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Miquel Giménez

Opinión

Nadie quiere torear en lugar de Puigdemont

Imagen del Parlamento de Cataluña, durante el pleno de Investidura de Carles Puigdemont
Imagen del Parlamento de Cataluña, durante el pleno de Investidura de Carles Puigdemont EFE

Aunque parezca mentira, el problema que tiene el separatismo en estos momentos es la falta de nombres de cara a la investidura. Nadie quiere enfrentarse a tamaño toro. Hay pánico en la cuadrilla del de Bruselas.

Toreo de salón

Tan poco que les gusta la Fiesta Nacional a los independentistas y, sin embargo, hay que ver lo bien que se les da el toreo de salón. Desde el pasado 21 de diciembre llevan encadenando una serie de largas cambiadas que ya quisiera para si mi admirado Manuel Benítez, hijo. Porque, no lo duden, todo ese baile de nombres, ese ir y venir a Bruselas, ese adivinar si Puigdemont se retira hoy más que ayer, pero menos que mañana, no es más que un intento desesperado por parte de quienes le tienen un pánico cerval al morlaco de la responsabilidad.

El Niño de Bruselas, léase el huidizo Puigdemont, auténtico émulo de Houdini travestido en político de Tuiter, sabe muy bien cómo manejar la muleta, el capote y hasta, si me apuran, los palos: véase como le ha clavado unos buenos pares de banderillas de fuego a su partido, a la ex convergencia e incluso a su mentor Artur Mas. Puro toreo del arte. Ahora bien, una vez visto y sabido y reconocido que al maestro de la fuga le ha pillado el toro, de nombre Constitución, astifino, negro zaino y con todo el peso que le otorga la ley, su cuadrilla debiera ver quien será el que le sustituya. Porque el muchacho ha sufrido una cornada en todo el procés, de pronóstico reservado, y no tenemos muy claro si los cirujanos legales que le asisten van a poder parar la hemorragia de cargos penales que acusa en el momento presente. Claro, estos chicos salen a la plaza con ganas de triunfar recibiendo al morlaco a puerta gayola, dándole tandas de naturales, manoletinas o unos afarolaos que escapan de su sapiencia taurina, porque para ello se requiere saber templar y mandar. Total, que los ha cogido el toro bien cogidos.

Así las cosas, el sobresaliente deberá torear en el lugar del maestro, como marca la norma, pero ¿por qué no sale? ¿Qué dice el comisario de policía que, tradicionalmente, es quien preside las corridas? ¿A qué este silencio y como es que no insta a la cuadrilla del Niño de Bruselas para que se mueva? Todo esto ha hecho que desde los tendidos se levante una muchedumbre indignada. Suenas pitos, hay pañolada, y no es precisamente para pedir las orejas del toro, sino las de Puigdemont, al que acusan de espontáneo e incluso de pinchaúvas.

Hay un problema técnico. Los que podrían saltar al ruedo para seguir con la faena y torear a Constitución tienen jindama. Han visto la cogida y no quieren pasar por lo mismo. Con los orgullosos que desfilaban cuando hacían el paseíllo entre lacitos amarillos, pancartas, manifestaciones en las que formaban la V de victoria, fastos tricentenarios y demás orgías separatistas; ahora, helos aquí, mirando aterrorizados desde la barrera, que es desde donde mejor se ven los toros.

Pujol entusiasmaba a su público con piruetas como el salto de la rana, con el que pudo obviar al toro Banquita Catalana"

Nadie quiere ser quien sustituya a Puigdemont, por más que algunos lo finjan, entre sonrisitas que pretenden ser de valientes y son un puro remedo de gallardía. Un gitano amigo mío, desgraciadamente desaparecido, el Sevillano, diría que huelen a miedo. Eduard Pujol, Elsa Artadi, Marta Rovira, Jordi Sánchez, y muchos otros más que mi pluma olvida, dicen que es mejor que los venga a buscar la Benemérita que exponerse a tamaña cornada. La gente en la plaza ya les ha empezado a cantar con sorna “Manolete, ¿si no sabes torear, pa que te metes?”

