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Miquel Giménez

Opinión

Mentiras de los independentistas para disimular su fracaso

El vicepresidente de la ANC, Agustí Alcoberro, y el portavoz de Òmnium, Marcel Maurí.
El vicepresidente de la ANC, Agustí Alcoberro, y el portavoz de Òmnium, Marcel Maurí. Andreu Dalmau

Saben que la función ha terminado, al menos el primer acto. A pesar de su fracaso, no piensan reconocerlo. Estas son las mentiras que escucharán de las bocas separatas en los próximos días.

Cataluña vive bajo un estado de excepción

Expertos en deformar la verdad, los cerebros del proceso han ideado una serie de consignas para que sus feligreses las repitan como loritos. Hay que reconocerle a la ANC y a otras entelequias similares que siempre han sido muy eficaces cuando de lanzar eslóganes se trata.

La presente situación es completamente distinta, porque, si antes el mensaje base era que la independencia era algo fácil e incluso imprescindible para la gente, ahora se trata es de justificar el por qué no se ha conseguido y quien tiene la culpa. En el punto número uno del decálogo que empieza a circular entre separatistas se encuentra el 155, que presentan como un golpe de estado contra la propia Constitución, esa misma que querían cargarse, vulnerando todas las leyes habidas y por haber. Afirman que hay que quitarse de encima esa “intolerable injerencia del gobierno de Madrid” para “devolver la normalidad y las instituciones a Cataluña”. Es decir, la culpa de todo la tiene como siempre España y no hay normalidad democrática si no gobiernan ellos haciendo lo que les salga de la punta del pitiminí.

A partir de esa premisa, que vivimos en un estado de excepción, el segundo argumento base – ideas fuerza, que dicen expertos, asesores, expertos en semántica política y otras hierbas chupasangres – es consecuencia del primero: si las cosas no funcionan en Cataluña, la culpa la tiene el 155 así como los partidos que lo apoyan, no teniendo los separatistas ninguna responsabilidad en si hay o no gobierno, o el Parlament está bloqueado, o la economía no chuta.

Pilar Rahola se harta de decirlo en sus intervenciones omnipresentes de TV3 – de lunes a viernes en el programa de la tarde, más una semanal en el panfleto del sábado por la noche, del que se rumorea que podría llevarse cinco mil pavinis por programa – sin rubor ni empacho: el 155 es la peor agresión contra Cataluña que se ha visto jamás. Ni Decreto de Nueva Planta – el Papus de los separatas – ni Primo de Rivera, don Miguel, no su hijo José Antonio, ni Franco ni la leche que nos dieron, es el 155.

Los jóvenes son fácil auditorio, y estos agitadores lo saben perfectamente"

De ahí se desprende una serie de sub argumentos “en rosario”, a saber, que se pueden enlazar con el principal según del caso que se trate. Si está usted perorando delante de jubilados, puede añadir que en España las pensiones están en riesgo de ser anuladas debido a la corrupción de los partidos que blablablá; si está departiendo con un grupo de estudiantes, diga que por culpa del 155 se ha menoscabado la libertad de expresión. Ahí puede usted ponerse las botas con dos argumentos estrellas, el de los presos políticos o el de la cruel represión del 1-O. Los jóvenes son fácil auditorio, y estos agitadores lo saben perfectamente.

Como remate vienen que ni pintiparado pontificar que todo se ha hecho siguiendo “el mandato democrático”, aunque el pseudo referéndum no tuviese garantías de ningún tipo, ni los controles exigibles en cualquier democracia. Les da igual, los políticos independentistas repiten el mantra de que aquello fue perfecto cual reloj suizo elaborado por un alemán maniático de la perfección y supervisado por un japonés obsesivo de las cosas bien hechas.

Échele usted un poco de pimienta a la cosa sentenciando que, aunque las elecciones de diciembre pasado eran ilegales, impuestas, arbitrarias y poco menos que como los referéndums que organizaba el Caudillo, los independentistas ganaron porque la gente quería la república catalana y a Puigdemont al frente. Y prepárese, porque ahora que ha dejado claro que la culpa la tiene España, toca exculpar a los padres de la patria catalana. Que no es grano de anís.

