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Karina Sainz Borgo

La polaroid

Marlene, a espadazos en Dinamarca

Marlene Wind.
Marlene Wind. Tere García.

Un oficial de cobranzas de las caballerías reales llega a un pueblo y pregunta por el Gobernador. Él y sus 30 hombres de armas necesitan alojamiento. Nadie le hace caso, qué va. El hombre se marcha por sus soldados y deja al pueblo tal como lo encontró: absorto ante un retablo que los pícaros Chanfalla y Chirinos han decidido montar en la villa. Ese objeto, aseguran, encierra un desfile de prodigios sólo visibles, eso sí, a los ojos de cristianos e hijos legítimos. Ante el temor de ser tomados por conversos o bastardos, los hombres y mujeres dan por mágico el trampantojo, incluso sobreactúan el asombro. De vuelta con su tropa y al ver que nadie repara en su presencia, el furrier descerraja, dirigiéndose al Gobernador: "¿Está usted en su seso? ¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es esta, y qué baile, qué Tontonello?", grita ante la caja vacía de madera en la que el resto ve las maravillas. Los congregados deducen que este hombre no ve lo que ellos -impuro es, seguro- y deciden acusarlo de converso. Al sentirse insultado, el furrier la emprende a espadazos contra todos.

Escrito a la manera del entremés, aquellas piezas breves que se usaban como pausas entre los actos de una comedia, El retablo de las maravillas de Miguel de Cervantes encierra el juego de ficción y realidad donde reinan las obcecaciones, una especialidad del ex presidente de la Generalitat Carles Puigdemont, muy dado también a recorrer los caminos, en este caso de Europa, para ofrecer su propia revelación. Hasta Dinamarca viajó esta semana. Llevó consigo, cómo no, su retablo: la república catalana, ese adminículo que va mostrando de periodista en periodista por los bosques belgas, y que ahora quiso ofrecer a los daneses.

Así llegó Puigdemont a Copenhague: arrastrando su maletita. Una vez allí, desplegó su caja de madera y empezó a exhibir su propia colección de maravillas. Aquí, el derecho a decidir. Acá, la república catalana. Acullá los presos políticos. La puesta en escena del bobo elemental, entre ridículo y melancólico, que igual podría viajar en la La nave de los necios, del Bosco, rumbo a la edad media Pero el líder catalán encontró en Dinamarca su propio furrier, con todo y espadazos. Las luces, el sentido común y la más elemental cordura conducen, ya se sabe, a la frustración y el desengaño. De eso hace ya cuatro siglos y, por qué no, cuatro días. El martes no más.

El retablo de las maravillas de Miguel de Cervantes encierra el juego de ficción y realidad donde reinan las obcecaciones, una especialidad de Carles Puigdemont

Instalado en la celebridad de su propio holograma, Carles Puigdemont llegó al salón de la Facultad de Políticas de la Universidad Copenhague cual Chanfalla y Chirinos. Fue recibido con algarabía por un nutrido grupo de jóvenes catalanes que brotaron de pronto como setas de l'Empordà en suelo danés. Dispuesto a poner en marcha su embuste de agravio folclórico, Puigdemont se sentó en un taburete sobre el proscenio. Tras la intervención del director del departamento, Mikkel Vedby Rasmussen, quien aseguró que aquello no sería "un mitin político ni un evento periodístico, sino un acto académico", tocó el turno de palabra -¡ayayai!- a la profesora Marlene Wind, directora del Centro de Política Europea de la UniversidadCopenhague. Es decir, el furrier de esta historia.

Especialista en cambios institucionales y tratados de la Unión Europea, Marlene Wind es una figura de impacto mediático en el entorno danés. Politóloga respetada y de ademanes contundentes, nació en 1963 –un año después que Puigdemont- en el fiordo de Skive, a 300 kilómetros de Copenhague. Ha trabajado el tema de los tribunales nacionales en los procesos de integración europea, ¡ay!, así como el rol del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, especialidad que alguna preocupación debería de haber suscitado en el entorno de Puigdemont: él viene hablar justo de lo contrario que Wind estudia y defiende. Tras disculparse por su supuesto desconocimiento de la realidad catalana, la politóloga abrió fuego. Y de qué manera. "Gracias por venir, señor Puigdemont. Por favor, ¿podría coger su boli?, porque tengo varias preguntas para usted", dijo, como quien desenvaina una espada para rebanar retablos y demás trampantojos.

Como al furrier de Cervantes, a esta mujer sólo le faltó espetar: ¿Está usted en su seso? ¿Está loca esta gente? ¿Qué Tontonello ni qué doncella? ¿Qué retablo ni qué niño muerto?

"¿Cree que Cataluña será un estado de la UE teniendo en cuenta que se ha quedado sola en su lucha?". "Votasteis a favor de la Constitución. ¿No debe ser respetada? ¿No es eso también democracia?". "¿Democracia es sólo hacer referendos y encuestas de opinión o también respetar la legalidad y la Constitución?". "De dónde viene esta urgencia por la independencia? Cataluña es la región más rica de España, ¿son solo unos malcriados que están intentando librarse de los pobres?", dijo Marlene Wind. Como al furrier de Cervantes, a esta mujer sólo le faltó espetar: ¿Está usted en su seso? ¿Está loca esta gente? ¿Qué Tontonello ni qué doncella? ¿Qué retablo ni qué niño muerto?

Wind no sólo no se amilanó, sino que siguió, hasta dejarlo en los paños menores de su propia alucinación. Lo atizó con la linterna, mejor dicho, con el espadazo del sentido común

Puigdemont titubeó y sonrió, incómodo. "Ha dicho que no es usted experta en asuntos españoles, estoy de acuerdo", dijo. Y aunque se oyó una nube de risitas en el auditorio, el independentista se quedó con aquella sonrisa averiada colgándole del rostro. Wind no sólo no se amilanó, sino que siguió, hasta dejarlo en los paños menores de su propia alucinación. Lo atizó con la linterna, mejor dicho, con el espadazo del sentido común. No hay verdad revelada que se sostenga ante la embestida que la profesora acometió contra su argumentario. Acaso desacostumbrado a las formas o lo de respetar las instituciones, Carles Puigdemont se vio obligado a responder no a las preguntas de un público estudiantil babeado ante el peluche de feria del secesionismo o la mujer barbuda del franquismo español que fue a enseñar, no: le tocó responder a Marlene Wind cuestiones que ya Inés Arrimadas se había cansado de plantearle en el Parlamento Catalán. Esta vez respondería en inglés, pero igualmente desenchufado de toda cordura. Sin la miopía o la sujeción de las multitudes que lo rodean –las que tampoco quieren ser tomadas por conversas-, el ex presidente se queda atascado, atorado. Se le atrofia el gesto pícaro. Así se marchó aquel día de vuelta a Bélgica: a espadazos y arrastrando su maletita.


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