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Roger Senserrich

Opinión

Negociando con el absurdo

¿Cómo y cuándo debería el Gobierno de España negociar con los independentistas? Sólo cuando estos estén dispuestos a llegar a acuerdos con los catalanes que no lo son

Batet se reúne  con miembros de la Generalitat
Batet se reúne con miembros de la Generalitat EFE

Los independentistas catalanes, hasta no hace demasiado, se pasaban el día pidiendo “gestos” al Gobierno central. Cataluña, decían, no recibe ni el amor ni el respeto que se merece. Los españoles no les querían, y no les daban muestras de aprecio. Madrid les trataba como una colonia, etcétera, etcétera.

El 21 de diciembre, el gobierno de Pedro Sánchez va a hacer uno de estos gestos y muestras que tanto decían anhelar los independentistas celebrando un Consejo de Ministros en Barcelona. La reacción de estos ha sido decir que un acto así es una provocación intolerable, mientras que las bases del secesionismo prometen crear el caos en las calles.

Empecemos por responder lo que debería ser obvio, aunque en Cataluña estos días incluso las obviedades parecen ser motivo de polémica: que el Gobierno de España celebre una reunión en la segunda ciudad más grande del país es algo perfectamente normal. Una mayoría del electorado catalán votó por partidos que creen firmemente que Cataluña debe seguir formando parte de España en las elecciones autonómicas de hace un año. Pedro Sánchez está en La Moncloa porque los partidos secesionistas que ahora hablan de provocación le apoyaron en una moción de censura. Decir que una reunión del Consejo de Ministros es una provocación representa un profundo desprecio a los votantes.

Dado que niega cualquier legitimidad a los demás, negociar con el secesionismo se ha convertido en lo más parecido a un teatro del absurdo

Las declaraciones de los líderes independentistas, por desgracia, no son una salida de tono puntual, sino la continuación de más de cinco años de diálogo del absurdo en Cataluña, acentuado aún más si cabe durante los últimos meses. Los partidos secesionistas se llenan la boca hablando de diálogo, democracia, negociación y respeto hacia el pueblo catalán, pero niegan cualquier legitimidad a sus interlocutores a poco que digan o hagan algo que les moleste. Repiten sin cesar eso de que ellos son la voz del pueblo, pero nunca aceptan que los políticos que están al otro lado de la mesa o hemiciclo también están representando a votantes. De forma grotesca ningunean constantemente al partido más votado en Cataluña, Ciudadanos, insistiendo en hablar con “Madrid”. Actúan como si los catalanes que no les apoyan no existieran, y como si el gobierno central representara a una delegación de marcianos, no a millones de votantes catalanes y españoles.

Dado que niegan cualquier legitimidad a todo aquel que les dirige la palabra, negociar con los partidos independentistas se ha convertido en un teatro del absurdo. Todo político español que les contradiga es un neofranquista antidemócrata, y todo catalán que les critique no es un catalán de verdad. La única cosa de la que quieren dialogar es cómo y cuándo se celebra un referéndum, sin ni siquiera admitir la posibilidad de que pueda haber una solución intermedia que tenga mayor apoyo social.

Los independentistas catalanes se pasado meses pidiendo ‘gestos’ al Gobierno; ahora, la celebración de un Consejo de Ministros en BCN es una ‘provocación intolerable’

El conflicto catalán es un problema político, esto es indudable. Es un conflicto entre catalanes, donde los representantes de algo menos de la mitad del país quieren imponer la secesión a una mayoría de la población que no quiere irse de España. Siendo como es un conflicto político, la solución debe pasar necesariamente por la política; los líderes de los partidos secesionistas y partidos unionistas deben hablar y llegar a un acuerdo sobre cuál es el arreglo institucional que el país necesita para que podamos seguir viviendo juntos y más o menos contentos. Esto requiere diálogo y respeto mutuo. Los partidos independentistas, sin embargo, ni siquiera se dignan a considerar la posibilidad de admitir que los catalanes contrarios a la secesión existimos.

¿Cómo y cuándo debería Pedro Sánchez negociar con los independentistas? Sólo cuando los independentistas estén dispuestos a llegar a acuerdos con los catalanes que no lo son. Esta semana, en el pleno del congreso sobre Cataluña, Sánchez pidió a los grupos independentistas una “oferta política” que tuviera el respaldo no del 47%, sino del 75 o 80% de la sociedad catalana. Pablo Casado se indignó muchísimo ante estas palabras, diciendo que esto “abría la puerta a la autodeterminación”. En realidad, Sánchez estaba exigiendo lo contrario –la única propuesta aceptable para resolver el conflicto dentro de Cataluña es que los independentistas acepten que no tienen mayoría para la autodeterminación, y se sienten hablar con aquellos que se oponen a ella.

Todo político español que les contradiga es un neofranquista antidemócrata, y todo catalán que les critique no es un catalán de verdad

Dos no pueden dialogar si uno no quiere. Hasta que los separatistas catalanes entiendan y acepten que deben hablar con los catalanes que no lo son, simplemente no iremos a ningún sitio. La única manera para que acepten, me temo, será una repetición clara, constante y decidida de las palabras de Sánchez, dejando claro que el Congreso no se dará por aludido hasta que este diálogo suceda, y una movilización ciudadana por parte de aquellos que no queremos la independencia exigiendo un acuerdo en Cataluña que nos incluya en las instituciones. 

¿Quieren más autogobierno, o incluso la posibilidad de votar un cambio en la Constitución que permita la secesión? Hablemos. Pero antes de hablar, queremos garantías. La era de consentir que los nacionalistas catalanes controlen la Generalitat de espaldas al resto del país se ha acabado; cualquier cosa que sea otorgar más poder al gobierno autonómico debe incluir mecanismos para evitar que ese gobierno vuelva a ser utilizado en contra de los que no queremos salir de España. Los nacionalistas catalanes deben aceptar que el país no es suyo, sino de todos.

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