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Juan Laborda

Opinión

Neoliberalismo, pobreza y desigualdad

Según el último informe de la OCDE, en países como el Reino Unido, España, Canadá, Estados Unidos, Suiza o Grecia podrían hacer falta 150 años para que el hijo de una familia pobre alcance el ingreso nacional promedio

El ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell (d), durante su reunión con el Secretario general de OCDE, Ángel Gurría, esta mañana en la sede del ministerio de Asuntos Exteriores, en Madrid.
El ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell (d), durante su reunión con el Secretario general de OCDE, Ángel Gurría, esta mañana en la sede del ministerio de Asuntos Exteriores, en Madrid. EFE

Si de algo disponemos en el mundo actual es de información exhaustiva, muchas veces discordante, sobre todos y cada uno de los temas que pretendamos analizar. Sin duda alguna uno de los tópicos más relevantes sobre el que se realizan cientos, si no miles, de análisis, es el de la pobreza y el de la desigualdad. Y los datos, aunque ofrecen dos caras de la misma moneda, son claros. Por un lado, la pobreza se ha reducido de manera espectacular desde finales de la segunda guerra mundial. En la actualidad, cada día alrededor de 130.000 personas abandonan la pobreza extrema, debido principalmente a China. Por el contrario, en los otrora países más ricos la tendencia se está revirtiendo desde que allá por mediados de los setenta el neoliberalismo se impuso como sistema de gobernanza económica y política. Bajo su yugo la pobreza aumenta y la desigualdad se dispara. Y es en este maremágnum de cifras donde cada uno pretende arrimar el ascua a su sardina y mezclar churras con merinas.

La reducción de la pobreza desde finales de la segunda guerra mundial presenta dos partes bien diferenciadas. En la primera, bajo el gran consenso keynesiano, la pobreza se reduce, globalmente, de manera espectacular, sobre todo en occidente, bajo una economía mixta y la pujanza del Estado del bienestar. En una segunda fase, desde principios de los ochenta, es China quien aporta sin duda la mayor reducción de la pobreza a nivel global. Digámoslo claramente: el mayor descenso en la pobreza de la historia de la humanidad se ha dado en China y se ha logrado mediante el desarrollo de instituciones de mercado en una economía planificada. Deng Xiaoping aprovechó, y de qué manera, la oportunidad de apertura que le ofreció Occidente. Para ello aplicó una máxima, educación, educación y educación con un doble objetivo: innovación y tecnología. Xiaoping sacó de la pobreza absoluta a cientos de millones de chinos y situó a la República Popular en lo que es hoy en día, una de las superpotencias económicas del mundo. Pero no siguió las reglas duras y puras del mercado. Su economía de mercado planificada, bajo control de capitales, estuvo aislada de ataques especulativos contra su divisa y/o tipos de interés.

En occidente aumenta la pobreza y la desigualdad

Mientras diversas áreas del planeta hacían sus deberes, al margen de las recetas sugeridas por los distintos organismos económicos multilaterales, en Occidente sucedía lo contrario. Desde finales de los setenta, la desigualdad de ingresos aumenta y la movilidad social se estanca en los países más ricos del mundo, atrapando sobre todo a las familias con ingresos más bajos, tal como se recoge en un informe detallado de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) publicado este 15 de junio bajo el título “A Broken Social Elevator? How to Promote Social Mobility”. En román paladino: “¿El Ascensor Social Estropeado? Cómo Promover la Movilidad Social.”

El organismo con sede en París no lo pudo decir más alto y más claro. Las barreras a la movilidad social están dañando el progreso económico al excluir a una parte importante de los trabajadores y socavar la estabilidad política a medida que la gente se vuelve cínica sobre sus perspectivas futuras. Ante la inutilidad de las corrientes ideológicas dominantes desde la segunda guerra mundial, los ciudadanos buscan alternativas. Es lo que algunos políticos o intelectuales de manera despectiva denominan “populismos”, sin entender realmente qué está sucediendo más allá de las fronteras de unos despachos ricamente ornamentados.