Íbamos de buena fe y no creímos que el Estado jugase tan sucio

Cualquier cosa menos decir que el separatismo la cagó bien cagada, y perdonen la escatología. Y mucho menos apuntar que el fugado de Bruselas se lo hizo encima cuando quiso convocar elecciones y los de Esquerra no le dejaron, que se proclamó una república de chichinabo para desconvocarla al segundo, que el tal flequillo se las piró a Bruselas por no tener los pelendengues de plantarse ante y juez y dar la cara. Aquí todos son héroes, mártires, líderes a los que imitar y seguir.

De entrada, a Puigdemont se le ha de llamar con unción de beata veterana, extasiada ante un párroco guapetón y alto, el President legítimo; a los encarcelados en Estremera, presos políticos; a los constitucionalistas, el bloque del 155, pero con asco, con desprecio, al desgaire, y siempre, siempre, asegurar que la unidad entre los separatistas es algo que España no podrá romper, que hay que estar en perpetuo estado de movilización, que el gobierno que acabará por proclamarse será el que traerá la independencia y que, como tienen razón, porque esa sublime e inasequible cosa que es la verdad está con la estelada, acabarán por ganar a esa gente tant ufana i tant superba.

Es lógico que cualquier persona normal, y digo normal en el sentido psiquiátrico, plantee dudas acerca de estos argumentos, verbigracia, que los ingresados en la cárcel no lo están por sus ideas, sino por delitos como malversación de caudales públicos, o que Puigdemont es un prófugo y un cobarde. No tema, porque los argumentos, si es que pueden ser calificados así, que expongo están hechos para los estómagos de acero inoxidable de los turiferarios y sicofantas de la independencia, ávidas de venganza, y lo digo con todas las letras, sobre los que no piensan como ellos. Es un compendio de mentiras aderezadas con ribetes fascistoides, cargadas de inquina y, sobre todo, de cobardía. Porque nadie de esta tropa tiene el valor de salir a la palestra y decir a los suyos que se han equivocado, que creyeron que iban a ganar en su apuesta contra la ley, que ahora tienen que comerse ellos y comernos todos su colosal error de cálculo.

Todos se desdicen ante el juez, todos reducen su papel a la insignificancia, todos abandonan cobardemente la nave que ellos mismos han hundido con su mente enfebrecida e ilusoria"

Ninguno de ellos ha hecho la menor autocrítica. Todos se desdicen ante el juez, todos reducen su papel a la insignificancia, todos abandonan cobardemente la nave que ellos mismos han hundido con su mente enfebrecida e ilusoria. Era muy fácil gallear desde el despacho oficial o desde el estrado de una manifestación organizada a base de un presupuesto de matute. Era sencillo lanzar sapos y culebras en el Parlament, violarlo, acogotar a la oposición, dejar rienda suelta a todo lo que de peor alberga el catalán, para luego desdecirse con un “era simbólico” cuando pintan bastos.

De condición miserable, no espere nadie un gesto honroso por parte de esta gente. Como mucho, fingirán que se han vuelto moderados – ese es el éxito de Roger Torrent y de la actual estrategia de Esquerra – para continuar viviendo del cuento, pero el sustrato de su ideología no puede ser otro que el de dividir a la sociedad, ahondando en sus diferencias en lugar de aprovecharlas como algo encomiable. Mientras tanto, los separatistas de alpargata, autocar y bocadillo de fuet seguirán disfrazándose de plátano – por lo del amarillo -, llevando los lacitos de marras en lugar visible, marraneando en su lugar de trabajo con las puyas hacia los que no piensan con ellos, en fin, haciendo lo que siempre han hecho, demostrar que ellos son el pueblo elegido, la raza superior, los catalanes dignos de ser llamados como tales.

Les da igual que Puigdemont venga, lo que desean es encontrar una excusa plausible para decirle a la gente que, si no viene, es porque España conspira contra Cataluña. El resto les importa un higo. Lo sentenciaba un quídam en una conferencia de ANC. Aquel piernas acabó su soflama patriótica afirmando, groseramente plebeyo y petulante, que la Europa actual se basaba en la cultura catalana y que Cataluña sería considerada en el futuro como la Grecia contemporánea en lo que atañe a filosofía e ideas, lanzando un grito tan huero como peligroso “¿Que no tendremos pensiones? ¡Eso da igual! ¡Lo que queremos es afirmar la importancia de la cultura catalana en el mundo para los próximos dos mil años!”.

Hitler fue más modesto. El Reich que profetizaba sólo abarcaba un milenio.

Miquel Giménez



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