Mucho toro para tan poco torero

En las filas del independentismo existía la convicción de que torear al Estado era algo sencillo y cualquiera podía hacerlo. Error. Que al maestro de todos ellos, Jordi Pujol, le pusieran toros afeitados prudentemente, flojos de manos o remos, pasados de peso y prácticamente exhaustos, no significaba que la ganadería estatal careciese de ejemplares con casta y trapío. Pujol entusiasmaba a su público con piruetas como el salto de la rana, con el que pudo obviar al toro Banquita Catalana, o con su sapiencia en torear con la derecha haciendo creer a todo el mundo que lo hacía con la izquierda. Pero esos tiempos han pasado y ahora lo que se lleva son los toros de verdad, los que embisten con nobleza, los que hay que medir muy bien en las distancias, especialmente si se les quiere hacer una faena seria. Fíjense lo que le pasó a Junqueras, el Niño del Amor, cuando, pretendiendo lidiar a una res de la ganadería del 155 desde las tablas, el toro le dio un revolcón del que aun está guardando reposo en Estremera.

Total, que en la plaza de toros del Parlament de Cataluña la corrida está suspendida, al menos por ahora. Hay toro, qué duda cabe, y está paciendo tranquilamente a ver quién es el guapo que se atreve a salir. Constitución tiene su peligro y ninguno de esos maletillas que tenían ínfulas de Bienvenida, no llegando a Platanito, osa coger la muleta, la espada y entrar a matar. Tanto como hemos tenido que escucharles decir que si le clavarían el estoque hasta las bolas, que si Constitución no tenía dos pases mal dados, que si todo el mundo estaba pendiente de la magnífica faena que iban a hacer y, ya lo ven, uno pretende torear desde Bruselas – hay quien, con mayor desvergüenza, pretende hacerlo desde la lejana Suiza, que ya es torear – pero, al final, todos se han quedado temblando, todos se han cortado la coleta, todos han acabado ensuciándose encima y sus magníficos trajes de luces costeados con el dinero del respetable están irremediablemente manchados de un marrón viscoso muy poco digno.

Qué falta de pundonor en quien se reclamaba hasta hace muy poquito matador de coraje y temple. A la que le han visto los cuernos al toro les ha faltado tiempo para apretujarse detrás del burladero, mirándose los unos a los otros, incitándose a que salga el primer tonto que pase por ahí. Algún experto del tendido cero podrá argüir que siempre habrá un espontáneo que salte al ruedo con ansias de fama y de hacerse un nombre. A estas alturas de la corrida resulta difícil quien podría ser ese desesperado, aunque nunca se sabe. Repasemos.

¿No habrá un Esplá, un Juli, un Manzanares o mi querido Dámaso entre los que ahora se mueven en la plaza de toros de la política catalana? "

Podría ser Sabriá, Torerito de Esquerra, que apunta maneras y estaría apadrinado por ese finísimo maestro del toreo pausado que ha cobrado últimamente fama en diferentes cosos, ya saben, Roger Torrent, Torrentito, o acaso algún maletilla de la cuadrilla del PDeCAT, incluso un torero que fuese del gusto de todos. Ahí siempre encontraremos un veterano en las lides, Miquel Iceta, El Bailarín de Nicaragua, que dice visitar dehesas por la noche para ver a ese toro enamorado de la luna que por las noches abandona su maná. Todo es posible en esta Feria que, sin ser la de San Isidro, lo es de las vanidades, no en vano decía ayer Artur Mas, Arturito de Maracay, que aquí se había mentido mucho porque nadie quería quedar mal.

Que mala temporada auguro, aficionados, porque ya se ve que no hay buenos toreros. Los primeros espadas hace tiempo que se retiraron sin que nadie haya recogido su testigo. Falta arte, falta coraje, faltan ganas. A los cabezas de cartel actuales les sacas de una becerrada convenientemente amañada y no saben dónde meterse. Ni siquiera en los tentaderos más humildes serían capaces de enfrentarse a una vaquilla despistada, mucho menos a un toro con todo lo que debe tener un astado digno de llamarse como tal.

¿No habrá un Esplá, un Juli, un Manzanares o mi querido Dámaso entre los que ahora se mueven en la plaza de toros de la política catalana? Pues no se vislumbra, al menos desde la localidad de sol desde la que asisto a este espectáculo más digno del Bombero Torero que otra cosa.

De momento, lo único destacable ha sido el papel desempeñado por Mariano Rajoy, Chavalillo del Puro, que haciendo el Don Tancredo ha conseguido desafiar a toros y matadores con la táctica de no mover ni un músculo de la cara. Puede ser llamativo, pero tiene poco que ver con el arte de Cúchares. Ni en el Cossío he visto nada como esto, créanme.

Miquel Giménez



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