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Miquel Giménez

Opinión

Monsieur Valls est arrivé dans la ville

El dirigente político francés Manuel Valls.
El dirigente político francés Manuel Valls. Efe

Anda por Barcelona el ex primer ministro francés Manuel Valls. Su más que posible candidatura a la alcaldía de Barcelona ha conseguido poner de los nervios absolutamente a todos los partidos. Es normal.  No tiene pelos en la lengua.

“Ustedes son responsables del desastre de Cataluña”

La última vez que Valls estuvo en mi ciudad acudió a una cena con las fuerzas vivas. El director de 'La Vanguardia', Marius Carol, el notario López Burniol, un selecto grupo de empresarios de los de toda la vida, en fin, lo dicho, mucho prócer para tan poco canapé. Valls no llegó al final del ágape. El café, dicho en Román paladino. Viendo el paño que allí se gastaba, paño ajado, acomodaticio, adulador, llorica, les espetó en la cara su nulidad como clase dirigente, sus complejos, su ineficacia. Valls defendía una burguesía emprendedora, dinámica, transformadora, es decir, una burguesía a la francesa y no la recua domesticada por Jordi Pujol a base de subvenciones y escopolamina en forma de cruces de Sant Jordi.

La argumentación de Valls respondía a una idea muy seria: la capacidad de toda fuerza económica para transformar una sociedad reside en su coraje, en su determinación, en sus ideas. Y ninguno de los allí presentes poseía nada de eso. Valls entendió que la mal llamada burguesía catalana tenía más de PRI que de otra cosa. Sería casi imposible encontrar entre los comensales de aquella cena a alguien con el coraje del personaje de Ignacio Agustí, el viudo Rius, crisol y suma de las virtudes y defectos de aquellos industriales hechos a sí mismos a base de sangre, esfuerzo, compasión y tenacidad.

Ya no quedan Rius ni tampoco personas que estén dispuestas a asumir riesgos, porque el confort que da la moqueta de la Generalitat es suficiente para los estómagos agradecidos de esta gente que sólo quiere vivir bien, sin preocuparse lo más mínimo ni por su país ni por su gente. Casita en La Cerdaña para el invierno, casita en Cadaqués para el verano, cuentas en paraísos fiscales y una administración que le seque las lágrimas si se llega al look out. Ah, y que mantenga atados cortos a los sindicatos mediante subvenciones y prebendas. De todo eso y de más cosas han estado hablando estos días pasados el francés y el ministro Josep Borrell, que han coincidido en unos cursos. La sintonía ha sido total. El análisis, el mismo.

Ese Valls capaz de cantarle las cuarenta a los que cortan el bacalao en Cataluña – así nos ha lucido el pelo – es el mismo que puede hacer lo propio con los separatistas o con sus ex compañeros socialistas. Porque Valls, aunque la maledicencia y la envidia afirmen lo contrario, es el mejor activo del que podría disponer no tan solo la política municipal barcelonesa o la catalana, sino la de toda España. Aquí se ha hablado mucho por detrás y poco a la cara. Carecemos de políticos capaces de llamar al pan, pan y al vino, vino. Por eso los paniaguados, que van desde el separatismo hasta el PSC, le temen más que a una vara verde. Ese noventa y seis por ciento de probabilidades de que se presente a la alcaldía de Barcelona en una amplia coalición liderada por Ciudadanos tiene con los esfínteres apretados a los actores políticos catalanes.

La gente, sin embargo, parece estar encantada.

“Pero ¿a ustedes no los visitan regularmente los representantes políticos?”

Eso preguntaba Valls a todos los comerciantes, las asociaciones de todo tipo, los representantes de la sociedad civil con los que se ha visto. Extráñase el político galo que los responsables de la cosa pública, una vez elegidos, se encierren en sus despachos, aislándose. Un botiguer de los de toda la vida, dueño de un comercio histórico sito en el casco histórico barcelonés, que ha estado a punto de desaparecer por la incuria y dejadez de la administración municipal – y la innoble ley Boyer de alquileres, digámoslo todo – le contestó “Mire, casi prefiero que no venga a mi casa ningún político, porque solo saben hacerse fotos, decirte cuatro palabras y luego, si te he visto, no te acuerdo

Para alguien formado en la escuela política francesa, alejarse de la ciudadanía es poco menos que impensable. Recordaba un servidor, a propósito de esto, lo que me dijo hace años el que también fuera primer ministro de Francia Michel Rocard: “No hay encuesta mejor para un político que pasear por los mercados”.

Valls lo sabe muy bien, y es lo que está haciendo. Cuenta además con carta blanca para confeccionar la candidatura proponiendo nombres e ideas para preparar algo sólido basado en tres ejes: plantar cara al separatismo, mejorar las condiciones sociales en Barcelona y dar un espaldarazo a la paralizada economía barcelonesa, que, entre el proceso y la pésima política de AdaColau, está dando boqueadas en busca de aire nuevo, fresco, eficaz.

Sabemos que a Valls le disgusta profundamente este PSC que no sabe qué quiere ser de mayor, que coquetea con los separatistas, que carece de objetivos estratégicos

Valls se ha entrevistado con Miquel Iceta y Jaume Collboni, pero ignoramos lo que se han dicho. Una cosa es segura: no lo vemos bailando con el primer secretario del PSC como hiciera en su día Pedro Sánchez. Conociendo al galo, es más que posible que les haya cantado las verdades del barquero. Sabemos que a Valls le disgusta profundamente este PSC que no sabe qué quiere ser de mayor, que coquetea con los separatistas, que carece de objetivos estratégicos, más allá de colocar a los cuatro que le quedan. Sería una gran cosa que la franqueza de Valls les hiciera salir del sueño en el que dormitan, pero se nos antoja difícil, porque si del PRI eran los burgueses de la cena, del PRI son también los que lideran el socialismo catalán. Están acomodados a determinada manera de hacer política que consiste, básicamente, en no hacer nada. La inacción de la burguesía por un lado junto a la mal llamada izquierda por otro nos ha llevado al desastre.

De ahí que la candidatura de Valls sería un potente revulsivo en las cenagosas aguas del pantano catalán, enfangado por tanto amarillo, tanta demagogia, tanta falsa promesa y tanta jeta.

Le tienen miedo casi todos los políticos. Con razón. Porque oyen en sus oídos pacatos y cobardes un rumor que viene de lejos y que repite el célebre párrafo de aquel discurso de Danton, pronunciado en 1792 ante la Asamblea Legislativa francesa, en el que dijo “De l’audace, encore de l’audace, toujours de l’audace”.

Bienvenue, Monsieur Valls.



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