Esquerra, en la ex Convergencia, en ese mundo separatista que vive instalado en un sueño de adormidera desde hace años, negándose a despertar. El problema no debería ser un personaje cobardón y plano intelectual y políticamente hablando, sino afrontar como se resuelve esto dentro de la ley, la justicia, el orden público y la razón. Por mucho hechizo que usen, por mucho grimorio que empleen – recomiendo vivamente “La clavícula de Salomón”, ya puestos – aquí no hay más que decir públicamente por parte de Torra y los suyos que se han equivocado, que esto no va a ningún lado, que cada uno tiene derecho a pensar lo que quiera, pero no a romper la convivencia, y, eso sí, apechugar con las consecuencias.

Sin necesidad de hacer profecía alguna, mucho me temo que el aprendiz de brujo de Bruselas y todos sus maestros, los Pujol, los Mas, han liberado un demonio que se ha apoderado de Cataluña, ese demonio que envenena las almas de las naciones: el totalitarismo. Eso señalaba en su día el tristemente asesinado por los nazis Albrecht Haushoffer. El poeta escribió en la pared de su celda de Berlín Moabbit, poco antes de ser decapitado, unos versos que, como ocultista que era, tienen mucho significado en la Cataluña de hoy: “Mi padre rompió el sello y no sintió el aliento del Maligno”. Se refería al general Karl Haushoffer, mentor de Hess, devoto de la astrología, miembro de la sociedad del Vril y notable ocultista.

Algún día habrá que hablar del trasfondo esotérico, de las aficiones ocultistas, de algunas sociedades secretas y de la influencia que ejerce todo esto en los núcleos dirigentes de los separatistas. Porque existen, y no son pocas. De momento, quédense con el Nostradamus de guardarropía. Siempre es más placentero hablar de la farsa.



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