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Juan Pablo Colmenarejo

Opinión

Material inflamable

El PSOE tiembla porque su suelo electoral, lejos de crecer, ha empezado a menguar. La estrategia de la tensión no siempre favorece a la izquierda

Pedro Sánchez y Joaquim Torra.
Pedro Sánchez y Joaquim Torra.

Un micrófono, no cerrado a tiempo, desveló en un momento toda una estrategia de campaña en 2008. Rodríguez Zapatero confesó a su interlocutor- el tono bajo era de confidencia- que “necesitamos más tensión”. Tras la victoria de 2004, tres días después del 11-M, el entonces Presidente en funciones necesitaba repetir la inflamación porque el PP de Rajoy le había apretado durante una legislatura muy intensa, en la que se tomaron decisiones que el tiempo ha convertido en serios y graves problemas. Mucho de lo que nos pasa ahora procede de aquel tiempo. La estrategia de la tensión es un recurso demasiado fácil, que en España funciona, si se sabe emplear tocando los botones adecuados, tanto los propios como los ajenos. El último ejemplo lo tuvimos en el mes de abril.

El PSOE de Sánchez recuperó parte del voto perdido desde 2011 gracias a la reunión en la misma fotografía –un inmenso error- del PP, Ciudadanos y Vox. A partir de Colón, los tres partidos fueron uno, creando un marco mental muy eficaz en la izquierda sobre el inminente regreso al poder de la ultraderecha franquista. La inflamación provocada por el separatismo catalán contagia desde 2012 todos los episodios de la política española. La reunión de Sánchez con Torra en Pedralbes, -entonces hubo más que teléfonos- y el ocultamiento por parte del Gobierno de las peticiones separatistas para que hubiera un mediador fueron un material inflamable al que Sánchez le dio la vuelta gracias a la excitación provocada en una derecha tan dividida como desnortada.

Los sucesos de Cataluña iniciados el 16 de octubre han metido otra vez una presión inaguantable en el sistema democrático español. Sin duda, en Cataluña se va a votar con tensión y miedo, ya que un parte de la población ha decidido definitivamente conseguir en la calle lo que la legalidad constitucional no ampara. El PSOE tiembla porque su suelo electoral, lejos de crecer, ha empezado a menguar. Si las encuestas aciertan en las tendencias que anuncian, la convocatoria de elecciones habrá sido una equivocación que ya veremos quién paga. Sánchez aspira a ser el más votado y poco más.

Lejos queda el mes de julio en el que se apostaba en Moncloa por los 150 escaños, con Iglesias y Rivera derrotados por completo y a su merced. Las dos semanas que faltan para las elecciones se han iniciado con la exhumación de la momia de Franco que no mueve voto pero sí mantiene encendido a Vox. Otra vez, jugando con material inflamable.

Si el partido de Abascal sigue con el tono alto, convirtiendo la campaña en una batalla nostálgica del nacionalismo español, le pondrá muy difícil al PP crecer hasta adelantar a Sánchez. Vox agita y organiza líos en el Congreso como si Rufián les hubiera prestado la tramoya o Podemos sus algaradas de camiseta y pancarta desde el escaño. La tensión que pedía Zapatero ahora tiene que ser la de Abascal y su tropa para evitar que los votantes reunifiquen el centro derecha en las urnas dejando a Sánchez compuesto y sin victoria.

De repente, nos hemos dado cuenta de que una montaña de deuda- por ejemplo la Seguridad Social debe 50.000 millones- nos anega el futuro

Las encuestas dicen que el PP ha acertado con el moderantismo y que Rivera va a pagar la factura de su constante inflamación diciendo que no a todo. La crisis de insurrección callejera en Cataluña complica más y sobre todo enturbia, sin que nadie se pare a pensar que el día 11 de noviembre volveremos a tener un problema de ingobernabilidad que ya afecta a la despensa.

España vuelve a meterse en problemas con el déficit público. A pesar de los años de crecimiento, sigue ahí, nos gastamos lo que no tenemos por sistema. El paro crece como fruto inmediato de la desaceleración del consumo y la inversión. No se ha hecho una reforma en España desde 2013. De repente, nos hemos dado cuenta de que una montaña de deuda- por ejemplo la Seguridad Social debe 50.000 millones- nos anega el futuro. La inflamación de la política oculta unas heridas que permanecen latentes a la espera de un Gobierno que miré más allá de las siguientes elecciones. Mientras haya material inflamable en el sistema va a ser imposible.

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