El informe de la OCDE es inquietante. Así, por ejemplo, afirma que en países como el Reino Unido, España, Canadá, Estados Unidos, Suiza o Grecia se podría tardar al menos cinco generaciones, o 150 años, para que el hijo de una familia pobre alcance el ingreso nacional promedio. Pero es que en otros países como Francia, Alemania, Hungría o Chile harían falta al menos seis generaciones. Como siempre, los mejor situados son los países nórdicos, donde “solo” harían falta dos generaciones en Dinamarca y tres en Suecia, Noruega y Finlandia. Para ilustrar aún más la falta de movilidad social en los 24 países evaluados por la OCDE, “uno de cada tres niños con un padre con bajos ingresos permanecerá atrapado con bajos ingresos, mientras que la mayoría de los otros dos tercios solo subirán un nivel en la escala de ingresos durante su vida”.

Los ciudadanos se tambalean viendo como pierden sus puestos de trabajo, como desaparece la estabilidad de los mismos y se esfuman sus ingresos, mientras que la economía se inclina hacia la inestabilidad y el estancamiento

Durante varias décadas la OCDE ha pedido a los gobiernos que midan la desigualdad en una escala más amplia que solo la renta y la riqueza; y les ha acusado de no abordar el aumento de las brechas de salud, la divergencia entre las habilidades, las oportunidades educativas y el fracaso para cerrar la brecha entre la escuela y el empleo para quienes abandonan la educación con escasa cualificación. Lo fundamental en la evaluación de un sistema educativo no es la excelencia, sino cuántos niños y niñas han fracasado y se ha quedado en la estacada. Y es el fracaso escolar lo que determina la bondad de un sistema educativo. El nuestro, mejorable.

Lo más inquietante es que el informe reconoce aquello que venimos denunciando desde estas líneas: el triunfo del neoliberalismo ha sido nefasto para nuestra salud. Concretamente detalla que “en términos absolutos, casi todos en los países de la OCDE habían mejorado sus niveles de vida y su calidad de vida, mejor que las generaciones anteriores, y tenían un mayor acceso a niveles más altos de educación, atención médica y empleo mejor remunerado. Pero aunque la movilidad de los ingresos fue una realidad para muchas personas nacidas entre 1955 y 1975 de padres con bajo nivel educativo, se ha estancado para los nacidos después de mediados de los años setenta…”. ¿Y saben ustedes qué se nos metió como un trágala, con uso de embudo incluido, desde mediados de los 70? Ese sistema de gobernanza económica llamado neoliberalismo. Porque desde 1955 hasta 1975 funcionó el consenso keynesiano.

Conclusión

La conclusión fundamental es que el neoliberalismo es un proyecto llamado desastre. Como recalcaron el extravagante y extraordinario James Montier y Philip Pilkington, de la Kingston University, en dos piezas fundamentales -“Six Impossible Things Before Breakfast”, y “The Deep Causes of Secular Stagnation and the Rise of Populism”, el surgimiento del populismo tiene sus raíces en las mismas fuentes que han dado lugar al denominado "estancamiento secular". La evidencia se amontona y cuando hurgamos la raíz del problema nos encontramos con un sistema roto de gobernanza económica, denominado "neoliberalismo", surgido a mediados de la década de los 70.

Como explicitan Montier y Pilkington, el neoliberalismo es un proyecto llamado desastre, que no podría ser peor para la política o la economía. Las políticas que prescriben son profundamente impopulares y disfuncionales. Los ciudadanos se tambalean viendo como pierden sus puestos de trabajo, como desaparece la estabilidad de los mismos -miedo y disciplina- y se esfuman sus ingresos, mientras que la economía se inclina hacia la inestabilidad y el estancamiento. Es un proyecto que beneficia a unos pocos a expensas de la mayoría. Esto se refleja en una clase mimada de individuos de altos ingresos, con la inestimable ayuda de ciertos tecnócratas que dan soporte mediante teorías económicas a esas políticas que llevan a la economía al caos. Y de aquellos barros estos lodos.

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