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Miquel Giménez

Opinión

Nadie le llevará Ratafía a Puigdemont

Carles Puigdemont.
Carles Puigdemont.

Es triste cuando una relación termina. Infinidad de poemas y canciones glosan ese momento difícil, doloroso. El President de la Generalitat está transitando ahora mismo por ese camino duro. Los radicales separatistas le han dicho que ya no le quieren.

A Carles y a Quim se les rompió el procés de tanto usarlo

“Por eso, vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta”, podría decirle el fugado al President, a lo que este debería responderle “En busca de emociones un día marché, de un mundo de sensaciones que no encontré, y al descubrir que era todo una gran fantasía volví porque entendí que quería las cosas que viven en ti”. Mejor dicho, imposible. Torra sabe que no hay más cáscaras que, con toda la gesticulación que se quiera, volver a la vereda de la ley, so pena de acabar en la cárcel o dando tumbos de mostrador en mostrador, como en “Tatuaje”. Al abandonar a Puigdemont y buscar nuevos horizontes en un PSOE siempre dispuesto a mostrarse cariñoso con todo lo que no sea España y la Constitución – que poco debe gustarles, se pasan la vida intentando reformarla - el President ha encontrado consuelo.

Ante el paseíto de los dos presidentes por los jardines de La Moncloa, CarlesPuigdemont se debió quedar helado. Tanta cordialidad, tanta ternura, deben haber sido demasiado para el pastelero gerundense. Se comprende, humanamente, digo, su indignación al ver que la reunión entre Sánchez y Torra ha sido cálida, sin desgracias personales que lamentar. Lo imaginamos en Alemania comiéndose las uñas – y, eventualmente, un plato de sauerkraut – devorado por los celos.

Torra le ha salido respondón, como ya habíamos predicho. Tenía su agenda propia y ahora empiezan a verse los resultados. Inhabilitado por el juez Llarena, al muchachito del flequillo no solo se le acaba el recorrido político, sino, además, el económico. La estación de destino que le espera es solitaria, sin alcaldes con varas de mando que lo jaleen ni cargos bien remunerados para darle palmaditas en la espalda. Empieza el ex President a darse cuenta que Torra le ha sido infiel desde el primer instante, que nunca pensó en traerlo de vuelta a casa, que todo lo que ha hecho es trabajar para que la neo convergencia siga al frente del cortijo catalán. Eso ha de doler.

Los CDR, las CUP y la ANC no dan crédito a las palabras huecas de Torra en medios del régimen

No es tan solo Puigdemont el que tiene el corazón partío al comprobar que el nuevo amor de Torra es el autonomismo de toda la vida y Miquel Iceta su nueva pareja de baile. El sector radical del separatismo hierve de rabia, de esos celos que son carceleros cuando se quiere de veras. Los CDR, las CUP y la ANC no dan crédito a las palabras huecas que el actual President va desgranando en radios y medios del régimen, parole, parole, parole, caramele non ti voglio piú, le rose e violini questa será raccontali a un altro. Las amargas críticas cupaires destilan la melancolía de quien se sabe engañado por el objeto de su inmenso amor. Porque el radicalismo ha querido, y mucho, a Quim Torra, y se tragó como solo puede hacerlo alguien totalmente cegado el discurso de Torra en el Parlament cuando prometió que venía a traer la república.

Ahora van escribiendo tuits en los que se destila una desazón terrible. Sí, los radicales se sienten engañados por alguien al que habían creído suyo y solo suyo. Es de justicia poética que, en ese engaño que ha supuesto el proceso separatista, los promotores del mismo se vean afectados por alguien que les ha mentido, un independentista que se ha dado cuenta que, si hay que continuar viviendo de esta historia, es preciso cambiar de estrategia.

Son las cosas de la vida, son las cosas del querer, y a tales sucesos deberían estar hechos los que participan de ese espectáculo que precisa víctimas al que llamamos política. Pero coincidiremos en que escuchar de labios de Iceta “Cuando conoces a Torra, te lo llevarías a cenar” ha de ser un estilete clavado en plena estelada. Tantos años denostando al PSC como botifler, tanta sede socialista pintarrajeada, tanta caseta del partido quemada, tanto dirigente socialista abucheado para llegar a la socio vergencia por la vía de Torra. Pero, atención, los vejados por sus antiguos amores suelen ser peligrosos al reaccionar.

Los celos son malos consejeros

Lo que piensan hacer a partir de ahora los separatistas radicales es de manual: aumentar la conflictividad. Claro está que cada vez la masa amarilla está más y más desmovilizada y que las convocatorias de los CDR para boicotear la visita de Felipe VI fueron un sonoro fracaso de asistencia, pero siempre habrá alguien dispuesto a cometer alguna salvajada en nombre de una independencia que no se creyeron los mismos que la promovían. Uno recuerda las conversaciones grabadas entre altos cargos de Economía en las que decían que una Cataluña independiente no podía aguantar ni un día, pero que a ver como se lo iban a decir a Elsa Artadi, que pedía un informe en nombre del por entonces presidente Puigdemont, y que como Junqueras no quería quedar como alguien que ponía problemas, le endilgarían una sarta de mentiras como una catedral.

A cosas así deberían atender los que se sienten abandonados. A que Rufián decía que iba a estar solo dieciocho meses en las Cortes y luego p’a casita. Que la ANC lleva años diciendo en Sant Jordi o en la Diada que el año que viene, independencia. Que Artur Mas no ha sido otra cosa que un pijito. En suma, que todo lo que se les explicó era un embolado de tres pares de narices para distraer a la opinión pública de una crisis económica brutal, de unos recortes criminales, de un sistema clientelar de corrupción que deja pálido al del PRI mejicano y, no menos importante, de una mediocridad intelectual por parte de la clase política sin parangón en nuestra reciente historia.

Para las CUP o CDR siempre habrá un motivo que les sirva como pretexto para quemar contenedores

Claro que existe una grieta entre partidarios de la independencia y contrarios a la misma, pero no es menos cierto que hay otra entre los mismos independentistas, divididos en dos bandos perfectamente definidos por los que juegan al posibilismo y los que se han enrocado en el todo o nada. En esa lucha acabarán perdiendo – es el destino - Puigdemont, Junts per Catalunya y los radicales. Bueno, a estos les da igual si hay o no independencia, porque para las CUP o los CDR, siempre habrá un motivo que les sirva como pretexto para quemar contenedores o intimidar a personas contrarias a sus ideas.

Lo que está claro es que a Puigdemont nadie le llevará Ratafía, igual que Iceta tampoco le invitará a cenar o Sánchez a hablar de Machado a La Moncloa. Al de Bruselas lo han dejado solo. Ya lo escribió Joaquín Sabina: “Ahora que no estás el dolor deja paso a una antigua tristeza, va cayendo la noche, nadie llama a mi puerta, y me duerme el silencio como una madre buena”. Tiene el corazón razones que nadie puede entender. Y las del poder político, menos.



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