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Karmentxu Marín

Opinión

Misas y jueces

Ni Lula, primero luchador intachable en favor de los desfavorecidos y después luchador por ser él el favorecido, deja de ser corrupto por ir a misa, ni Junqueras está eximido de cumplir las leyes por su condición de piadoso cristiano

El expresidente de Brasil, Lula da Silva
El expresidente de Brasil, Lula da Silva

El expresidente brasileño Lula da Silva se entregó finalmente a las autoridades, tras atrincherarse en el Sindicato de Metalúrgicos de Sao Paulo, para cumplir una condena de doce años por corrupción. Pero quiso esperar para entregarse a que se celebrara, en el mismo camión desde donde saludaba y era jaleado por miles de partidarios, entre ellos varios curas, una misa por su mujer, Marisa Leticia, recientemente fallecida.

Oriol Junqueras, líder de Esquerra Republicana de Catalunya  –y, todo hay que decirlo, el más coherente de los dirigentes del procès-, intentó convencer al juez para que lo pusiera en libertad alegando que cómo iba a ser violento él, que tenía profundas creencias religiosas. De ello ya tenía noticia la opinión pública, porque Junqueras había salido con anterioridad en la portada del diario ABC declarando que él iba a misa. Nadie duda de que está en su perfecto derecho de dedicar sus domingos o resto de la semana a los actos que considere más oportunos, incluidos los de culto. Pero también cabe preguntarse si alguien puede alegarlo en el momento en que está dando cuentas ante la justicia de por qué se saltó la ley, como si las creencias personales de cada uno avalaran por sí mismas la bonhomía de sus prácticas.

Cuatro ministros del Ejecutivo de Rajoy, en calidad de tales, juntos y en primera fila - y, dada su representatividad, levantando sarpullidos en la aconfesionalidad del Estado, proclamada por la Constitución española-, le cantan a Cristo en Málaga que son el novio de la muerte, como si las reiteradas plegarias o golpes de pecho rociaran con agua bendita cualquier acción del Gobierno.

Las aficiones o creencias religiosas no pueden torcer el curso de la ley. ¿Se imaginan a cualquier ciudadano diciéndole a un magistrado: cómo voy a delinquir yo, si soy socio del Atleti?

Las creencias personales son ineludiblemente respetables, faltaría más. Pero citarlas o proclamarlas como aval de cualquier conducta ilícita o acogerse a su paraguas creyendo así adquirir un salvoconducto para uno u otro comportamiento es algo que impresiona poco y cuela menos. Ni Lula, a pesar de su pasado intachable de luchador a favor de los desfavorecidos -y después, al llegar al Gobierno, luchador por ser él el favorecido-, deja de ser corrupto por ir a misa, ni Junqueras está eximido de cumplir las leyes por su condición de piadoso cristiano.

Los ministros cantores ganarán, quizá, puntos para el Cielo. Pero como lo que tenemos que juzgar es su acción de Gobierno, poco nos importa si son novios de la muerte o prometidos de la vecina del quinto. Mientras no se casen (hay que suponer que lo harían por la Iglesia) con todo el fango que les rodea; y que suelen intentar olvidar cual amor de juventud y, por tanto, perteneciente al pasado, ya sean sobres, financiaciones ilegales, bankias o másteres.

Por lo demás, el juez Llarena se impresionó poco con el catolicismo de Junqueras como pretendido eximente o vade retro para mantenerle en la cárcel, a pesar de que haya quien piense que la decisión es opinable por otros motivos, y las autoridades brasileñas tampoco trastocaron su veredicto con la misa de Lula. Todo lo más vieron posponer su ingreso en prisión. Y es que la alegación de cualquier afición o creencia, por muy digna de consideración y respeto que sea, no puede torcer el curso de la ley. ¿Se imaginan a cualquier ciudadano diciéndole a un magistrado: cómo voy a delinquir yo, si soy socio del Atleti?  



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